bienestar intelectual Ante la duda vital, un clásico

Marguerite Yourcenar dejó escrito en Memorias de Adriano que “casi todo lo que los hombres han dicho de mejor lo han dicho en griego”. La frase sirve hoy al profesor italiano Nuccio Ordine, autor de Clásicos para la vida (Acantilado), para reivindicar a los clásicos de la literatura, que a estas alturas –Adriano vivió entre los siglos I y II d.C.– ya han escrito en todas las lenguas de la tierra. Los clásicos son aquellos grandes autores cuya vigencia sigue intacta con el paso del tiempo. No deben leerse por deber o respeto, “sólo por amor”, decía Italo Calvino.

Son libros que sirven para entender quiénes somos, permiten forjarnos una imagen de nosotros mismos y del mundo y hacernos preguntas

No existe un manual de imprescindibles, pues a cada persona le toca en lo más profundo un libro diferente. Se trata de libros que sirven para entender quiénes somos, permiten forjarnos una imagen de nosotros mismos y del mundo y formularnos algunas preguntas fundamentales, así como también desarrollar un pensamiento autónomo y crítico. Muchas veces sin darnos cuenta, damos sentido a nuestras vidas gracias a ellos, o encontramos consuelo o motivación ante los retos.

En el fondo, la gran emoción que suscitan es literaria, se leen por mero disfrute, del mismo modo que cuentan que Sócrates, mientras le preparaban la cicuta, se esforzaba en aprender una nueva pieza para flauta. “¿De qué te va a servir eso?”, le preguntaron. “Para saberla antes de morir”. 

Frente a la imagen elitista que les acompaña, muchos de los hoy considerados clásicos nacieron formando parte de la literatura comercial, dirigida a “un público de mujeres del pueblo, verduleros, mesoneros, camareros, marineros, soldados”, en palabras de Calvino. Mark Twain no se dirigía a las clases cultas: “Siempre he andado a la caza de piezas más grandes: las masas”.

¿Por dónde empezar? Desde Homero, todo viaje, pequeño o grande, puede ser equiparado a la odisea que emprendió Ulises, o a la lectura que de él realizó Cavafis siglos después: lo importante no es la meta (el retorno a Ítaca) sino el trayecto: “Pero no tengas la menor prisa en tu viaje. / Es mejor que dure muchos años / y que viejo al fin arribes a la isla, / rico por todas las ganancias de tu viaje, / sin esperar que Ítaca te vaya a ofrecer riquezas.”

'Rovinson Crusoe', por ejemplo, se considera la gran epopeya de la iniciativa individual, la encarnación de las virtudes mercantiles

Los cuentos de los hermanos Grimm y otros clásicos populares muestran situaciones injustas, con personajes pisoteados que finalmente son rescatados de una condición miserable. Esa tradición narrativa será fundamental para la toma de conciencia social de la época moderna, de la Revolución francesa en adelante, lo que atañe hoy a los afectados por la precariedad laboral o por opresiones de todo tipo. 

Robinson Crusoe de Daniel Defoe se considera, por su parte, la gran epopeya de la iniciativa individual, la encarnación de las virtudes mercantiles. Defoe muestra de un modo bello la lucha del hombre con la materia, la capacidad de medirse, el valor que tiene emprender un reto, se logre o se fracase. El náufrago es asimismo tolerante con lo diverso: para él, los caníbales no son bestias salvajes sino hombres de una civilización diferente, con normas no tan distintas a las del belicoso mundo cristiano.

Stendhal nos invita a reflexionar sobre la naturaleza del amor, al basar sus discursos sobre la belleza en la ‘pequeña marca de viruela’ de la amada, pues sólo a través de ese atisbo de fealdad, una cicatriz que lo enternece, puede acceder a la belleza absoluta. En Recuerdos del egotismo, muestra también sus valores respecto al modo de vida ideal: escoge el subdesarrollo italiano frente al modo de vida inglés con obreros que trabajan dieciocho horas al día: “El pobre italiano harapiento está mucho más cerca de la felicidad. Tiene tiempo de hacer el amor, se entrega ochenta o cien días al año a una religión tanto más divertida cuanto que le da un poco de miedo (...) El trabajo exorbitante y abrumador del obrero inglés nos venga de Waterloo”. ¿No les suena a las reivindicaciones actuales del movimiento slow, no han querido nunca tener más tiempo para perderlo? 

Tres lecciones para la vida

  • Nuestro común amigo, de Charles Dickens. El judío Riah, empleado de un sórdido especulador que lo maltrata mientras se finge respetable, muestra el mecanismo hipócrita del antisemitismo: la sociedad se crea una determinada imagen del judío para atribuirle sus propios vicios.
  • Los Buddenbrook, de Thomas Mann. Para lograr el máximo beneficio en el tiempo más breve, hay ejecutivos de grandes empresas que olvidan toda regla moral. En esta novela, junto a los retratos de los dueños de la empresa, luce la máxima del abuelo: “Hijo mío, atiende con placer tus negocios durante el día, pero emprende sólo los que te permitan dormir tranquilo durante la noche”.
  • Banquete, de Platón. “Estaría bien, Agatón, que la sabiduría fuera una cosa de tal naturaleza que, al ponernos en contacto unos con otros, fluyera de lo más lleno a lo más vacío de nosotros, como fluye el agua en las copas”. Aquí, el filósofo muestra que la sabiduría no es un don, sino una laboriosa conquista, algo que se persigue sin nunca aferrarlo del todo.