Viajar con un libro

"Llegará un día en que los turistas afluirán al palacio incluso en mayor número que los cortesanos" - "Una historia erótica de Versalles", Siruela-

Resulta difícil imaginar, cuando paseamos por la Sala de los Espejos –grandeza, poder, lujo, ostentación de todo ello–, que un día de 1789 las vendedoras de pescado de Les Halles irrumpieron en el palacio y sus gritos llegaron hasta las estancias superiores, allí donde las damas se acicalaban y daban sentido a una residencia que había nacido como pabellón de caza para convertirse en escenario de otro tipo de rapiñas. La historia erótica de uno de los monumentos más visitados de Francia ¿puede considerarse un libro de viajes? La respuesta es que cualquier libro puede convertirse en un manual para el viajero si cumple con el propósito de toda buena literatura: transportarnos a otros lugares y formas de vida, hacernos conocer y no sólo visitar. Incluso sin movernos de casa. Sobre todo sin movernos de casa.

Del ensayo a la novela o las memorias, de la descripción de una singladura personal a la supervivencia física en condiciones adversas o la reflexión sobre los movimientos de población, cualquiera de estas lecturas ayudará a formarnos como viajeros y no como turistas, fenómeno que tanto rechazamos cuando son otros quienes lo practican. Pocos lugares quedan al margen, porque están demasiado lejos o son demasiado caros, o demasiado difíciles. El norteamericano Barry Lopez (Sueños árticos, Capitán Swing) ha recorrido en diferentes momentos las tierras heladas del norte, donde reina en los meses de invierno la blancura total, cuando en una tormenta “es imposible distinguir entre la tierra nevada y la nieve del aire”; los relatos de aventureros son ya un clásico de las letras, permiten vivir a través de otro lo que probablemente nunca conoceremos en persona, en este caso y como denuncia el autor, porque por desgracia a este mundo ártico le queda poco tiempo tal como es ahora, merced al cambio climático y la codicia humana. La denuncia aparece en muchas de las obras actuales, como El hombre que susurraba a los elefantes, de Lawrence Anthony (Capitán Swing), la historia de Thula, una extensión de 5.000 acres en el corazón de Zuzulandia, que el autor compró para convertirla en santuario de elefantes salvajes inadaptados a la proximidad de los humanos. También denuncia, en pasado y presente, en El azar y el destino, de Cees Nooteboom (Siruela), el primer viaje del escritor holandés por unos países –Brasil, Bolivia, México, Surinam…– que forman “un mapa inconmensurable que ha conocido la tragedia de las tierras conquistadas, de las dictaduras y de la colonización, que ha vivido la revolución, la liberación y el ascenso”.

Hay viajeros que buscan su lugar en el mundo en un rincón apartado. Muchos son escritores y practican lo que se ha llamado nature writing, narrativa que se centra en la descripción de la naturaleza, sea ficción, ensayo o incluso poesía, siguiendo el camino marcado por el norteamericano Henri David Thoreau (1817-1862), ahora tan reivindicado. Por ejemplo, Annie Dillard (Una temporada en Tinker Creeks, Errata Naturae), cuya descripción de la vida (su vida) en un valle de los Apalaches supera cualquier guía. En la misma línea funciona una novela, Leñador, de Mike Wilson (Errata Naturae), la experiencia de un hombre que decidió dejarlo todo e instalarse en las montañas del Yukón, en el norte de Canadá, y contar lo que allí le sucedió.

El viaje también puede ser muy urbano. El escritor indio Suketu Mehta, con la autoridad y el conocimiento que proporciona haberse criado en un suburbio de Calcuta, cuenta en La vida secreta de las ciudades (Literatura Random House) historias no oficiales de las grandes aglomeraciones de Bombay, Nueva York, São Paulo, porque “toda ciudad tiene dos tipos de narrativa: la historia oficial y la historia oficiosa, más discreta, pero también más perdurable”. También el relato depende de la personalidad y de la intención de quien lo escribe; hay un relato de viajes de naturaleza periodística, que goza de larga tradición y llega hasta títulos actuales como Océano África o Hijos del Nilo, ambos de Xavier Aldekoa (Península), o como Crónicas de Islandia (La Línea del Horizonte), donde John Carlin explica por qué es el mejor país del mundo para vivir –pero no se hagan ilusiones, allí también empiezan a quejarse del exceso de turismo…– , o incluso en formato de novela gráfica: Oscuridades ­programadas, de Sarah Glidden (Salamandra) propone un viaje periodístico a Turquía, Siria e Iraq y de paso demuestra que el género viajero ofrece posibilidades formales muy diversas. Pero también hay periplos intimistas, como el delicioso El país donde florece el limonero, de Helena Attlee (Acantilado), donde el olor de los cítricos transforma la vida de la escritora y la guía a través de los paisajes recónditos de Italia. A veces, el viaje se convierte en una suerte de rememoración personal, un acercamiento al pasado a través de sus paisajes. En Los senderos del mar (Acantilado), María Belmonte convierte la visita a los lugares de su adolescencia en un recorrido humano y geológico por la costa vasca; en Tetuán (Confluencias), la escritora Esther Bendahan regresa a la ciudad donde nació y que abandonó de niña, un recuerdo con aroma a naranja en “un coche detenido en una lenta cola para pasar la frontera”, una línea tras la que “al salir uno se convierte, o en un viajero, o en un extranjero, o en un exiliado, a veces un algo de todo”.

Hay libros de género, el viaje reconvertido al ensayismo, en experiencia de escritura; una visita a Tahití recrea el universo de Van Gogh, una peregrinación en Noruega en busca de la aurora boreal a enfrentarse a la propia frustración: Arenas blancas, de Geoff Dyer (Literatura Random House), El turista desnudo, de Lawrence Osborne (Gatopardo); hay libros de memorias de viajeros pioneros, como las Cartas desde Estambul, de Mary Wortley Montagu (La Línea del Horizonte), y libros que dan la vuelta al mundo en busca del menú perfecto: ¡Plato!, de Pau Arenós (Debate).

Y hay mapas de los otros mundos que hay en este, los mundos que crea la literatura: Trazado. Un atlas literario, de Andrew DeGraff (Impedimenta). Todos ellos nos llevarán muy lejos.