Emociones en forma

Hablar de “buena vida” hoy, ¿ es hablar de salud, dinero y amor, como décadas atrás? Quizás en esencia sí, pero la sociedad actual (tal vez habría que decir la occidental) valora más los matices. La salud es física, emocional, comer bien, disfrutar, sentirse parte de la naturaleza.., el dinero incluye trabajo, realización personal... y el amor... ¡ ay! ¿nos da buena o mala vida?

El pasado otoño la Fiscalía de París abrió diligencias para decidir si el comportamiento psicopático de los directivos de France Telecom fue el responsable de la ola de suicidios en la compañía entre 2006 y 2009. Más de 50 empleados se quitaron la vida. Por primera vez se intentaba castigar un delito moral fruto de la carencia de compasión de los acusados. Y es quizás un signo de los tiempos: desde que el psicólogo Daniel Goleman popularizó la etiqueta de “inteligencia emocional”, la sociedad empieza a aceptar que los sentimientos son parte de nuestra salud. 

Si queremos evitar apagones emocionales, debemos sentir continuamente y nuestros afectos no pueden ser fijos

El problema es que, de momento, hemos interiorizado el concepto de forma errónea. Presumimos de “tener mucha inteligencia emocional” en vez de asumir que solo contamos con un potencial que necesitamos entrenar. Los psicólogos conocemos los efectos de este error. Nos enfrentamos a menudo con individuos que entienden activamente la salud física (van al gimnasio, al médico, hace dietas) pero llevan tiempo sin usar sus afectos. Y al final caen en apagones emocionales, momentos vitales (pueden durar años) de parálisis de las vísceras. 

Si queremos evitar estos parones, tenemos que hacer continuamente gimnasia emocional. Debemos sentir cotidianamente, porque la vida es cambiante y nuestros afectos –que son los mecanismos de adaptación a esa realidad– no pueden ser fijos. Conservar la capacidad de canalizar las emociones para relacionarnos sanamente con los demás requiere constancia. 

Para elaborar nuestra rutina de ejercicios diarios, hay que mirar las cualidades que definen una buena salud emocional. Podemos centrarnos en cuatro rasgos de los que se conservan robustos sentimentalmente:

 

LOS SANOS SENTIMENTALMENTE

Consiguen percibir, valorar y expresar sus sentimientos con precisión, adaptándose a las diferentes etapas vitales. 

Es importante usar bien el GPS mental. Las personas emocionalmente sanas no son rígidas: recalculan continuamente la ruta para no perderse en los cruces… de palabras. El psicólogo Bruno Bettelheim los definía diciendo que tienen un “corazón bien informado”.  Un ejemplo: distinguir entre ira y tristeza requiere ejercicios adaptados a nuestra edad. De jóvenes es habitual sentir casi siempre ira, incluso en ocasiones que requerirían aceptación melancólica de la pérdida. De mayores, tendemos a entristecernos cuando deberíamos enfadarnos.

Experimentan y generan emociones que mejoran su entendimiento con los demás. 

Este tipo de cachas sentimentales no se conforman con la actual moda de parecer siempre positivos, pase lo que pase. Saben que la alegría es el final, no el principio del camino. Por eso no temen sacar a la luz emociones como la ira o la tristeza, viviéndolas ellos o aceptándolas en los demás.

Cultivan su aptitud para regular las emociones y que sirvan para fomentar el crecimiento personal.

Estos individuos saben que, como decía Paracelso, “nada es veneno. Todo es veneno. Depende de la dosis”. Ningún afecto es en sí negativo, cualquier sentimiento puede ser limitante. Un ejemplo: la tristeza es sana, pero si degenera en autocompasión continua detiene nuestra vida. Por eso estas personas saben que regular emociones es lo más importante.

Profundizan en la comprensión de los sentimientos y sus consecuencias. 

Las emociones tienen un origen adaptativo. La alegría hace que queramos repetir experiencias; la tristeza sirve para dejar atrás a personas o circunstancias; la ira es un golpe sobre la mesa que nos ayuda a cambiar radicalmente lo que está sucediendo…Los que gozan de buena salud en estos temas se entrenan todos los días analizándose a sí mismos y viendo si sus manifestaciones han conseguido el objetivo deseado.