Vinos donde parecía imposible hacerlos

Si se mira el mapa de Holanda, se ve como una pequeña pieza de puzle entre Alemania y Bélgica. Es la región de Limburgo y su conexión con los países vecinos no sólo es gráfica y metafórica. Limburgo, con capital en Maastricht, ha cambiado de bandera a lo largo de la historia, y hasta su orografía, de suaves colinas, y el carácter de su gente, más pausado que el de sus compatriotas, son vistos en el resto de Países Bajos como hechos diferenciales.

Otra peculiaridad es su actividad vitivinícola. La región más meridional de Holanda es tierra de vinos en un país donde parecía imposible producirlos. No acompañan el clima, el suelo ni la falta de tradición; pero los vinos salen adelante a pesar de todo, y las bodegas cuelgan el sold out (todo vendido).

En la Limburgo holandesa hay 22 bodegas que cosechan sólo 90 hectáreas y experimentan libremente con diversas variedades de uva

A la mayoría de los lectores estos vinos no les sonarán. Además de una producción escasa, la mayor parte se consume en el mercado interior, y su historia es muy reciente. Arranca en 1970, año en el que se funda Apostelhoeve, bodega pionera que produce blancos, espumosos y un vino dulce. Hoy, en la zona holandesa de Limburgo –se extiende también a Bélgica–, 22 bodegas cosechan 90 hectáreas de viña, una extensión diminuta si se compara, por ejemplo, con las 66.000 ha. de Rioja.

De e ste terruño, sorprende la libertad con que los productores elaboran sus vinos, tan opuesta a la ortodoxia de la mayoría de zonas vitivinícolas, donde mandan el hábito y las directrices de los organismos reguladores. En Limburgo, la mayoría de los vinateros trabajan variedades de vid tradicionales. Pero las exigencias meteorológicas han favorecido que algunas bodegas cultiven variedades híbridas de muy reciente creación, resistentes a plagas y de maduración temprana.

La bodega fundacional, Apostelhoeve, elabora buenos vinos de variedades tradicionales como Auxerrois, Riesling y Pinot Gris. Winjgoed Thorn, una de las bodegas más respetadas de la zona, se atreve incluso con la pinot noir. domaine steenberg, una bodega casi amateur que sólo produce 6.000 botellas al año, se inclina también por blancos elaborados con riesling y pinot gris y por dulces de gewürztraminer botrítica. Son vinos complejos, con un toque ahumado que procura el suelo de sílex, pero familiares al fin y al cabo.

Por otro lado, Saint Martinus, el mayor productor de la zona, apuesta por variedades nuevas. Descolocan, por desconocimiento, sus espumosos y tintos elaborados con cabernet Cortis y sus blancos de Johanniterdas en 1983 y 1968, respectivamente. La bodega busca deliberadamente un estilo propio, alejado de tradiciones de otras regiones vitivinícolas del mundo.
Como la mayoría de las botellas se quedan dentro de Holanda, solamente unas pocas viajan a las vecinas Bélgica y Alemania y se cuentan con los dedos de una mano las que llegan a estas latitudes, si es que llega alguna. Por eso, quien quiera conocer este variopinto mosaico vinícola, deberá viajar a Limburgo y dejarse guiar. En lo que se refiere al enoturismo, la empresa pionera es Vinteur. Ofrece desde degustaciones hasta visitas a distintas bodegas.

Si se quiere visitar la región por libre, es aconsejable dirigirse a las siguientes direcciones: en Maastricht, a Wienkontor, bar de vinos, y Mes Amis, un restaurante. En Gulpen, hay que visitar el restaurante L’ Atelier. Y en Epen, otro restaurante, Gerardushoeve.