Skagen, fuerza natural

El extremo septentrional de Dinamarca, modelado por el viento y la arena, es tan virgen como cuando inspiraba a los pintores de principios del siglo XX. Un lugar para sentir el poder de los elementos.

Una máquina barre la arena de la pasarela que contornea la playa mientras un operario recorta el césped que fija la duna. La escena es surrealista, vista la vastedad del mar a lado y lado de este rincón de Dinamarca, la punta más al norte del país. Pero ese empeño en una misión imposible ha guiado a los habitantes de Skagen durante generaciones. No hay muchos lugares con paisajes vírgenes tan genuinos como aquí, ni con una naturaleza tan poderosa. En este rincón pesquero de la península de Jutlandia todo fluye, como la enorme duna de Råbjerg Mile, con un kilómetro de largo, otro de ancho y 40 metros de altura, que se desplaza 15 metros cada año hacia el nordeste. El faro de Rubjerg Knude (a una hora en coche de Skagen), que mide 23 metros y que cuando fue construido en 1900 se alzaba 60 metros sobre el océano, será engullido por el mar hacia el 2023, como la iglesia de Sankt Laurentii, de la que ya sólo es visible la mitad de la torre: el resto fue sepultado por una gran migración de arena que empezó en el siglo XVI y no paró hasta el XVIII. Las corrientes litorales han formado también Skagen Odde, una barra de arena y grava considerada uno de los mayores cordones litorales de Europa.

En Grenen, una gran lengua de arena blanquísima, se puede pisar a la vez el mar del Norte y el Báltico

En esta costa salvaje situada entre el estrecho de Skagerrat, que separa Dinamarca de Noruega, y el de Kattegat, frente a Suecia, se encuentran el mar del Norte y el Báltico, y cada año un millón y medio de turistas caminan hasta Grenen, una gran lengua de arena blanca, para hacerse una foto pisando los dos mares a la vez. Para llegar a la punta, hay que dejar atrás los búnkers de hormigón que levantaron los nazis durante la Segunda Guerra Mundial para impedir una invasión por mar y proteger sus bases aéreas de Aalborg, 110 kilómetros al sur de Skagen. Una de esas fortificaciones, antigua enfermería, ha sido convertida en museo.

Zambullirse entre las olas del Báltico que rompen desde la derecha y el mar del Norte que llega por la izquierda está prohibido, porque son aguas imprevisibles que en el pasado provocaban cientos de naufragios.

Y sin embargo, este rincón danés con un pasado sepultado por la arena, naufragios y miserias de la guerra respira serenidad. En la retina no tarda en quedar impresa la luz de los cuadros de los pintores que hicie­ron de un pueblo de pescadores su refugio. Paseantes con trajes blancos y pamelas, niños bañándose y pescadores faenando que parecen salidos de la mano de Sorolla. Porque otro de los encantos del lugar es la luz, que al reberberar en el agua y la arena parece más brillante.

Al pintor valenciano le sedujeron el tratamiento de la luz y las composiciones de Krøyer, el matrimonio Ancher y otros artistas que se alojaban en el hotel Brøndum y pagaban sus facturas con cuadros. El hotel sigue abierto y aún respira el espíritu de fines del XIX, y en el Museo de Skagen y en la casa Ancher, varada en 1913, cuelgan los magníficos lienzos que tanta fama han dado a la ciudad.

Karen Blixen, autora de Memorias de África, terminó su célebre novela en Skagen, y Hans Christian Andersen escribió aquí su cuento Una historia de las dunas. Hoy, viendo el Skagen Odde Naturcenter, diseñado en 1989 por Jørn Utzon, autor de la ópera de Sydney, se palpa el abismo entre la descripción que Andersen hizo en 1859 (“Aquí, una casa parcialmente oculta por una duna de arena; hay otra, oscura, cubierta de alquitrán, edificios de madera con techos de paja...”) y esta ciudad ­próspera, ordenada, tranquila y muy hygge, como se dice en danés disfrutar de la vida. Menudean las tiendas de delicatessen, las boutiques de diseño escandinavo elegante y minimalista, como los relojes que llevan el nombre de la ciudad, y los talleres de artesanos.

El mar marca los días de la ciudad. De sus 8.200 habitantes, 2.600 trabajan en el mayor puerto pesquero de Dinamarca, un negocio que reporta un beneficio anual de más de 100 millones de euros, y 63.000 mercantes surcan cada año sus costas. Cuando desde el muelle moderno llega el olor a pescado ahumado, nadie se inmuta. “Huele a dinero”, dicen.

Los edificios para procesar pescado levantados en 1907 son hoy coquetos restaurantes, y muchas de las impolutas casas amarillas con tejados rojos se alquilan en verano, aunque los extranjeros sin permiso de residen­cia no pueden comprarlas; ya querrían muchos noruegos, que saben que cuando el viento del oeste lleva la lluvia a sus montañas, en Skagen luce el sol.

Paisajes, cultura y gastronomía


Luz de poniente 
solned ganskiosken 
Esta heladería congrega a locales y turistas para despedir el día. Pueden verse los diques que frenan el avance de la arena, aunque bajo las aguas yacen muchas casas. 

 


Sabor local 

Slagter muncH. Sct. Laurentii Vej, 1 
Gente de todo el país visita esta charcutería artesana. Tiene el mejor jamón ahumado de la ciudad, que está muy rico con cebolleta y alcachofas encurtidas.

 


restos de naufragios

Pakhuset. Rødspættevej, 6 
Este restaurante situado en el puerto está decorado con 42 mascarones de barcos naufragados que coleccionó Ludvig Emil Andersen entre 1893 y 1910. Compran cada día el pescado en la subasta, y en verano hay música en vivo.