Toro: sangre, vino y agua

A los atractivos perennes de esta ciudad zamorana –historia, arquitectura, gastronomía, vino y paisaje– se suma hasta mediados de noviembre 'Las Edades del Hombre-Aqua', una exposición monumental de arte sacro que convierte la ciudad de las Leyes en la capital de la cultura de Castilla y León del 2016.

Un vendimiador comprueba la tonalidad de un grano de la variedad tinta de Toro para ver si está en su punto y comenzar así la vendimia

Todos los caminos para llegar a Toro son válidos, pero si uno llega a la ciudad zamorana por la carretera de Salamanca –tal vez la ruta más atractiva–, vislumbrará, entre viñedos y casas de campo, el inconfundible perfil de la ciudad. Un perfil que se ofrece como una langosta de piedra y viento tendida al sol de la historia castellana. Un perfil en el que triunfan el Arco del Reloj y la silueta de Santa María la Mayor, la célebre colegiata, el monumento estrella que repiten las postales y las portadas de las guías turísticas. Pero si el viajero se acerca a Toro al atardecer, quedará admirado, además, por los tonos rojizos de los duros y tajados farallones que sostienen la ciudad, bajo la cual se extiende una fértil vega regada por el Duero, cuyas aguas titubean en una curva antes de atravesar el puente de piedra, uno de los más largos de la provincia y otro de los símbolos de este destino.

Empapada de reyes e historia, Toro es en la actualidad una ciudad con poco más de 9.000 habitantes. Hasta principios del siglo XIX, sin embargo, fue provincia independiente y su territorio incluía zonas de Palencia y de Cantabria. Conoció tiempos de gloria y esplendor. Por ejemplo, aquí se promulgaron las famosas leyes de Toro, algunas de las cuales siguen vigentes, acontecimiento que recuerda la portada de las Leyes, lo único que indultó del viejo palacio un incendio de principios del siglo XX. Es en este enclave donde nació el “serenísimo” rey Juan II de Castilla (1405-1454), como lo elogiaron en las crónicas de la época, y donde murió, desterrado, el poderoso conde-duque de Olivares (1587-1645).

El vino no sólo rodea Toro sino que también habita en sus entrañas, horadadas de bodegas particulares y públicas

De hecho, la grandeza de esta tierra desembarcó incluso en el Nuevo Mundo, sólo que transformada en tonel de vino. Ha llovido desde entonces, pero el toresano fray Diego de Deza, confesor de Isabel la Católica e inquisidor general, sigue todavía en su ciudad, rígido dentro del hábito de dominico de piedra, en un pedestal de la plaza de Santa Marina. Fray Diego fue el responsable de que el vino de esta zona llegara a América en la flotilla de Cristóbal Colón. Hoy, al monje se lo disputarían las agencias publicitarias por su maña en idear eslóganes memorables, ya que, según una de las leyendas al respecto, fue él quien llamó a la carabela colombina La Pinta así, con ese nombre tabernero, rumboso y vinícola.

Desde entonces los tintos de Toro no han abandonado el Nuevo Mundo. De hecho, la moderna y elegante personalidad de sus caldos es lo que seduce a los grandes gurús estadounidenses del vino, como a Robert Parker, que los ha distinguido con numerosos galardones. Y en preservar sus señas de identidad se aplica el consejo regulador de la denominación de origen de Toro, un organismo que se encuentra en el suntuario palacio de los condes de Requena, a un salto de rana del teatro Latorre, denominado así en honor del actor toresano Carlos Latorre, a cuya actuación Zorrilla atribuyó buena parte del éxito de su Tenorio el día del estreno.

El vino habita también en las entrañas de la ciudad. Toro está minuciosamente horadado de bodegas tanto particulares como públicas. Imposible citar todas. Basten unos ejemplos, que incluyen no sólo bodegas en la ciudad, sino en los aledaños: Valdigal, Rejadorada y la del Ayuntamiento, intramuros; extramuros, Estancia Piedra, Fariña, Liberalia, Divina Proporción... Mención especial merece Teso la Monja, de los hermanos Eguren, quienes elaboran con mimo artesanal uno de los vinos más selectos y premiados internacionalmente. Se trata del bautizado con el mismo nombre de la bodega, uno de los más caros de España. El enoturista tampoco debería pasar por alto la fiesta de la vendimia, a mediados de octubre, ni el museo del vino Pagos del Rey ni, finalmente, el jardín ampelográfico (relativo a la vid) de Valbusenda, que es a la vez hotel de lujo, bodega y balneario con tratamientos de vinoterapia.

Muy cerca de la estatua de fray Diego de Deza se encuentra el Arco del Reloj (también llamado Torre del Reloj), cuya argamasa se elaboró con vino debido al excedente de producción y a que resultaba menos costoso que acarrear el agua desde el Duero.

Sea verdad o no la historia, a partir del Arco del Reloj principia uno de los tramos más interesantes de la ciudad. La calle de la Puerta del Mercado es una vía flanqueada de tiendas, tabernas, vinotecas, comercios típicos y edificios de hechura castellana tradicional. Una arteria que se remansa en la plaza Mayor, presidida por el Ayuntamiento, obra de Ventura Rodríguez, enfrente del cual se encuentra la iglesia del Santo Sepulcro, una de las dos sedes de la exposición titulada Aqva, la cuidadísima y deslumbrante muestra de arte sacro de Las Edades del Hombre (hasta el 14 de noviembre). Una auténtica joya que se articula en seis capítulos alrededor de la presencia del agua –en doble alusión al río Duero y al principio de vida– en el Antiguo y el Nuevo Testamento y que visualmente está sugerida por el intenso color azul de los paneles expositivos. “Es una exposición celebrada en la tierra, pero que pertenece al cielo”, resume Enrique Seco San Esteban, uno de los más de cien artistas representados en Aqva con piezas de arte sacro contemporáneo y antiguo y que, a buen seguro, se quedarán de por vida entre los mejores recuerdos del viajero.

Estando en Toro, sería casi pecado mortal no visitar el monasterio de Sancti Spiritus, que este año cumple 700 años y cuyo interior es una sucesión de asombros artísticos 

A la izquierda de la plaza Mayor, se estira una hilera de soportales que acoge algunos de los mejores bares de tapas de la ciudad y en los que se puede, y se debe, degustar un tinto.

Cerrando no sólo la calle, sino también el horizonte, se yergue ahora la mole de piedra y rezos de la colegiata de Santa María la Mayor, con su cimborrio de aire bizantino rematándola en el exterior, y prestigiándola en el interior, la magnífica portada de la Majestad, que uno no se cansa de contemplar. La co­legiata es además, hasta el ­próximo noviembre, la sede principal de la exposición Aqva.

Saliendo de la colegiata, el viajero retrocede y toma la calle Perezal, que en seguida se convierte en calle Judería. Camina despaciosamente admirando aquí y allá los muchos edificios renacentistas. Y así, pie tras pie, llega a la Casa de la Nunciatura, antigua vivienda del obispo Alonso Manso, que llevó la primera biblioteca al Nuevo Mundo. Hoy este palacio de imponente empaque pertenece a uno de sus descendientes. En el subsuelo, por otra parte, se hunde la bodega más antigua de Toro, construida hacia 1450 y actualmente en desuso.

Estando tan cerca de allí, sería casi pecado mortal no visitar el monasterio de Sancti Spiritus, del que este año se cumplen 700 de su fundación, y cuyo interior es una sucesión de asombros, por sus muchas y valiosas obras de arte, en absoluto inferiores a las de Aqva. Regentan el monasterio las dominicas, que mostrarán al viajero, con exquisita amabilidad y generosa paciencia, el extraordinario sepulcro en alabastro de Beatriz de Portugal, los concienzudos artesonados, el retablo mayor churrigueresco y las gigantescas sargas policromadas del refectorio. Para rematar el recorrido, y por si fuera poco, obsequian a este visitante con unos amarguillos, magníficos dulces de almendra, clara de huevo, azúcar y limón que elaboran ellas mismas y con los que se tienen bien ganado el palco VIP del paraíso y el merecido sustento económico en la tierra.

¿Está vista Toro? Por supuesto que no. La ciudad es un hervor de palacios e iglesias. Imprescindibles al menos dos más: la iglesia de san Julián de los Caballeros y la de san Lorenzo el Real, la más antigua de Toro de estilo mudéjar. Un templo que, aparte del retablo y del sepulcro gótico, custodia notabilísimas piezas que están habitualmente en la colegiata, como son el Cristo de marfil y el célebre cuadro de la Virgen de la Mosca.

Cae la tarde mientras el viajero vuelve sobre sus pasos. Ha estacionado el vehículo en la plaza de San Agustín, a la que se asoman las murallas del alcázar, último refugio de Juana la Beltraneja (1462-1530), quien perderá la corona de Castilla en favor de su tía Isabel la Católica tras la famosa batalla de Toro, en 1476. Nada queda ya de aquellos espantos. Toro es hoy una ciudad tranquila que conjuga tradición y modernidad. Y tal vez lo que mejor exprese esta idea sea el enorme toro de piedra granítica plantado en medio de una rotonda, a la salida de la ciudad, lo último que ve el viajero en el espejo retrovisor mientras se aleja de regreso a casa.