29/04/2012
La luna en la Tierra
Texto de Albert Pérez
Fotos de David Airob
Capadocia no es la Luna, pero lo parece. Los restos volcánicos y la erosión son los causantes de que esta región de Anatolia sea una de las maravillas al alcance del ojo humano. Pero no todo es paisaje. La vida en sus ciudades subterráneas hace miles de años que otorgó a la zona un misterio absoluto

Un globo aerostático sobrevuela el insólito paisaje de Capadocia, en Anatolia central, declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1985
La madrugada en Capadocia se sume en un silencio majestuoso que sería absoluto si no fuera por el incesante ir y venir de furgonetas, vanettes y otros vehículos que recorren con celeridad las carreteras que unen los principales núcleos urbanos. No se trata de juerguistas a la busca de discotecas para turistas, sino del servicio de transporte para aquellos viajeros que pretenden buscar la guinda a su visita a ese paraíso de magma volcánico con las más variadas formas imaginables: echarle una ojeada desde el aire.
El alba está a punto de romper, y la única luz que ilumina el ambiente son los calentadores de los globos que inician el ascenso. De repente, con los primeros rayos del día, el cielo de Capadocia se encapota de infinidad de globos aerostáticos que coquetean con las famosas chimeneas de hada, con el incomparable museo al aire libre en el que se convierten las formaciones de Goreme, todo ello un paisaje volcánico que desde hace diez millones de años debe sus peculiares formas al efecto de la erosión.
Recorrer Capadocia es vivir en un cuento que se desarrolla en una zona con un diámetro de cincuenta kilómetros. Nada parece real a lo largo de las carreteras que conectan los valles repletos de esas majestuosas formaciones en las que sus múltiples agujeros simulan ser improvisadas ventanas desde las que el turista tiene la sensación de sentirse observado por todos aquellos que en alguna ocasión habitaron y se protegieron ahí. Las casas trogloditas, sus iglesias camufladas, sus cuevas reparadoras del viaje interminable.
El alba está a punto de romper, y la única luz que ilumina el ambiente son los calentadores de los globos que inician el ascenso. De repente, con los primeros rayos del día, el cielo de Capadocia se encapota de infinidad de globos aerostáticos que coquetean con las famosas chimeneas de hada, con el incomparable museo al aire libre en el que se convierten las formaciones de Goreme, todo ello un paisaje volcánico que desde hace diez millones de años debe sus peculiares formas al efecto de la erosión.
Recorrer Capadocia es vivir en un cuento que se desarrolla en una zona con un diámetro de cincuenta kilómetros. Nada parece real a lo largo de las carreteras que conectan los valles repletos de esas majestuosas formaciones en las que sus múltiples agujeros simulan ser improvisadas ventanas desde las que el turista tiene la sensación de sentirse observado por todos aquellos que en alguna ocasión habitaron y se protegieron ahí. Las casas trogloditas, sus iglesias camufladas, sus cuevas reparadoras del viaje interminable.
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