Valldemossa
19/05/2013
En una propiedad que perteneció a los monjes del monasterio cartujo de Valldemossa, en el que se alojaron Frédéric Chopin y George Sand, se levanta uno de los establecimientos más encantadores de las islas Baleares, el hotel Valldemossa.
Todo en esta localidad de la sierra de Tramuntana, a apenas quince minutos de Palma, remite a esta pareja que a finales de 1828 descubrió la tranquilidad de esta villa de calles empinadas y estrechas, que ha tenido la cartuja como referencia. Si a Chopin el lugar le inspiró su preludio Opus 28, a Sand le permitió escribir uno de sus relatos más célebres, Un invierno en Mallorca.
Ciertamente, el hotel, que forma parte de la cadena Relais & Châteaux, que siempre resulta una garantía de calidad y servicio, respira una atmósfera seductora, que remite a aquellos días en que el pianista y la escritora pasearon por Valldemossa, adonde el compositor acudió para recuperarse de su tuberculosis. No tuvieron suerte con el tiempo, pues les llovía casi a diario, pero entre románticos esta circunstancia inspira la sensibilidad, cuando no el deseo.
Actualmente, para poner al mal tiempo buena cara, el establecimiento dispone de piscinas cubierta y exterior, y deliciosas terrazas donde cenar a la luz de las velas con el buen tiempo, pero, en caso de que este no acompañe, se puede disfrutar de su cocina en el restaurante interior gozando de inmejorables vistas. Sin duda, es una sugerencia excelente para escaparse un fin de semana para recargar las pilas.
Las doce habitaciones del hotel Valldemossa conjugan sabiamente el encanto de las paredes de piedra del siglo XIX de las dos casas que sirven de base del establecimiento con un mobiliario moderno y confortable, de colores claros y materiales de calidad. Las camas de baldaquino han sido aderezadas con velos blancos, lo que le confiere una ambientación colonial que invita a toda suerte de preludios. Los baños son generosos y están bien equipados. El entorno del hotel es magnífico, entre olivos, naranjos, cipreses y pinos. Cuenta con una encantadora pérgola e incluso un huerto impecable que convida al sosiego.
Pocos hoteles en la isla de Mallorca ofrecen esta sensación de refugio, sabiendo que, si al cliente el cuerpo le pide marcha, en pocos minutos puede estar en una discoteca de moda o en un bar junto a la playa.
Los placeres del agua. El servicio de wellness del hotel merece una visita, no sólo por su excepcional piscina donde reactivarse con los chorros de agua o tonificar el organismo con una infusión a media tarde, sino también por los tratamientos que ofrece, que van desde un masaje hindú de cabeza, cuello, hombros y espalda hasta un masaje clásico sueco reparador como pocos. Asimismo dispone de servicios de estética, donde la clientela resulta rejuvenecida en extremo.
Datos de contacto
Majestic
12/05/2013
Estos días se cumplen 75 años de la estancia en el hotel Majestic de Barcelona de Antonio Machado. El poeta llegó procedente de Valencia, donde había pasado un año tras marchar de Madrid, huyendo de la guerra. Con él iban parte de su familia y otros ilustres poetas, como León Felipe, que también se alojó unos días en el hotel. Con su habitación como despacho, escribió una veintena de artículos para La Vanguardia.
El Majestic había sido inaugurado 20 años antes, en 1918, aunque otro establecimiento con su nombre había abierto a finales del siglo XIX en la calle Fontanella. A mediados de los 20, era el mejor hotel de la ciudad, cuando el paseo de Gràcia resultaba un desfile de Hispano-Suiza, Studebaker y Rolls Royce. Pero la Guerra Civil lo cambió todo, y el inmueble fue requisado por el Comisariado de Propaganda, así que muchos periodistas y escritores se instalaron en él.
En 1940, el hotelero catalán que lo gestionaba recuperó la propiedad y empezó una primera remodelación para recuperar el esplendor de antaño. No es de extrañar que el Majestic presuma de haber tenido entre sus clientes desde Federico García Lorca hasta Joan Miró, pasando por Josephine Baker o Renata Tebaldi. En 1970 disponía de 340 habitaciones, y en el 2002 su restaurante Drolma, con el chef Fermí Puig, consiguió que un hotel barcelonés tuviera una estrella Michelin.
El Majestic, que acaba de estrenar tres suites en la primera planta que son una gozada, cuenta hoy con un restaurante llamado La Dolce Vita, de cocina mediterránea, aunque la apuesta gastronómica de futuro se está fraguando. El Bar del Majestic es una institución en la ciudad, con pianista de cabecera y limpiabotas de los de antes. Su ambiente inspiró durante años una columna periodística de Arturo San Agustín. Pero un espacio que se ha convertido en un must barcelonés es su terraza, con mural de Philip Stanton y muebles de la diseñadora Patricia Urquiola. La azotea con vistas sobre los edificios modernistas del paseo de Gràcia ofrece un panorama único; su piscina es un placer, pues permite darse un chapuzón con vistas.
El hotel ha sufrido una reciente remodelación de sus habitaciones que le ha permitido ganar no sólo en modernidad sino también en confort. Sus altas camas de mullidos colchones parecen pensadas sobre todo para el turista estadounidense. Los baños son amplios y generosos, con detalles muy cuidados: por ejemplo, las amenities son de Bulgari. Sin duda, se trata de un establecimiento ideal por su centralidad, por su servicio y por sus instalaciones que en poco tiempo puede liderar la oferta de la ciudad.
Tratamiento contra el jet lag.
El hotel Majestic ofrece en su espectacular spa inaugurado hace cuatro años un tratamiento llamado Especial Jet Lag para clientes que necesitan relajar los músculos tras un largo viaje. La carta
de tratamientos resulta muy completa, e incluso ofrece un curso de coaching facial para que la cara sea el reflejo del alma, de la mejor alma, se entiende.







