Hotel du Louvre
11/03/2012
El Hotel du Louvre está espléndidamente situado, a dos minutos del museo más visitado del mundo, de la Comédie Française y del Palais Royal, y a diez de la Ópera Garnier. Ubicado en un inmueble de 1855, originariamente se llamó Grand Hotel du Louvre, pues fue el primer establecimiento parisino que se comparó a sus homólogos de Londres o Nueva York. No es de extrañar que sus salones acogieran recepciones oficiales a principios del siglo XX. En 1897, el pintor impresionista Camile Pisarro se instaló en él –el hotel cuenta con una suite Pissarro a modo de homenaje– y pintó París desde su ventana. Pissarro, que tuvo como alumnos a Cézanne y Gauguin, había plasmado hasta entonces en sus lienzos paisajes rurales, pero una enfermedad ocular le obligó a refugiarse en espacios cerrados, como su habitación, y retratar vistas urbanas; de esta época son sus óleos Jardin de las Tullerías o Avenida de la Ópera.
El hotel ha tenido siempre una clientela distinguida. En alguna de sus novelas, Arthur Conan Doyle sitúa en él a Sherlock Holmes, lo que ha convertido el lugar en sede de reuniones de las sociedades del detective de ficción. También los seguidores de Sigmund Freud veneran el hotel, porque lo frecuentó mientras escribía su obra Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci, donde teoriza sobre la sonrisa de La Gioconda. Por su parte, Emile Zola situó en el Louvre la boda de los protagonistas de su novela Pot-Bouille y, cuando en 1957 el realizador Julien Duvivier llevó el libro a la pantalla, con Gérard Philippe de protagonista, por unos días la clientela sufrió los inconvenientes del rodaje de la película en sus salones.
El hall del establecimiento, con su escalinata alfombrada y coronada con una reproducción de la Venus de Milo, mantiene el aire aristocrático que llevó a Napoleón III a impulsar la construcción del hotel en unos años en que las exposiciones internacionales de París atraían a un público burgués y cosmopolita. La remodelación del interiorismo de las habitaciones es reciente, y la intervención de la decoradora Sybille de Margerie le ha conferido una mayor confortabilidad, con un diseño distinto para cada estancia y un mobiliario contemporáneo en el que no faltan detalles de singularidad. La Brasserie du Louvre, con su encantadora terraza exterior, que combina la madera oscura y los elementos dorados, es muy recomendable. El chef Denis Bellon prepara platos tradicionales entre los que no faltan las bandejas de marisco del Atlántico. Es un restaurante tremendamente parisino, para mirar y para ser observado.
Copas a ritmo de jazz. El bar Le Defender es un elegante establecimiento de estilo Napoleón III que ofrece la oportunidad de tomar la última copa de la noche mientras se escucha jazz en directo (de miércoles a viernes). Paredes en rojo, cómodos sillones a juego, grandes espejos, sólidas columnas, luces discretas y detalles florales convierten la coctelería del hotel en un espacio de gran personalidad, ideal para la confidencia o para el final de una velada romántica.
Datos de contacto
Hôtel de la Cigogne
04/03/2012
Ginebra ha sido refugio de escritores: Colette, Stefan Zweig e incluso Dostoyevski escribieron en sus hoteles. Este último redactó parte de El idiota en esta ciudad, que por otra parte le parecía “horrorosa, sombría y fea”. Seguramente por eso prefería escaparse al casino de Saxon-les-Bains a perder dinero en el juego; de hecho, tuvo que cambiar su hotel por una pensión, después de empeñar hasta su abrigo o el foulard de su segunda esposa. Ginebra es hoy una ciudad muy diferente a la que conoció el autor de El jugador, que tuvo en sus penalidades la mejor fuente de inspiración.
Elegante, mundana, exquisita, la urbe no está llena de bebedores, tunantes y miserables, como le pareció a Dostoyevski, sino repleta de gente mesurada, ordenada y rica. Eso sí, muchos compatriotas rusos pueden encontrarse de nuevo en los buenos hoteles, un siglo y medio después de su estancia en 1867.
Uno de los preferidos de esta clientela adinerada es el Hôtel de la Cigogne, que lleva ese nombre por la reproducción de tal ave zancuda sobre la puerta de entrada. Es una escultura sobredorada, con las alas abiertas, el emblema del establecimiento (otra reproducción puede verse en una de las mesas del restaurante del hotel). El inmueble donde se ubica es del siglo XVII, y los toldos rojos sobre las ventanas de las habitaciones le confieren un aire alegre y moderno. Su situación es inmejorable, pues se encuentra en el centro de Ginebra, muy cerca de la ciudad antigua, a dos pasos de la catedral de San Pedro, del Jardín de los Ingleses y del Jet d’Eau, el característico chorro de agua que es el símbolo de la ciudad. La Rue du Rhône está igualmente próxima: allí se encuentran algunas de las mejores tiendas de la ciudad, incluidas sus famosas joyerías, y los almacenes Globus, que son, para entendernos, los Harrod’s suizos.
El hotel tiene una clientela selecta formada por hombres de negocios, financieros, diplomáticos, pero también por viajeros que aspiran alojarse en establecimientos singulares. El Cigogne no deja indiferente, con sus salones decorados con muebles de marquetería, tapices del XVIII y sorprendentes frescos. Espectacular la chimenea de piedra, casi tanto como la fuente interior barroca, original del palacete, que perteneció a una familia aristocrática antes de ser hotel. Las habitaciones, todas distintas, no defraudan al cliente exigente.
Cenar en un ambiente Belle Époque. Es uno de los mejores restaurantes de Ginebra, gracias al chef Bernard Moreno, que trabaja con excelentes materias primas. La carta especifica que las carnes son suizas, el cordero de Nueva Zelanda y el foie gras francés. Sin embargo, los pescados figuran entre los platos más celebrados, como el filete de lubina con virutas de calabaza marinada y nueces trituradas, que se destaca en la guía Relais & Chateaux. Los postres merecen capítulo aparte: los suizos tienen fama de golosos, y el restaurante La Cigogne, de ambiente belle époque, contribuye a la fama. Atención al bavarois de café.








