Ni el Guadalquivir guarda parecido con el río Hudson, ni la nueva zona que ocupa los antiguos terrenos de Renfe, donde se encuentra este establecimiento, tiene aires neoyorquinos. Pero difícilmente al otro lado del Atlántico podría comerse uno pescados como el romerete, parecido al mero, o el moro negro, algunos de los que Eduardo Guardiola, uno de los cuatro hermanos que regentan la casa, se trae de las lonjas de Sanlúcar, Rota, Conil y Barbate. En la carta de Tribeca el apartado de productos del mar se limita a indicar al cliente que podrá elegir entre varias especies según la pesca diaria cocinadas con recetas de alta cocina o elegir una pieza entera hecha a la brasa. Las carnes -–terneras mamonas, buey, corzo o cochinillo– también son de máxima calidad. Pedro, el hermano que gobierna en la cocina, pasó veinte años trabajando en restaurantes de todo el mundo hasta que, después de vivir un año en Hong Kong, decidió regresar a su ciudad para abrir el negocio familiar al que acabaron sumándose el resto de los hermanos: el pequeño, Jaime, le ayuda en la cocina, Eduardo se ocupa de los vinos y de la compra del pescado, mientras que Eloísa decidió que era más feliz atendiendo la sala que ejerciendo de abogada, para lo que había estudiado. A Pedro le gustaría apostar por una cocina más innovadora pero ha podido comprobar que la mayoría de sus clientes tiende a los sabores clásicos, con pocas elaboraciones, así que va introduciendo su estilo con prudencia. Entre los platos más recomendables, el carpaccio de morrillo de atún y el chuletón de ternera lechal con ajo y perejil acompañado con patatas pequeñas al horno.
Vino asequibleLa óptima relación calidad-precio de los vinos es una obsesión para Eduardo, el sumiller, que tiene en su bodega un total de 350 referencias entre las que hay muchos vinos y champanes de alta gama.