27/01/2008

Tombuctú

Diario a las puertas del desierto

Texto de Xavier Aldekoa
Fotos de Llibert Teixídó
En 1828, el francés René Caillié se convirtió en el primer hombre blanco en entrar y salir vivo de Tombuctú, una ciudad perdida en el desierto que las viejas leyendas llenaban de oro y riquezas. A partir de su diario de viaje, el Magazine ha recorrido parte del itinerario del explorador francés y
se ha adentrado en un país, Mali, que permanece ajeno al paso del tiempo

Mercado en Yenné frente la Gran Mezquita. Caillié la describió como un templo "toscamente construido y abandonado a miles de nidos de golondrinas en sus muros"

La historia de una de las mayores exploraciones de todos los tiempos empieza en una panadería. El olor a pan fresco, recién hecho, cortaba como una navaja los recuerdos de un jovencísimo René Caillié cada vez que entraba en la boulangerie del pueblecito francés de Deux Sèvres, cerca de Poitiers. Su padre, panadero de profesión, en un torpe intento de cambiar por sábanas de seda su destino de trapo, había cometido un pequeño robo y dio con sus huesos en la cárcel. Padre e hijo nunca se conocieron. Murió en la celda cuando René tenía 9 años. Tres años después, falleció su madre, y René quedó huérfano. Así que, harto de su tragedia con aromas de harina y levadura, escapó. Él quería ser como los héroes de los libros de aventuras que devoraba cada tarde. Y en la Francia de principios del XIX, los marineros explicaban a quien quería oírlas infinidad de leyendas de sus viajes por tierras lejanas. Una de ellas fascinó a Caillié: una ciudad llena de riquezas, con calles pavimentadas de oro, permanecía perdida en el desierto. Jamás un blanco la había visto, pero, juraban, la ciudad existía. Un mapa del siglo XIV, que mostraba a un rey negro con una enorme pepita de oro en la mano a las puertas del Sahara, daba fe del mito de la ciudad de Tombuctú. Ese nombre evocador se quedó grabado en la mente del joven René Caillié, que se prometió hallar ese lugar a toda costa. Con 60 francos en el bolsillo y 16 años recién cumplidos, zarpó hacia África.
“Así fue entonces y así es hoy, los blancos vienen a descubrir lo que está aquí desde siempre”, dice Cissé, de 17 años, y su voz queda camuflada por un viejo motor que ruge con violencia y hace avanzar lentamente nuestra pinaza, una canoa de madera de 25 metros llena hasta arriba. Cientos de sacos de arroz y carbón, fardos de algodón, bloques de sal, telas, gallinas, una motocicleta... Todo se amontona con ordenado caos en estas rudimentarias embarcaciones, transporte principal de miles de malienses hacia Tombuctú. Así fue hace doscientos años y así es hoy. Como si el tiempo se hubiera detenido en uno de los países más pobres del mundo. El 23 de marzo de 1828, René Caillié también se subió en una pinaza similar a las afueras de Yenné y descansó sus maltrechos huesos entre sacos parecidos en su odisea hacia Tombuctú. Lo dejó todo escrito en su diario de viajes, cuyas páginas guiarán, dos siglos después, esta breve incursión en la realidad maliense. “La gran piragua estaba cubierta de esteras, cargada de arroz, de millo, algodón, telas y otras mercancías. La embarcación parecía muy frágil, unida con cuerdas, soportaba cerca de 60 toneladas de peso”, escribió Caillié. Durante nueve días, mi navegación sobre el Níger se convertirá en un viaje en el tiempo y el espacio de la mano de los textos del explorador francés.
Me despierta de mis ensoñaciones el pequeño Omar, de apenas 11 años, pero que, si le preguntas, miente descaradamente y dice tener 18. Viste una camisa raída del Chelsea que hace tiempo que dejó de ser azul. “Tubabu, aquí, tubabu, aquí”, dice mientras señala un hueco entre dos sacos. Tubabu, hombre blanco en lengua bambara, es el bautizo de los malienses a cualquier turista o viajero. Omar sonríe, desaparece de un salto y vuelve a los pocos segundos con una estera de paja que despliega en lo que será mi hogar los próximos días. La sonrisa de Omar me traslada en el tiempo: “La hospitalidad de sus gentes es infinita. Cuando llego al poblado, se desviven por mi comodidad. Dicen: ‘Debes de sufrir mucho, no estás acostumbrado a hacer una ruta tan dura’, van a buscar hojas y me preparan una cama”, subrayaba Caillié en su diario. Las cosas no han cambiado desde entonces. La hospitalidad de los malienses, que tanto sorprendía a nuestro explorador, sigue intacta en miles de sonrisas como la de Omar.
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