27/01/2008
Tombuctú
Diario a las puertas del desierto
Texto de Xavier Aldekoa
Fotos de Llibert Teixídó
En 1828, el francés René Caillié se convirtió en el primer hombre blanco en entrar y salir vivo de Tombuctú, una ciudad perdida en el desierto que las viejas leyendas llenaban de oro y riquezas. A partir de su diario de viaje, el Magazine ha recorrido parte del itinerario del explorador francés y
se ha adentrado en un país, Mali, que permanece ajeno al paso del tiempo
se ha adentrado en un país, Mali, que permanece ajeno al paso del tiempo

EN LAS ORILLAS DEL NÍGER
Pero en la aventura de Caillié no sólo hubo sonrisas. Muchos murieron en una carrera fratricida entre Francia y el Reino Unido por llegar primero a Tombuctú. Incluso el famoso explorador escocés Mungo Park, acompañado de 40 soldados británicos, sucumbió a las fiebres y la disentería –y a su soberbia colonialista– y murió en el Níger atacado por tribus locales. Los infieles no eran bien recibidos en la ciudad sagrada de Tombuctú. Pero Caillié se preparó a conciencia. Estudió árabe en Senegal durante nueve meses, se cambió el nombre –Mohamed Abdallah (esclavo de dios)– y se hizo pasar por musulmán. Con un turbante como único pasaporte y convencido de que el estudio de lo desconocido no tenía por qué hacerse con tanto ruido, Caillié emprendió un extraordinario viaje con el arrojo de quien va al encuentro de su sueño. El gobierno francés había prometido 10.000 francos de recompensa a quien trajera noticias de la ciudad, pero eso a Caillié le traía sin cuidado. “Muerto o vivo, lo conseguiré; si yo no sobrevivo, mi hermana recogerá el dinero. No propiedad incontestable: el mérito de haber hecho todo yo solo”, escribe justo antes de partir de Boké, en Guinea. Durante un año se internó en el corazón de África, aprendió las formalidades de saludo africanas, el rito del té o la comida en común y admiró el bullicio de los mercados o la majestuosidad de los baobabs. Sus textos de viajes son aún hoy una descripción exacta y humana de la vida africana, inalterable al paso del tiempo. Y esa África que se asoma a las páginas de Caillié se presenta también, casi intacta, ante el somnoliento paso de nuestra pinaza. Es época de sequía, y la barriga de la barcaza topa a menudo con el arcilloso lecho del Níger. La tripulación despliega entonces unas largas pértigas de caña para deslizarla unos metros hacia delante. Sin prisa. Luego, cuando el sol de la tarde barniza de naranja el horizonte, todos dirigen su mente hacia La Meca. A nuestro alrededor se suceden escenas que no han cambiado desde hace siglos. La estilizada silueta de un pescador bozo lanza su red circular con precisión de orfebre, mujeres en la orilla trituran mijo en cuencos de madera, y, no muy lejos, los niños chapotean en el agua o despiden divertidos el paso de la embarcación. Todo parece tranquilo hasta que, de repente, el cielo se cae. “¡Tubabu, sal! ¡Tubabu, rápido!”. Los gritos de Cissé se confunden entre las órdenes del jefe de la pinaza al resto de pasajeros, entre los que hay ancianos y niños. Una roca ha agujereado la embarcación y hay que desalojarla a toda prisa. En pocos segundos se forman filas de hombres y mujeres que transportan, hundidos hasta el cuello, sacos de 75 kilos. Cuando el sobresalto acaba, preparan un té en la orilla y se sientan a esperar. Nada está roto en África: está en proceso de reparación. La pinaza estará lista al anochecer. Caillié fue testigo de la fragilidad de estas grandes barcas, y en su relato describe un naufragio que acabó con varios ahogados.
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