20/12/2009
Praga coquetea con la modernidad
Texto de Aurora Segura
Fotos de Hike Lohneis
Dar el salto al siglo XXI no está siendo fácil para los países ex comunistas. Pese a todo, la República Checa aspira a ser el gran mercado de moda y diseño de los países del Este

Una joven a la puerta de la tienda de Swaroski en el centro histórico.
Veinte años después de la conocida como revolución de terciopelo que significó la caída del comunismo, la República Checa no acaba de encontrar su camino hacia la modernidad. Aunque lo intenta.
A poca distancia a pie del centro atestado de una capital en la que es apabullante el predominio del turismo low cost, se encuentran algunas de las tiendas que pretenden emular a las de capitales internacionales de la moda. Diseñadores independientes intentan vender una ropa de estética innovadora, o por lo menos distinta de la habitual en las grandes cadenas. Las más interesantes se encuentran en un barrio judío al que apenas asoma una minoría de los visitantes, a pesar de que sus calles y edificios contienen buena parte de la historia de la ciudad –desde la ocupación alemana a la era soviética– y son notables también desde el punto de vista arquitectónico y artístico.
Incógnito, en la que se vende exclusivamente la producción de nuevos talentos de la moda de Israel, es uno de esos establecimientos que quieren poner una nueva cara, más actual, a la ciudad. Es el caso también de Le Bohême, con un interiorismo cool y una ropa que firma Renáta Vokácová; de la tienda de Klara Nademlynska o de Caramello, que exhibe exclusivos y caros zapatos italianos bajo la dirección de Eva Lincesso.
No debe de estar muy equivocado el emplazamiento de estas tiendas cuando algunas de las firmas internacionales más reconocidas, como la italiana Prada, están empezando a instalarse en ese barrio. Aunque no es el único que acoge las nuevas tiendas, el local de la creadora Denisa Nova, una de las más conocidas y celebradas del país, o Hard-De-Core, con ropa y complementos de jóvenes talentos checos, se ubican en otras zonas de la ciudad antigua.
Los organismos de promoción del turismo de la capital checa pretenden convertir la república en el centro comercial de la Europa ex comunista, ya que consideran que las especiales condiciones de su país lo hacen posible. Lo tienen claro en Brno, una ciudad situada a poco más de 200 kilómetros que se jacta de estar equidistante de tres capitales importantes, Viena, Bratislava y Praga, lo que pueda convertirla en un imán para eslovacos, austriacos y sus mismos compatriotas del resto del país. La República Checa, dicen, ha tenido históricamente una buena relación con los países occidentales, y por eso sus habitantes están más abiertos, la ciudad interesa más a los inversores extranjeros y, como consecuencia, avanzan con más rapidez que otros países del área soviética.
A poca distancia a pie del centro atestado de una capital en la que es apabullante el predominio del turismo low cost, se encuentran algunas de las tiendas que pretenden emular a las de capitales internacionales de la moda. Diseñadores independientes intentan vender una ropa de estética innovadora, o por lo menos distinta de la habitual en las grandes cadenas. Las más interesantes se encuentran en un barrio judío al que apenas asoma una minoría de los visitantes, a pesar de que sus calles y edificios contienen buena parte de la historia de la ciudad –desde la ocupación alemana a la era soviética– y son notables también desde el punto de vista arquitectónico y artístico.
Incógnito, en la que se vende exclusivamente la producción de nuevos talentos de la moda de Israel, es uno de esos establecimientos que quieren poner una nueva cara, más actual, a la ciudad. Es el caso también de Le Bohême, con un interiorismo cool y una ropa que firma Renáta Vokácová; de la tienda de Klara Nademlynska o de Caramello, que exhibe exclusivos y caros zapatos italianos bajo la dirección de Eva Lincesso.
No debe de estar muy equivocado el emplazamiento de estas tiendas cuando algunas de las firmas internacionales más reconocidas, como la italiana Prada, están empezando a instalarse en ese barrio. Aunque no es el único que acoge las nuevas tiendas, el local de la creadora Denisa Nova, una de las más conocidas y celebradas del país, o Hard-De-Core, con ropa y complementos de jóvenes talentos checos, se ubican en otras zonas de la ciudad antigua.
Los organismos de promoción del turismo de la capital checa pretenden convertir la república en el centro comercial de la Europa ex comunista, ya que consideran que las especiales condiciones de su país lo hacen posible. Lo tienen claro en Brno, una ciudad situada a poco más de 200 kilómetros que se jacta de estar equidistante de tres capitales importantes, Viena, Bratislava y Praga, lo que pueda convertirla en un imán para eslovacos, austriacos y sus mismos compatriotas del resto del país. La República Checa, dicen, ha tenido históricamente una buena relación con los países occidentales, y por eso sus habitantes están más abiertos, la ciudad interesa más a los inversores extranjeros y, como consecuencia, avanzan con más rapidez que otros países del área soviética.

La barra del Jazz Dock, un bar restaurante situado en los muelles del río Moldava donde se hacen festivales y actuaciones de jazz en directo
No está tan seguro de esa capacidad de atracción, por lo menos en lo que se refiere a la moda, el asesor de imagen Maxim Mahdall, que tiene su propia tienda en esa pequeña ciudad, cuando se lamenta de que “en la vecina Eslovaquia –media parte de la antigua Checoslovaquia hasta 1992– se vende el doble de ropa de hombre que aquí a pesar de ser la mitad de población”.
Tanto él como su compatriota y colega Iveta Radkova opinan que “tantos años de comunismo hacen que a la mayoría de la gente le resulte difícil seguir la moda”. Esta mujer, que tiene un showroom en el centro de Brno, donde hace ropa prácticamente a medida, empezó hace 20 años, justo cuando finalizaba en su país la etapa soviética.
“Antes –apunta–, el diseño de moda se hacía en la clandestinidad. La mayoría de las mujeres optaba por coser su propia ropa copiando los patrones de algún número atrasado de la mítica Burda alemana, si no querían llevar la que fabricaban las poco imaginativas industrias textiles estatales”. Así, no han tenido la oportunidad de aprender a combinar, un arte básico en la moda actual, o desarrollar un estilo propio, opinan estos creadores. “Lo que en Occidente se entiende como moda, aquí no acaba de funcionar, porque la mujer sólo compra algo si le combina con lo que ya tiene en su armario. Si las tendencias van por otro lado, pasa”, concluye Radkova.
“Hace sólo dos décadas –recuerda Markéta Klimesová, una guía turística que aprendió su buen español trabajando en la costa catalana algunos veranos–, no se podía vestir como uno quisiera y lo que había era aburrido, feo y gris. Estaban prohibidas hasta las camisetas con leyendas y todo tipo de símbolos, especialmente las cruces y otros motivos religiosos.”
Así, la principal dificultad de la República Checa para modernizarse sería la mentalidad de sus propios habitantes. Algo lógico si se tiene en cuenta que no han podido desarrollar ni practicar una cultura estética, considerada antirrevolucionaria en los tiempos soviéticos. “Y lo peor
–apunta Iveta Radkova– es que a los jóvenes les ha llegado la libertad con la globalización y han cambiado un uniforme, el que imponían las autoridades, por el que promueven las cadenas internacionales de moda.” Otro motivo para que a los diseñadores que proponen algo distinto les cueste abrirse camino.
Tanto él como su compatriota y colega Iveta Radkova opinan que “tantos años de comunismo hacen que a la mayoría de la gente le resulte difícil seguir la moda”. Esta mujer, que tiene un showroom en el centro de Brno, donde hace ropa prácticamente a medida, empezó hace 20 años, justo cuando finalizaba en su país la etapa soviética.
“Antes –apunta–, el diseño de moda se hacía en la clandestinidad. La mayoría de las mujeres optaba por coser su propia ropa copiando los patrones de algún número atrasado de la mítica Burda alemana, si no querían llevar la que fabricaban las poco imaginativas industrias textiles estatales”. Así, no han tenido la oportunidad de aprender a combinar, un arte básico en la moda actual, o desarrollar un estilo propio, opinan estos creadores. “Lo que en Occidente se entiende como moda, aquí no acaba de funcionar, porque la mujer sólo compra algo si le combina con lo que ya tiene en su armario. Si las tendencias van por otro lado, pasa”, concluye Radkova.
“Hace sólo dos décadas –recuerda Markéta Klimesová, una guía turística que aprendió su buen español trabajando en la costa catalana algunos veranos–, no se podía vestir como uno quisiera y lo que había era aburrido, feo y gris. Estaban prohibidas hasta las camisetas con leyendas y todo tipo de símbolos, especialmente las cruces y otros motivos religiosos.”
Así, la principal dificultad de la República Checa para modernizarse sería la mentalidad de sus propios habitantes. Algo lógico si se tiene en cuenta que no han podido desarrollar ni practicar una cultura estética, considerada antirrevolucionaria en los tiempos soviéticos. “Y lo peor
–apunta Iveta Radkova– es que a los jóvenes les ha llegado la libertad con la globalización y han cambiado un uniforme, el que imponían las autoridades, por el que promueven las cadenas internacionales de moda.” Otro motivo para que a los diseñadores que proponen algo distinto les cueste abrirse camino.

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