09/12/2007

La ruta oculta del vino

Guachinches

Texto de Cristina Jolonch
Fotos de Carlos González Armesto
La ruta de los guachinches, tabernas situadas muchas veces en los garajes de las casas, cuenta con verdaderos adeptos en el norte de Tenerife. Surgieron con el fin de vender el vino de la cosecha durante unos meses, y muchos de ellos se han convertido en pequeños restaurantes. La cocina casera con la que acompañan el vino es uno de sus principales alicientes

La cocina del Palmita, un negocio que compagina la venta de lotería con un conejo frito que les ha dado fama entre los aficionados a los guachinches

Es raro ver a un hombre en la cocina de los guachinches. Ellos se ocupan del vino; de cuidar la cepas, de elaborarlo y de venderlo

Candelaria, a la que todos llaman Yaya, conserva el guachinche que abrió su madre hace más de un siglo, en La Matanza. Pero hace poco que su marido, Manolo, murió tras un mal golpe en la cabeza durante las riadas y ella no se ha visto con ánimos de seguir con el negocio. El salón en el que servía las comidas está intacto, con sus viejos muebles, el espejo, las macetas… “Carne de cabra, garbanzas, carne con papas y pescado salado con papas era lo que yo preparaba. Mi marido era muy alegre y le gustaba tocar las castañuelas. Y aquí se montaban unas parrandas tremendas, con guitarras y gente que cantaba.” El guachinche lo abrió su madre, de soltera, y desde entonces en su casa no ha faltado el vino, que a ella le gustaba servir acompañado con la cabrilla, una mezcla de gofio en polvo y azúcar que hay que llevarse a la boca con una cuchara antes de tomar el trago. Quizá lo tomara así un cura de Tenerife que durante años los visitaba a menudo y aparcaba su coche dentro del garaje para que nadie supiera de su afición a los guachinches. “Mi madre fue la que sacó esto adelante. Ella iba caminando desde La Matanza hasta Santa Cruz para vender huevos y a la vuelta traía loza. No se ponía las alpargatas para no estropearlas en el camino.” Aunque nunca ha salido de la isla, ni apenas de La Matanza, Yaya sabe que todo ha cambiado mucho, demasiado, y que tampoco los guachinches son lo que eran. “Antes sólo había que tener vino y poner el caldero al fuego. Ahora hay que pagar muchos impuestos, y mis hijos ya no quieren seguir.”
Eso mismo lamentan los nostálgicos. Que los guachinches ya no son lo que eran. Algunos reivindican los establecimientos de chochos (altramuces) y moscas, como se conoce al típico garito sucio y pobre, que consideran el más genuino. O el que tenía la pequeña venta, como explica Felipe Monje, que elabora uno de los vinos más reputados de la isla. “Te despachaban víveres, escobas, aceite… un poquito de todo. Y al lado había una barra minúscula en la que se tomaban los vinos. Y por allí te aparecía la suegra desgreñada, que te ofrecía algo para comer.”
No son grandes vinos los que se sirven en estas peculiares tabernas. Pero son mucho mejores que los que se bebían años atrás. Según Loles Pérez, enóloga de Cráter, otra de las mejores bodegas tinerfeñas, antes el vino era puro azufre. “El viticultor ha dejado de pensar que no hay mejor caldo que el suyo y ha empezado a dejarse aconsejar. Y en algunos guachinches obtienen vinos de calidad con métodos totalmente tradicionales.”
Reportajes anterior 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 | 8 | 9 | 10 | siguiente
de: Luis Alberto | 24/09/2008
Espero que te guste.
4 de enero de 2009
4 de enero de 2009
Publicidad
Buscar en