27/01/2008

Tombuctú

Diario a las puertas del desierto

Texto de Xavier Aldekoa
Fotos de Llibert Teixídó
En 1828, el francés René Caillié se convirtió en el primer hombre blanco en entrar y salir vivo de Tombuctú, una ciudad perdida en el desierto que las viejas leyendas llenaban de oro y riquezas. A partir de su diario de viaje, el Magazine ha recorrido parte del itinerario del explorador francés y
se ha adentrado en un país, Mali, que permanece ajeno al paso del tiempo

LA MIRADA DEL EXPLORADOR

"Me quedé fascinado de la cantidad de gente que había en el mercado de Yenné, donde se vendía todo lo necesario  en la vida"

Horas después, ya con la luna llena mirándose en el Níger, los seis niños que trabajan en la pinaza se reúnen para despedir el día con otro té y soñar despiertos. Cissé me pide que les acompañe. Discuten si es más rico el presidente del país o Kanouté, jugador de fútbol del Sevilla y auténtico ídolo nacional. Todos se ríen y desean en voz alta. En un instante, Omar, uno de los pocos que chapurrean francés, clava su mirada en mí y suelta. “Cuando sea mayor seré el jefe de mi pinaza, navegaré el Níger hasta el mar para ir a España y allí seré rico como Kanouté.” Todos se ríen, menos él.
Mientras, Caillié sigue acercándose paso a paso al Níger. Sin detenerse jamás, aunque a punto esté de costarle la vida. Antes de alcanzar el Gher-n-igheaen (el río de los ríos en bereber), padeció fiebres, se quedó cojo y contrajo tal escorbuto que el paladar se le deshizo en la lengua. Pero no abandonó. “Después de tres meses de reposo en Timé, la llaga de mi pie estaba casi cerrada, pero ¡Dios santo! Unos violentos dolores me anunciaron que padecía escorbuto, una peligrosa enfermedad que comprobé con horror. Mi paladar se deshizo, varios huesos se despegaron, y mis dientes no se sostenían en sus encías. Me dolía tanto el cráneo que no pude dormir un cuarto de hora en quince días. Para colmo, la llaga de mi pie se reabrió”, explicaba. Su coqueteo con la muerte le llevó casi a la desesperación, pero jamás bajó los brazos. “¿Os imagináis mi situación? –se sincera– Solo en el interior de un país salvaje, durmiendo sobre tierra húmeda, sin otra almohada que un saco de cuero con todo mi equipaje, sin otro médico que la buena voluntad de los negros que, dos veces al día, me traen agua con arroz. Me convertí en un verdadero esqueleto…” Una ligera mejoría fue suficiente para levantarlo de la cama. Débil pero tenaz, caminó durante dos meses más hasta la ciudad de barro de Yenné, que conserva una de las mezquitas más hermosas del mundo. Caillié, impresionado por la belleza de sus calles de adobe y el arco iris de colores de su mercado, frunció el ceño ante la trata de esclavos en la plaza principal. “He visto hombres desnudos pasear su desgracia por las calles de Yenné. Los ofrecían por veinticinco, treinta o cuarenta monedas, según su edad. Yo sufría viendo tal insulto a la humanidad...”, relata. A diferencia de quienes hicieron de la exploración una pieza del engranaje colonialista, Caillié descubría la inmensidad del otro en cada paso hacia Tombuctú. Quizás por eso no se rindió. O porque casi rozaba con los dedos su objetivo. A partir de Yenné, sólo un duro viaje de cinco semanas por el río le separaba de su sueño. Escondido entre los sacos por miedo a ser descubierto y asesinado por tuaregs, que abordaban las embarcaciones para exigir derechos de navegación, y muerto de hambre, Caillié jamás perdió la esperanza. Se hace difícil comprender cómo pudo soportar un viaje tan demoledor. Aunque se esté acostumbrado a dormir al raso, a partir del tercer día de navegación la espalda reclama una tregua y sueña con una cama de verdad, y no un par de sacos como colchón.
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4 de enero de 2009
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