27/01/2008

Tombuctú

Diario a las puertas del desierto

Texto de Xavier Aldekoa
Fotos de Llibert Teixídó
En 1828, el francés René Caillié se convirtió en el primer hombre blanco en entrar y salir vivo de Tombuctú, una ciudad perdida en el desierto que las viejas leyendas llenaban de oro y riquezas. A partir de su diario de viaje, el Magazine ha recorrido parte del itinerario del explorador francés y
se ha adentrado en un país, Mali, que permanece ajeno al paso del tiempo

"Los negros de Tombuctú leen todo el tiempo el Corán e incluso lo recitan de memoria y se lo enseñan a sus niños a edad muy temprana"


Su tenacidad infranqueable sólo se explica por su entusiasmo por las pequeñas cosas. “El 1 de abril el río creció, no se veía tierra hacia el oeste. El lago Debo se desparramaba como un mar interior, y tres embarcaciones dispararon al cielo para saludar este lago espectacular mientras gritábamos ¡Salam! con todas nuestras fuerzas una y otra vez. No podía volver en mí de la sorpresa de ver en el interior del país tal volumen de agua. Aquello tenía algo de majestuoso”, narra entusiasmado. Efectivamente, el lago Debo quita la respiración. De repente, el Níger se abre y un mar de aguas tranquilas se derrama en las entrañas de uno de los países más secos del mundo. En nuestra entrada al lago, hipopótamos, garzas y martines pescadores dan una solemne bienvenida a la pinaza. Tombuctú está a la vuelta de la esquina.
Pero Tombuctú siempre se resiste a ser hallada. La imagen fastuosa de Kabara, una suerte de puerto fluvial a 15 kilómetros de la ciudad, es el penúltimo paso antes de alcanzarla. Una visión consoladora que el pobre Caillié no pudo ver, oculto entre sa-cos para no ser descubierto, muerto de miedo. Las puertas del desierto también se retuercen ante mí, como si dijeran: “Sé que sigues los pasos de Caillié, no te será tan fácil dar conmi-go”. Exhausto por los nueve días en la pinaza, consigo subirme a un camión de transporte de madera, que me hace un hueco entre los troncos. Casi me parece oír el latido del corazón de Caillié cuando, con el sol a punto de tocar el horizonte, aparece ante mí la anhelada ciudad de Tombuctú. “Por fin divisé –escri-be– la capital del Sudán, objetivo de todos mis deseos. Entrando en esa ciudad misteriosa, objeto de búsqueda de las naciones civilizadas de Europa, se apoderó de mí un senti-miento indescriptible de satisfacción. Jamás había experimentado una sensación igual, mi felicidad era total...” Pero la ciudad que se desplegaba ante sus ojos no tenía nada que ver con la de la leyenda. No había oro ni riqueza, tan sólo arena y muros que se caían a pedazos. Fue entonces cuando Caillié hizo un esbozo del lugar que desencantaría a muchos europeos. “La ciudad es una masa de edificios de adobe de aspecto penoso. Por todas partes hay inmensas llanuras de arena de un amarillo blanquecino, y el cielo en el horizonte es rojo pálido. La naturaleza es desoladora, reina el más profundo silencio y ni siquiera se oye el trinar de los pájaros”, escupió.
Tombuctú se resiste a morir desde hace siglos. Hoy es un espejismo fúnebre de lo que fue. Calles de arena infestadas de orines, edificios decrépitos, calor abrasador, tuaregs que venden su alma..., pero las puertas del desierto no son sólo un lugar. Destino durante siglos de caravanas que traían oro y plata del sur y telas y especias del norte, la ciudad labró su leyenda gracias a la tradición oral. Todos oían que la riqueza iba a Tombuctú. Poco queda de sus tiempos de esplendor, allá por el siglo XIV, como centro de intercambio comercial. Su visión desoladora desalienta hoy a muchos viajeros que, pese a todo, llegan cada año atraídos por el magnetismo de este confín del mundo. El hechizo de la leyenda pervive en Tombuctú. Incluso se puede visitar la casa que habitó el francés durante los 15 días que vivió en la ciudad. No quiso quedarse más. Prefirió atravesar el Sahara antes que volver por sus pasos, porque “muchos preferirán poner en duda mi viaje a Tombuctú, mientras que si regreso por los estados de Berbería, la mera mención del punto al que he llegado reducirá al silencio a los más malignos”, escribió. 
La crudeza del desierto se cebó en él. Soportó tormentas de arena y una sed tan terrible que le impedía dormir. “Era como si respirara arena, no hacía más que soñar en agua, en ríos y riachuelos, pero la aridez era absoluta, ni una sola brizna de hierba a la vista”, escribe. El calor azotó con tanta fuerza a la caravana que fue testigo de situaciones desesperadas: “¡Presos de una sed ardiente, algunos mataron a un camello para beber el agua de su estómago!”, relata. De nuevo su entusiasmo le salvó la vida. A su llegada a Rabat, sin embargo, sufrió un enorme desengaño cuando el cónsul francés, tomándole por un vagabundo, no se creyó su historia. Abatido y débil, caminó hasta Tánger, donde, por fin, tomó un barco hacia Francia. Recibido como un héroe, alcanzó la gloria y el reconocimiento público al serle concedida la orden de Caballero de la Legión de Honor. Pero la publicación de su diario de viaje fue un absoluto fracaso. A los lectores no les gustó la pobre descripción de Tombuctú. Preferían continuar creyendo el mito de ciudad de oro. Desencantado, murió en 1838 solitario y triste.
“A Tombuctú no se puede ir, hay que llegar, ganársela”, me dijo un tuareg en la mezquita de Sankoré, la más bonita de la ciudad. Y Caillié, convencido de que la posibilidad de realizar su sueño es lo que le hizo realmente humano, se ganó esa ciudad más que nadie.
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4 de enero de 2009
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