La Alhambra, el Edén sobre la tierra

27/05/2007

Texto: José Luis Serrano
Foto: Navia
  • La Alhambra, sobre Granada y con Sierra Nevada al fondo.

  • Mirador del Salón de Embajadores.

  • Jardines del Partal y palacio del Pórtico.

  • Patio de los Leones, el harén construido en el siglo XI.

  • Reflejos en el agua del patio de los Arrayanes.

  • Cúpula de la sala de los Abencerrajes.

Fotos
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“Sabrás mi ser si mi hermosura miras.” Acaso todo lo que haya que saber sobre la Alhambra esté dicho con este verso de Ibn Zamrak inscrito en sus paredes. Lo más importante es que el verso es pronunciado por la Alhambra. La Alhambra habla. Y lo primero que nos dice es que no busquemos su ser en su interior profundo, en su estructura o en sus materiales –no tan ricos como parecen–, ni en el mérito de su construcción. Dice que miremos su hermosura porque en su belleza está su esencia. La Alhambra es forma pura, belleza, geometría.


No pase quien no sepa geometría., rezaba el dintel de la Academia de Platón. No hace falta saber geometría para entrar en la Alhambra y sentir el bienestar de la proporción áurea. Pero además hace siglos que la Alhambra conmueve a cualquiera que sepa leerla de manera geométrica. La Alhambra cumple con rigor cada uno de los preceptos áureos: el segmento total es a la parte mayor como la parte mayor a la menor. La divina proporción: el hombre de Vitrubio: si nuestra altura es 1, la distancia desde nuestro ombligo a nuestra cabeza será 0,61803399.


Cuando la Alhambra fue construida, en el siglo gótico, la sección áurea estaba ya presente en el arte sacro de Egipto, en el Partenón, en el arco de Septimio Severo o en la Gran Muralla china. La torre de Comares mide 18 metros de altura por 11 de lado, es decir, justo 150 veces menos que la pirámide de Keops. Si en lugar del sistema métrico decimal usamos los misteriosos codos sacerdotales de los egipcios, la proporción será aún más justa. Eso sí, nunca exacta, siempre hay un error milimétrico cometido a propósito por los aljarifes para reservar a Dios la perfección.


Muchos otros espacios del mundo han respetado después la proporción áurea. Seguramente, los más bellos del planeta, pero ninguno produce la sensación que todo visitante experimenta en la Alhambra: que es más grande que su tamaño real. Algo más hay en la Alhambra: seguramente, algún conocimiento perdido, tal vez el quinto elemento de la epínomis de Platón, el misterioso éter, o la luz. El caso es que el juego de las perspectivas, los ejes de simetría radiales y la ubicación del lugar producen tal vez el mejor ejemplo de arquitectura para la vida.


Cualquier niño que visite la Alhambra no dudará en responder que sí le gustaría vivir allí. Es eso, un sitio para vivir. Tal vez su más grave problema de mantenimiento provenga de que, a diferencia de las catedrales góticas coetáneas, la Alhambra no está hecha para ser visitada, sino para ser vivida.


Tal vez sí para ser vista. Para ser vista desde abajo: como acrópolis. La Alhambra no es un monumento, es una ciudadela elevada. Esta es la princi pal tesis de Oleg Grabar, autor de uno de los libros que mejor se leen sobre la Alhambra. Más que con la arquitectura islámica o árabe, la Alhambra enlaza con una tradición de geometrías sagradas y de teologías políticas que pasan por los recuerdos imaginarios del templo de la reina de Saba, la acrópolis de Atenas y, sobre todo, el templo de Jerusalén. Si miramos la torre de Comares desde el estanque (ésta ha sido la vista elegida como anagrama por la fundación que organiza la votación mundial para elegir las nuevas siete maravillas del mundo) y miramos después la única reconstrucción imaginaria del templo de Salomón hecha por el arqueólogo Gressman, pensaremos que estamos viendo el mismo edificio.


El otro gran palacio de la Alhambra, el de los Leones, es más femenino y oculto. Es el harén. Pero también tiene una indiscutible connotación hebrea y milenaria. Sabemos que fue construido por José Nagrela, visir de Badis en la primera mitad del siglo XI: el palacio de los Leones recrea el Iram de las Columnas, una civilización perdida que estableció la geometría sagrada con laberintos de columnas que enlazan el cielo y la tierra, una civilización atlante que reaparece siglos después en el ómphalos del gran templo de Córdoba. La Mezquita y la Alhambra  -explica Antonio Enrique, el otro gran tratadista de la Alhambra- tienen por vértice a Híspalis, la ciudad tartésica construida corriente arriba del río Tetis y en torno al monolito que señalaba el centro del mundo, el betilo que después se llamó Giralda.


Así que van cayendo los tópicos: la Alhambra no es un monumento, sino una ciudad. La Alhambra no es piedra, sino tierra, emanación de la Tierra. La Alhambra no se puede visitar, sólo se puede ver o vivir. No es islámica, ni procede de Arabia, ni menos aún mora en el sentido de magrebí. Ha quedado el refrán que dice “eres más andaluz que la Alhambra”, pero su arquitectura tampoco es heredera de la califal. Es la manifestación arquitectónica única e irrepetible de la casa de Nasr. Su fundador, Alhamar el Rojo, fue aclamado como vencedor por el pueblo cuando volvía de ayudar a los cristianos en la toma de Sevilla. No me aclaméis –dijo él- porque sólo Dios es vencedor: “La Galib illy Allah”. Este es el lema que inunda las paredes de la Alhambra. Un lema derrotista: ni Dios gana. Una dinastía que nació para morir y que es hasta la fecha la que más ha durado de las hispanas. Doscientos cincuenta y dos años, todavía algunos más que la de los Borbones.

La Alhambra tiene elementos persas, egipcios, hebreos, grecorromanos y góticos. Sobre todo, góticos. Antonio Enrique sostiene que la Alhambra pertenece a un gótico invertido. Todo parte de dos cuadrados entrelazados -la estrella de ocho puntas, la estrella de Tartessos, la estrella de Salomón, la suhá, la estrella de la buena suerte- que están donde deben: en lo más alto, en la cúpula de Comares. Una línea recta caía desde el centro de la estrella hasta la cabeza del sultán. La altura de esta línea imaginaria es igual al radio del perímetro de los cuatro lados del salón. Es el séptimo cielo, la cuadratura del círculo, el ojo de Alá, la célula que se va a reproducir de manera clónica y hacia abajo, hacia la tierra.


Y desde lo más alto es desde donde hay que volver a verlo todo. Como las ochenta catedrales góticas que se construyen al mismo tiempo, a finales del siglo XIII, la Alhambra se posa sobre la tierra, no la oprime, no la derrota. Pero, a diferencia de las catedrales, donde se experimenta la asunción del cuerpo por el vértice, en la Alhambra se experimenta la ascensión por medios propios, el estiramiento del tiempo. Situados en el centro de la catedral miraremos hacia arriba, situados en lo alto del salón del trono miraremos hacia abajo. En la catedral gótica experimentamos la lejanía del paraíso. En la Alhambra experimentamos la extrema proximidad del Edén.

José Luis Serrano es profesor de la Universidad de Granada y autor de “Zawi” (Roca Editorial), novela histórica sobre la fundación de Granada.

Por encima de la carrera de las maravillas

La ciudad de Granada está movilizada para conseguir que la Alhambra entre en el catálogo de new7wonders. Andalucía y España, también. Bernard Weber, aventurero, cineasta y explorador suizo, tuvo la idea de organizar una especie de “Operación Triunfo” con los monumentos más destacados del planeta. Se trata de votar por teléfono.  Cada uno puede votar cuantas veces quiera. Es una suerte de democracia censitaria aplicada por primera vez al  arte. Se puede votar por teléfono o bien se puede comprar un certificado por dos dólares. El negocio va viento en popa: los australianos votan por la ópera de Sydney; los brasileños, por el Cristo de Río; los italianos, por el Coliseo, y los franceses, por la torre Eiff el. La pregunta es quién votará por Tombuctú, maravillosa ciudad que ha ido a caer en los límites de la actual república de Mali, uno de los países más pobres del mundo.

A pesar de este tufo a “Operación Triunfo” y a grandes almacenes de rebajas, mucha gente se ha tomado en serio la fanfarria. Se organizó un abrazo a la Alhambra (16 hectáreas) y hubo que hacer dos cordones porque sobraba gente dispuesta a darlo. Políticos y artistas, el mundo cultural y el cultureta, la misma Universidad de Granada con sus 500 años de tradición, las peñas deportivas, los ciclistas y las amas de casa. Todos provistos de su móvil y dispuestos a competir con la mismísima Estatua de la Libertad, favorita siempre en el imaginario hollywoodiense universal.

Las voces más críticas no niegan que la Alhambra sea una maravilla, sino que por el contrario sostienen que lo es  sin necesidad de que así lo reconozca fundación privada alguna o cualquier tipo votando en pantalón corto y con un móvil en la oreja. Sostienen una postura similar a la de los egipcios, que consideran intolerable la comparación de las pirámide de Guiza –única de las siete maravillas del mundo antiguo que pervive– con la estatua del Cristo Redentor de Río de Janeiro.

La industria turística es la primera industria de Andalucía y no se conforma con la nominación. Sueña con la  proclamación. Lo peor es que la Alhambra, a diferencia de Eurodisney, no fue hecha para ser visitada, sino para ser vivida. Ya es el monumento más visitado del mundo después de las pirámides, y se restringe a media hora la visita a los palacios reales. El impacto del turismo ya es serio y desde luego impredecible para unos arquitectos sabios que ¿sólo? quisieron construir un nexo entre el cielo y la tierra.

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