Extra viajes Maravillas del mundo
Oceanía. Todos los azules de las Marquesas
27/05/2007
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La bahía de Anaho, en Nuku Hiva
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La tumba del pintor Paul Gauguin
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Las crestas volcánicas de Fatu Hiva.
Las Marquesas son volcanes que surgieron del fondo del océano empujados por el magma terrestre. Las montañas, enigmáticas, colosales, parecen producto de la imaginación del diablo
Las agujas de lava, peladas y grises, de las islas Marquesas se alzan verticales, casi imposibles, sobre las montañas agrestes. ¿Cómo se aguantan? Las nubes luminosas como el nácar forman figuras fantasmales entre los picos negros. El cielo es azul puro, profundo, y el océano, oscuro como la tinta y transparente como una aguamarina. Son islas jóvenes, su litoral demasiado hondo para que crezcan los corales. Las olas baten poderosas los acantilados de lava torturada. El mar penetra en los valles más profundos formando calas y bahías. Es allí, detrás de las playas de arenas negras, donde se alzan las aldeas.
En medio del azul del Pacífico, entre el Ecuador terrestre y el trópico de Capricornio, son pocos los turistas que llegan a las Marquesas. Como siempre, las muchachas les sonríen con dulzura en sus rostros de facciones duras y morenas, y los hombres levantan la mano saludando:
-Kahoa.
Unas y otros se adornan sus cabellos con flores de tiare, frangipani o hibisco. Son iguales a como los pintó Paul Gauguin.
De la decena de islas, Nuku Hiva es la mayor y más poblada. Los conos volcánicos suben hasta más de mil metros, y las crestas de los antiguos volcanes surcan las alturas en un caos de cañones y agujas. Una maraña verde las cubre: cocoteros en el fondo lóbrego de los valles, helechos arborescentes en las empinadas vertientes, plantaciones de pinos y acacias en las mesetas. En el altiplano de Toovii trotan vacas y caballos, y en los valles encajonados entre paredes casi a pico retumba el estruendo de las cascadas, como la de Vaipao, un salto de agua de más de 350 metros de caída libre. Dos carreteras sin asfaltar atraviesan la isla y unen algunas de sus calas. Pero a muchas poblaciones sólo es posible llegar por mar.
Por mar me trajo el “Aranui”, uno de los barcos mixtos de carga y pasaje que unen las islas con Tahití. De bahía en bahía, los marinos descargaban con sus balleneras los alimentos y los bienes de consumo que el barco acarreaba y cargaban los sacos de copra -la pulpa de coco seco-, única producción isleña. Mientras, los pasajeros paseábamos por los pueblos o hacíamos excursiones por el interior. En Nuku Hiva, cabalgué desde Taiohae, el único puerto, hasta Taipivai. El aire era fresco allá arriba, en la meseta de Toouil, a 700 metros de altitud, y las pequeñas y blancas golondrinas de mar volaban como ángeles con su cara grande y redonda, ojos abiertos y mirada infantil. Alterné el paso con pequeñas galopadas y paré para coger frutas de los árboles: papayas, naranjas dulces y limones amargos, y guayabas que mi caballo comió con deleite. Al llegar al cambio de vertiente, un inmenso panorama se abrió a mi vista: detrás, el océano Pacífico inmensamente azul, y al otro, el valle de Taipivai, un cañón largo y profundo tapizado de cocoteros brillantes y de polvo de luz vespertino.
Abajo, las casas del poblado estaban diseminadas entre pándanos, guayabos, chirimoyos e hibiscos floridos. Mayores y niños se congregaban en el embarcadero, atentos a las idas y venidas de las balleneras del “Aranui” con la carga. Taipivai es conocido desde que el escritor norteamericano Herman Melville -el autor de “Moby Dick”- vivió unos meses prisionero de una tribu de caníbales en el año 1842, experiencia que explicó en su libro “Tahipi”. Nadie lo diría viendo la dulzura y la elegancia de sus descendientes, las sonrisas prendidas en los rostros morenos.
Las umbrías espesas y frías de las junglas esconden maraes, las ruinas de los antiguos templos de ídolos: muros y plataformas de piedras basálticas negras talladas con perfección, que el liquen y las algas recubren con un viscoso manto. Otro marae, el de Oipona, en el pueblo de Puamau de Hiva Oa, conserva los mayores tikis de piedra de la Polinesia después de los famosos moais de la isla de Pascua. El más grande se llama Takaii y alcanza los 2,35 metros de alto. Son tikis poderosos, y los isleños consideran que poseen un poderoso maná.
Hiva Oa guarda uno de los cementerios más célebres de los mares del Sur: el de Atuona. Bajo los árboles floridos y olorosos reposan el pintor de las islas y el cantante del amor: el francés Paul Gauguin y el belga Jacques Brel.
En Fatu Hiva, el "Aranui" fondeó frente a Omoa. Fatu Hiva es especial. Es la más meridional del archipiélago, la más verde y frondosa, la más escarpada y salvaje y, seguramente, también la más bella. Fue la isla escogida en 1936 por Thor Heyerdahl -el de la "Kon-tiki"- y su mujer, Liv, cuando con apenas 22 años decidieron huir de la civilización e intentar el retorno a la vida en la naturaleza, como unos Adán y Eva modernos. Fatu Hiva tenía que ser su edén. Un año más tarde tuvieron que volver a su Noruega natal, rendidos ante la evidencia: "El hombre moderno no tiene sitio adonde regresar", escribió. Y sin embargo, concluye, "nadie puede arrebatarme Fatu-Hiva". Tampoco nadie podrá arrebatar las Marquesas a quienes las hemos visitado.
Todo esto pensaba por el camino que atraviesa la isla hasta la otra única aldea: Hanavave. Encontré el “Aranui” anclado en la bahía de las Vírgenes. Cuentan que la Baie des Vierges se llamaba antaño Baie des Vergues, la bahía de las Vergas, y que los misioneros, escandalizados, le adecentaron el nombre. No pudieron mover los grandes espolones de roca que se alzan enhiestos sobre el poblado y la playa. Contemplada desde el barco, la tarde descendió con suavidad y ternura sobre la bahía, bañando el aire de luz dorada y tiñendo las palmeras y las aristas del cráter de oro primero, de rosa mortecino después. La luz se ahogaba en el agua. Venus y la luna aparecieron, pálidas. Pronto, un cortejo de estrellas las acompañó.
Por los mares del Sur
Por su lejanía y por sus dimensiones, Australia es un país que requiere tiempo para descubrirlo en su totalidad. Dividido en seis estados, el de Queensland, en la costa del Pacífico, reúne algunos de los principales atractivos. Entre otros, las más de mil islas que configuran la Gran Barrera de Coral. Rodeada de reservas naturales en las que habitan especies únicas como el ornitorrinco y el koala, se considera la maravilla natural más conocida de Australia. Queensland alberga también numerosas zonas de patrimonio mundial: el sitio de fósiles de mamíferos de Riversleigh, los antiguos bosques húmedos de Wet Tropics o la mayor isla de arena del mundo –Fraser Island–, con largas playas, bosques húmedos y grandes acantilados. Agencias especializadas (www.pasaporte3.com, www. orixa.com o www.tuaregviatges.es) organizan actividades como buceo con tubo o navegación a vela en la zona. Más al sur, ya en el estado de Nueva Gales del Sur, se encuentra Sydney, la ciudad más grande y antigua del país. El emblemático edificio de la Ópera es uno de los motivos por los que merece la pena visitarla. Estel Huguet
Más información: www.australia.com (español) y www.tourism.nsw.gov.au y www.qttc.com.au (inglés).








