Extra viajes Maravillas del mundo

Asia. La carretera que cruza la paz de las alturas

27/05/2007

Texto y fotos: Jaume Bartrolí
  • Un autobús de línea pakistaní en el Khunjerab Pass.

  • Un jinete kirguís cuida sus ovejas cerca del lago Karakul.

  • Miles de uigures, kirguises y uzbekos acuden al mercado.

Fotos
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La carretera del Karakorum es más que un nexo entre China y Pakistán: en un entorno de paisajes dispares, une nómadas hospitalarios y chinos que hablan persa

 

 

La leyenda acompaña la Karakorum Highway, la carretera del Karakorum, desde incluso antes de nacer. Por donde ella pasa, pasó uno de los ramales más difíciles de la ruta de la seda. Atraviesa la confluencia de las cuatro cordilleras más altas de la Tierra: el Himalaya, el Karakorum, el Hindu-Kush y el Pamir. China y Pakistán tardaron 20 años en construirla, al enorme precio de 892 vidas humanas. Hubo que desmontar montañas, esquivar glaciares, abrir túneles, tender decenas de puentes y superar miles de torrentes y rieras. Cuando por Þ n los 1.250 kilómetros de la Karakorum Highway (la KKH) se abrieron el 1986 al paso de extranjeros, se convirtió en una de las carreteras más elevadas del mundo. Y sin embargo es una obra inacabada: el tráfico sólo circula entre el 1 de mayo y el 15 de octubre; en invierno, la nieve obliga a cerrarla, y cada primavera, un ejército de trabajadores ha de reparar lo que el hielo, el frío y las riadas han destruido.

 

La KKH une Islamabad, capital de Pakist án, con Kashgar, la primera gran ciudad del Turkestán chino. Es un viaje para hacer con tiempo, disfrutando de la continua transformación del paisaje y de las escalas, descubriendo en cuerpo propio el significado de las distancias. Lo importante no es llegar. Lo importante es el camino.

 

Partida en Peshawar

 

Aunque su inicio está en Islamabad, muchos prefieren saltarse la desgarbada nueva capital pakistaní -comenzada a construir el 1961- para empezar la ruta en Peshawar, la indómita, la misteriosa. A tan sólo 100 kilómetros de la frontera de Afganistán y del legendario Khyber Pass, algo de salvaje se respira en el aire. Cruce de caminos entre la civilización india de la llanura y el mundo de los nómadas del Asia Central, bazar inmenso, mercado de alfombras, de armas y de drogas, una mezcla de razas y etnias, de atuendos, ropajes, turbantes y rostros, Peshawar es fascinante.

 

La KKH abandona muy pronto la roja y sofocante llanura del Punjab para ascender hacia el frescor de las vertientes himaláyicas. Entre prados, abetos y cedros, la carretera escala con curvas endemoniadas hasta Abbottabad, a 1.200 metros, vuelve a descender, se adentra en terrenos áridos y alcanza Thakot. Desde ese punto, la KKH remonta el curso del Indo durante unos 200 kilómetros por la estrecha garganta donde el río, encajonado entre paredes de roca que le aprietan demasiado, brama, ruge y salta en alocada carrera. La silueta nevada del Nanga Parbat, de 8.125 m, se descubre al fondo de algún valle.

 

El tráfico de camiones pakistaníes, pintados de alegres colores, es incesante. La carretera deja el Indo a un lado, pasa Gilgit y entra en el valle de Hunza, enclavado entre picos blancos que sobrepasan los 6.000 metros. Hunza, pequeño edén: los campos de trigo y mijo, flanqueados por altivos chopos, escalan las vertientes empinadas en un dédalo de terrazas que al sol brillan como el jade. Son pequeños oasis donde crecen huertos de frutales, almendros, higueras y nogales. El agua gorgotea en multitud de acequias, y las delgadas siluetas de los álamos temblando al viento se recortan contra la blancura de la nieve del Rakaposhi, que, con sus 7.788 m, es la primera gran cima de la cordillera del Karakorum.

 

Más allá el deshielo de los glaciares provoca avenidas de roca, fango y agua que cortan la carretera por horas y, a veces, por días. El paisaje se torna desértico, un roquedal de una desnudez sin contemplaciones. Las huellas de las avalanchas son cicatrices lacerantes. Las rocas de pizarra brillan con fulgor plateado. Y aun así, aparecen, no se sabe de dónde, pastores de largas barbas rojas con rebaños de cabras.

 

Y, por fin, el Khunjerab Pass, el puerto de 4.693 metros de altitud. Allí arriba todo es intenso: el azul del cielo, el aire frío y seco, la luz, la soledad humana y la emoción de los viajeros. Nada más iniciar el descenso por el lado chino del Karakorum, la carretera emprende una alocada cuesta abajo por un amplio y larguísimo valle glaciar cubierto de derrubios de pedruscos y cantos afilados.

 

Un valle balsámico

 

La primera población a la que se llega, Tashkurgán, es una sorpresa: aunque está en China, sus habitantes son tayikos, indoeuropeos que hablan un dialecto persa. Pero sobre todo Tashkurgán es un bálsamo para la vista y el alma. El pueblo domina un amplio valle tapizado por verdes prados y regado por multitud de riachuelos, donde pacen yaks, caballos y vacas, pasan lejanas las caravanas de camellos y las muchachas vestidas de vivos colores acuden a sacar agua de los pozos.

 

Más allá, la carretera asciende de nuevo los puertos del Pamir, por estepas desnudas batidas por el viento. En ocasiones, las dunas de arena invaden la calzada y cortan el paso. Al otro lado se abre otra amplia cubeta glaciar cubierta de pastizales, por donde cabalgan jinetes kirguises de ojos almendrados con sus rebaños. Los nómadas kirguises, que en invierno habitan los poblados de adobe y piedra en los flancos de las montañas, hospedan a los forasteros en yurtas -tiendas de fieltro- a orillas del lago Karakul, a 3.600 m de altitud. Sus negras aguas reflejan la nieve de las dos cimas vecinas, el Muz Tagh Ata y el Kongur, las más altas del Pamir chino. La luz es deslumbrante; el cielo, azul bruñido, y de noche, su negrura adquiere profundidades siderales.

 

Otro día más de viaje, de vertiginoso descenso enfilando cañones por los que rugen torrentes turbulentos de aguas del color de la malaquita, lleva hasta la llanura, calurosa, sedienta, y al verdor del oasis: allí está Kashgar, la meta. Habitada por musulmanes uigures de lengua turca, la chinización de los últimos veinte años le ha robado parte de su sabor ancestral, pero sus bazares son aún un retrato de los viejos bazares de otros siglos, y su mercado de los domingos continúa siendo uno de los más importantes de Asia Central. Y en ellos, mezclados con los comerciantes pakistaníes y chinos que cargados con equipajes imposibles hacen la ruta vendiendo y comprando en los bazares del camino, los viajeros podrán sentirse parte de la vieja, imperecedera, siempre renaciente ruta de la seda.

Entre Laos y Camboya

Camboya y Laos, los países más desconocidos del Sudeste Asiático, registrarán un importante crecimiento turístico este año según los especialistas. Estas previsiones refuerzan el interés por la zona a pesar de los desastres naturales que han afectado al continente en los últimos años.

 

El valioso legado arquitectónico de Angkor, en Camboya, y la variedad natural y étnica de Laos son los principales atractivos de estos lugares. Ningún país de Asia conserva tantas ruinas arqueológicas como Camboya. La ciudad de Siem Reap alberga los templos de Angkor, herencia del antiguo imperio jemer, declarados patrimonio de la humanidad por la Unesco. También la actual capital del país, Phnom Penh, fue considerada una de las ciudades más bellas de Oriente y, pese a su pasado turbulento, aún conserva numerosos tejados del periodo jemer (siglos IX a XV), que contrastan con los edificios coloniales. En la costa, la zona de Kompong So aparece como un núcleo turístico de playa en el golfo de Tailandia que atrae cada vez a más turistas.

 

Laos, en cambio, aparece como la esencia de la Indochina original, la de los bosques vírgenes y las tribus de montaña. Sin salida al mar, el territorio de Laos es una sucesión de selvas, pequeños pueblos y enclaves arqueológicos poco conocidos. Cerca de un 70 por ciento del país es montañoso, con cordilleras y planicies regadas por los monzones. El otro gran rasgo físico de Laos es el río Mekong, cuyos márgenes albergan la capital del país, Vientiane, famosa por sus canales y sus pagodas. Algunas agencias especializadas (www.ko-samui.com com, www.tuaregviatges.es o www.trekkingyaventura.com) organizan viajes combinados a ambos países. Estel Huguet

 

Más información en www.visit-laos.com y www.destinosasiaticos.com

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