Literatura. Paisajes en el alma

27/05/2007

Texto: Lina María Aguirre

Rincones extraordinarios del planeta han inspirado la literatura universal, y en estas páginas se ofrece una selección de lugares y textos que reconcilian a la humanidad con su íntimo deseo de asombrarse


Aunque “ningún hombre es una isla”, muchos encuentran allí el resquicio perfecto de libertad. Las islas caribeñas, con su exceso de luz y calor, han inspirado crónicas mezcladas de café, ron, ecos africanos y reggae. Las mediterráneas, acentuadas de olivos, tintos y buganvillas, se han apropiado de una tonalidad única de azul. Las del Pacífico -Fiyi, Samoa, Tonga, más allá de Tahití-, con sus rutas de coral y la lejana intimidad horaria y espiritual, son irresistibles para escritores que, como hizo Robert Louis Stevenson, deciden nunca regresar a tierra firme.


Algunos la recorren desde la prudente distancia binocular, otros se adentran con valentía, muchos la han corrompido brutalmente, unos cuantos la han adoptado como hogar, y quienes sobreviven para contarlo se refieren a la selva como el paisaje eternamente provocador. La literatura de viajes se renueva constantemente con crónicas desde Asia o América, pero sobre todo desde las selvas africanas en Kenia, Tanzania o Uganda, que evocan fauna, flora, rápidos, sonidos y un verde tupido irrepetible. Puro encanto salvaje, incluso si se lleva una falda victoriana de varias enaguas, como la que salvó a la inglesa Mary Kingsley de perecer sobre nueve afiladas lanzas en Congo.


Durante siglos, cientos de montañistas han regalado al mundo imágenes sobrecogedoras desde los famosos picos de Asia y África. También desde diversos puntos alpinos con crónicas que datan desde el 217 a.C. El suizo Mont Blanc capturó para siempre la esencia del explorador romántico europeo tipo John Ruskin. En Japón, el Fuji parece suspendido en el tiempo y en espacio, con una luz verde purpúrea que continúa iluminando relatos.


En este planeta azul agua, hay resquicios naturales que merecen más espacio, como los desiertos: para muchos, vastedad insolada de ambición, peligro, visiones de agua y caminantes extraviados para siempre.


Pero los aventureros atraídos precisamente por su naturaleza indómita saben que el desierto es el destino fundamental. Desde la tundra de Siberia hasta los yermos de Australia central, arenas diversas salpican páginas de libros excepcionales. El Uadi Rum, al sur de Ammán, es síntesis de historias famosas de errantes, con rastros israelitas, griegos, árabes. Su paisaje no se asemeja al tradicional de dunas y camellos, es una extensión arenosa y pedregosa interrumpida por formaciones, “jebels”, que desafían el cielo. Lawrence de Arabia describió su primera visión allí en silencio: “Nuestra pequeña caravana se hizo consciente... temerosa y avergonzada de exhibir su pequeñez en presencia de estas colinas estupendas”.


Las dunas inhabitables del Empty Quarter, entre Arabia Saudí, Yemen y Omán, son temidas por sus extremas temperaturas y escasez de víveres, ferocidad de paisaje comparable a la de las tribus que se atreven a cruzarlas o a la del intrépido William Thesiger, quien las recorrió y escribió extensivamente el siglo pasado. El exótico Charles Doughty anduvo un año y medio el camino de Damasco a La Meca en 1800, y su “Pasajes desde Arabia desierta” es la obra maestra que ha inspirado a cientos de exploradores, como la legendaria Gertrude Bell, cuya pasión por el desierto fue la única que mantuvo hasta su muerte en Bagdad.


Al norte de África, el Sahara con tormentas de arena que alcanzan 1.600 metros de altura. Sus dunas, caminos de piedra, rocas, montañas volcánicas, oasis ocasionales e inesperadas caídas de agua conforman un paisaje al cual muchos cronistas han plegado su vida, como el autor Paul Bowles. El Gobi, nombre corto y larga leyenda que adjudica a un jefe mongol la formación del desierto como árido legado a sus perseguidores chinos. Desde Marco Polo, éste es un cruce ineludible para quienes se toman Asia en serio. Historia, mitos, caballos salvajes, leopardos de nieve, exóticos lobos y osos habitan este espectacular terreno que además es cementerio de dinosaurios.


El agua tranquila o en cascadas también seduce a navegantes y escritores. Las Dulces de Asia, a mitad del trayecto del Bósforo, hechizaron la imaginación de visitantes europeos del XIX con su belleza y follaje, marco de reposos sobre alfombras turcas y olor a pipas de agua. El chino Yangtsé es fuente milenaria de sonetos, varios del célebre viajero y poeta del siglo VIII Li Bai. El Nilo, que conduce a toda la grandeza de Egipto, tiene un ilustre curso literario desde la antigüedad. Su nacimiento alumbrado por las montañas de la Luna retó a los exploradores James Bruce en 1768 y Richard Burton en 1858. Ambos se creyeron dueños de primicias, pero fueron los jesuitas Pedro Páez y Jerónimo Lobo los primeros europeos que avistaron en 1613 las fuentes originales.


América es continente de corrientes poderosas: Amazonas, auténtico río mar. Orinoco, adonde fue a parar sir Walter Raleigh después de caer en desgracia con Isabel I a finales del XVI, y buscando El Dorado encontró numerosos lagartos. Humboldt, en 1800, lo reubicó en el mapa geográfico y literario occidental, con voluptuosidad e inacabable población de zancudos. Las rítmicas aguas del Mississippi, en Estados Unidos, han bañado los relatos de forajidos, esclavos, liberados, colonizadores y por supuesto del genial Mark Twain. Las aguas ámbar del europeo Danubio fluyen orgullosas en una respetable serie de poesía y novelas, mientras la serenidad del Rin conserva el encanto descrito por lord Byron: “salvaje pero no rudo... / Es para la tierra suave lo que el otoño es para el año”.


Para quienes anhelan sucumbir a un paisaje distinto, siempre quedarán los extremos del mundo: los dos polos conquistados por Amundsen. Las crónicas desde el Ártico a la manera de Elisha Kent, que sobrevivió casi sin víveres a una expedición de 83 días, en 1855. Y hacia el sur, la Antártica de Shackleton y del malogrado Scott. Como preámbulo: Patagonia, destino redescubierto de los nómadas contemporáneos: llanura inmensa y arremetida de glaciares antiquísimos que deja, en palabras del explorador Hudson, “la mente abierta y libre para recibir una impresión de la naturaleza como un todo”.

Cuatro destinos sobrecogedores y un mito

HIMALAYA Y EVEREST


“Himalaya”, Michael Palin / “Mi camino al Everest”, Edmund Hillary

Desde que George Everest registró la localización del pico más alto de la cadena Himalaya en 1841, ésta ha sido la conquista por excelencia de montañistas que se suceden imponiendo marcas: por edades, nacionalidades, oxígeno, compañía... El techo de nieve del mundo atraviesa seis países a lo largo de 2.500 km y se eleva 8.844 metros, desafiando con su imponencia, variedad étnica y riqueza silvestre. Himalaya continúa siendo la barrera natural más impresionante del planeta. El más reciente testimonio es el de Michael Palin (ex Monty Python, votado el compañero de viaje más deseado en Inglaterra) quien recorrió en el 2003 la extensión completa desde los valles escondidos del Hindukush hasta el sur de China. La crónica de Palin parte de lo básico: admirar la belleza espectacular de estas montañas “que parecen una ceja levantada encima de India”, y prosigue un serpenteante camino que aúna naturaleza y política actual en Asia. “A veces la travesía fue un infierno. ¡Pero un hermoso infierno!” clama el diario de Palin. “Le pedí a Tenzing que me amarrase fuertemente –cuenta Hillary en su libro–, y empecé a cortar una línea cuidadosa de pasos hacia la cresta. Mirando de lado a lado y empujando el hielo con mi hacha, intenté descubrir una posible cornisa, pero todo parecía sólido y firme. Hice señales a Tenzing para que me alcanzara. Unos pocos golpes y pasos más y estaríamos en la cumbre del Everest.” Fue el 29 mayo de 1953 a las 11.30. Desde su exaltado punto de vista, Hillary habla de confianza que se evapora, cálculos aritméticos, contrastes entre las áridas mesetas tibetanas y una maraña de picos, glaciares y valles. Recuerda a predecesores fallecidos y confiesa ímpetus orgullosos. Su libro, con las fotografías en blanco y negro, lenguaje accesible y cálido tono, es un formidable recuento de una meta tremendamente difícil y satisfactoria.


SAMARKANDA

“El corazón perdido de Asia”, Colin Thubron Se cree que hace unos 40.000 años, las riquezas naturales atrajeron a habitantes paleolíticos a la región en la que se levantó Samarkanda, ciudad de caravanas y adjetivos: Espejo del Mundo, Jardín del Alma, Joya del Islam, Perla de Oriente. La también Ciudad de las Sombras ha visto pasar a Alejandro Magno alabando su majestuosidad, pero imponiendo su dominio, al igual que Gengis Kan y Tamerlán.

Pero son otros tesoros los que seducen a escritores viajeros que peregrinan hacia esta fuente no sólo de “obi ramat” (agua misericordiosa) sino también de cruce cultural este-oeste, con influencias iraníes, indias y mongolas. Uno de ellos, Colin Thubron, en solitario trasegar por Asia, encontró en Samarkanda una ciudad cuya sola mención robaba el corazón. “Era la fantasía de Goethe y Haendel, Marlowe y Keats..., pero su realidad apenas habita límites geográficos”.

Su plaza Registán, mosaicos, alminares y madrazas ya no son célebres, pero se mantiene como reino estepario de leyenda y referencia en la ruta de la seda. Aún hoy, Thubron la declara indescifrable.


MONTE KILIMANJARO

“Las nieves del Kilimanjaro”, Ernest Hemingway Desde 1848, cuando Johannes Rebmann se convirtió en el primer europeo en acercarse al Kilimanjaro, la deslumbrante “plata” que le distingue del resto de montañas africanas ha posado desafiante ante Occidente. Pero no sólo los atletas reverencian al Kilimanjaro. Ernest Hemingway, falible, atormentado por sus inseguridades, por su idea de que “mujeres, política, bebida, dinero y ambición dañan a los escritores estadounidenses”, convirtió un safari en África en un momento excepcional de su vida y carrera. Inspirado en sí mismo, da vida a Harry y le atraviesa una espina que degenera en gangrena mortal. El escritor imaginado ve su vida pasarle delante mientras las nieves del Kilimanjaro presiden el escenario de su vida inevitablemente rasguñada.

Hoy, la sombra del acabose acecha estas alturas: la nieve que data desde la era glacial se ha derretido en un 80 por ciento. Este es el momento de reconsiderar, como Harry, todo lo que hay bajo la piel. En este caso, lava: debajo de su añejo y escurridizo hielo, el Kilimanjaro es puro volcán.


CATARATAS VICTORIA

“Viajes del doctor Livingstone al África Austral”, David Livingstone

Técnicamente, son una enorme grieta en la roca del banco derecho al izquierdo del río Zambeze, prolongada por varios kilómetros de colinas, pero para David Livingstone, el primer europeo que las vio, fue la visión más majestuosa en África. Una enorme nube blanca que se condensaba en un color oscuro parecido al humo, adornada con dos arco iris.

Altísimas, rodeadas de esplendorosa variedad vegetal, el sonido y la imagen de estas cataratas retumba en la imaginación aventurera y literaria de Occidente desde que se conocieron las crónicas expedicionarias de Livingstone en 1857. Los restos de Livingstone reposan en la abadía de Westminster, pero su corazón quedó enterrado en Chitambo (hoy Zambia), un símbolo de comunión en la polémica relación África- Europa. Ofi cialmente, las cataratas llevan el nombre de la reina británica, pero, en honor a su portento, algunas personas preferirán la denominación nativa: humo que truena.


SHANGRI-LA

“Horizonte perdido”, James Hilton

Eterno sueño del paraíso terrenal. Motivo de expediciones durante siglos, una de las más conocidas es la emprendida por Antonio Andrade, jesuita del siglo XVI que se aventuró hacia el Tíbet después de leer el extraordinario relato de la reunión convocada por el emperador Akbar en India para remover cualquier causa de conflicto religioso y asegurar el bien de la humanidad. Andrade llegó hasta el reino que los budistas llaman Shambala: precedido por “un anillo de picos como los pétalos del loto, con una montaña de cristal sobre un lago sagrado y un palacio adornado con lapislázuli, coral, gemas y perlas”.

Tal suprema armonía de paisaje y paz ha inspirado también expediciones literarias: el Génesis, las épicas sumerias o las místicas Islas Benditas de los celtas. En 1933, James Hilton recreó el paraíso para un mundo con olor a guerra. Un monasterio de lamas adonde llegan los supervivientes de un accidente aéreo que encuentran allí una lección de vida y espiritualidad ad portas de otra guerra.

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4 de enero de 2009
4 de enero de 2009
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