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África. Llanuras intactas en Zakouma
27/05/2007
Llegar a Zakouma, en Chad, no es fácil. Tampoco es un paraíso, la palabra que menos cuadra a la salvaje verdad del último ecosistema sahelo-sudanés del África Central que se conserva intacto. Es naturaleza africana en estado puro
El parque nacional de Zakouma se encuentra al sur de la república de Chad. Es un inmenso territorio absolutamente salvaje dentro de la franja más meridional del Sahel, cuyas inmensas llanuras señoreadas por las acacias son inundadas durante la estación de lluvias por varios ríos encabezados por el Salamat, que sirve de refugio y reclamo a toda la fauna de millones de hect áreas a la redonda.
Zakouma vive acosado por los furtivos del marfil que se enfrentan a sus guardias a caballo, kalashnikov en mano, alrededor de los elefantes abatidos; cruzado en ocasiones por las guerrillas rebeldes, y donde suenan los ecos del no muy lejano Darfur; ajeno al turismo cómodo y masivo. Es lo más cerca que el viajero puede estar de sentir en su propia piel el juego de la supervivencia, de la vida, de la muerte, del agua y la sed, de la lluvia y el polvo. Allí habitan 3.500 paquidermos, 8.000 búfalos, 120 leones, leopardos, guepardos, cocodrilos, jirafas, antílopes, monos, servales, gálagos, centenares de especies de mamíferos y centenares de miles de aves en las últimas charcas del Salamat durante la estación seca, que se convierten en millones si se le añaden los 40 de queleas, el “pájaro langosta”, el “comemijo”, la plaga alada de los cultivos africanos.
La peripecia personal del viajero que tuvo el privilegio de llegarse hasta allí y ahora de contarlo viene dada por la fortísima vinculación del parque con España. Zakouma es posible por la excepcional labor de su director, el español Luis Arranz, acompañado por la segoviana Nuria Ortega, que encabezan el proyecto sostenido con fondos de la Unión Europea. Ellos son los autores del milagro, al que se ha sumado la Fundación FIDA de la Comunidad de Madrid, que organizó nuestra expedición, de la que formaban parte el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga, el cineasta Javier Trueba, el cámara Daniel Vilar, el dibujante y pintor Fernando Fueyo, el fundador de la revista “Quercus”, Benigno Varillas, y el periodista y alpinista Alfredo Merino.
Las estrellas del parque son las grandes manadas de elefantes y de búfalos. También lo son los leones, que se han especializado en la caza de crías de elefantes. Aprovechan sobre todo que los furtivos, al matar a las madres, dejan huérfanos y desvalidos a bastantes, que son presa fácil. Pero también han aprendido a provocar las estampidas de los gigantes y aislar a los pequeños.
Durante la estación de lluvias, que comienza en junio, todo se anega, los cursos de agua fluyen, regresan los hipopótamos, y muchas extensiones se convierten en marismas. Los elefantes se marchan, momento en que los nómadas árabes que rodean el parque suelen efectuar sus mayores matanzas. Los más osados furtivos penetran en el parque y se enfrentan a tiros por los colmillos de los paquidermos. El comercio de marfil ha sido abierto por tres países, y la demanda ha crecido. Un par de colmillos suponen a un furtivo 100 euros, un precio por el que en Chad se mata y se muere.
Dentro del parque, aparte el campamento turístico y el poblado en el que residen las familias de los 84 guardias de la “caballería montada de Zakouma”, no existen aldeas nativas, con la excepción de Bonne, donde, al pie de su montaña sagrada, Tari, vive el pueblo goula. La montaña fue su seguro refugio cuando los árabes de la costa índica llegaban a la caza de esclavos. Tanta es su fuerza que el anterior presidente, animista como los goulas, permitió a sus habitantes permanecer en el parque. Aparte de alguna pequeña ampliación de sus tierras, no causan ningún problema. Tampoco lo hacen apenas los pescadores que visitan el lago Gara, al borde mismo del límite protegido, al que llegan desde muchos kilómetros a la redonda, aunque a veces se metan hasta el Salamat en pequeños grupos.
Otra cosa son los nómadas. Sus “ferric”, o campamentos de la estación seca, en los aledaños del Gara, son fuente de conflictos. Suelen estallar luchas mortales con las poblaciones estables que ellos atraviesan con sus camellos, vacas, cebús y cabras. Caballeros con lanza en el arzón, en medio del viento harmatán, cubiertos con sus turbantes azules, son una magnífica estampa de libertad, pero también de peligro. De ellos proviene la mayoría de las bandas furtivas que penetran en el parque o que esperan la dispersión de las manadas de elefantes. También matan jirafas, pues su cola es muy apreciada como adorno por los potentados africanos.
Cataratas y desierto
Cada vez hay más gente que destina la mayor parte de sus vacaciones a visitar y conocer un país lejano. En el continente africano, Botswana y Zambia han empezado a despertar la curiosidad de muchos viajeros. Los contrastes naturales y la posibilidad de observar la fauna africana desde primera línea son los principales atractivos de estos países, considerados turísticamente remotos e inaccesibles hasta hace poco. En Botswana, las arenas del desierto del Kalahari y la exuberancia del delta del Okavango son representativas de la riqueza natural de la zona, y el parque nacional de Chobe acoge el mayor número de elefantes de todo el África Austral. Por su parte, Zambia alberga, en el sur del país, las cataratas Victoria, la mayor cortina de agua del mundo, declaradas patrimonio de la humanidad por la Unesco.
Algunas agencias especializadas (www. kananga.com y www.planetaazul.net, entre otras) organizan safaris y travesías por la zona en 4X4, barca o avioneta, y ofrecen la posibilidad de practicar rafting en el río Zambeze o sobrevolar las cataratas en ultraligero. Más información sobre estos países: www. botswanatourism.org, www.zambia-tourism.com, www.hatab.bw y www.newafricanfrontiers.com (en inglés). Estel Huguet






