Extra viajes Maravillas del mundo
Antártida. El viejo sueño del fin del mundo
27/05/2007
-
Miles de pingüinos rey en plena fase de anidamiento.
-
Desembarco del pasaje del “Nordnorge” en Fortuna Bay.
-
Icebergs cerca de la costa de la Antártida.
Es el territorio más austral y virgen del mundo, donde el eco de los heroicos Amundsen, Scott o Shackleton todavía resuena con fuerza. De hecho, todo el que se aventura en la Antártida busca su particular conquista del continente blanco. Una gesta que el pasado verano austral movió a casi 35.000 turistas. Una imparable progresión de la única actividad de explotación que a día de hoy se permite en la Antártida.
“Llevo toda la vida soñando con esto”, suspira John mientras tras los cristales del “Nordnorge” aparecen los primeros icebergs tabulares que anuncian la proximidad del continente. Tiene setenta y algunos años, es de Massachussets y lleva miles de kilómetros a cuestas como viajero a destinos convencionales. Pero culminar su sueño lo ha pillado con la salud en contra, y no podrá pisar la tierra que tanto anhela. Verá la Antártida a través de la ventana de su pequeño camarote o desde la cubierta del “Nordnorge” como turista de lujo de esta compañía noruega que forma parte del medio centenar de cruceros turístico-ecológicos que recorren esta parte del mundo. Algo impensable años atrás, cuando las formas más básicas de llegar hasta la Antártida eran embarcarse en un proyecto científico de cualquiera de los 26 países con bases en el continente blanco o emular a los temerarios expedicionarios de la edad heroica en su conquista del polo Sur.
Mientras en la reunión del tratado Antártico delegados de 45 países, grupos ecologistas y operadores turísticos debatían hace escasos días en Nueva Delhi el impacto de la actividad humana en la Antártida, el continente blanco cerraba uno de los veranos australes más concurridos de su historia. Casi 35.000 visitantes viajaron entre noviembre y principios de marzo de este año, frente a los pocos más de 13.500 que se registraron en la temporada 2002-2003, mayoritariamente procedentes de Estados Unidos, Alemania y el Reino Unido.
El turismo, guste o no guste, es un hecho en la Antártida y cada año va a más. Los únicos filtros que tiene este destino son el económico -los precios pueden superar fácilmente los 8.000 euros- y el mar. El temible y temido pasaje Drake, cuyo oleaje -hay quien asegura haberlo cruzado con olas de más de 15 metros- puede llegar a tumbar hasta al más aguerrido navegante. Un síntoma de que las cosas pueden ponerse feas es cuando en todos los rincones del barco en el que se navega aparecen bolsas de papel para frenar el primer síntoma de mareo. Y si sucede, ni el capitán está libre de caer.
Aulas flotantes
Lo curioso de viajar a la Antártida es la forma de proceder. Los barcos se transforman en aulas flotantes donde las gestas de expedicionarios como Amundsen, Scott y Shackleton se convierten en principales protagonistas. Hay mucho tiempo, pocas cosas que hacer y mucho que aprender. Por ello, en todas las tripulaciones que surcan estos mares figuran historiadores, ornitólogos, geólogos o biólogos. Incluso la firma National Geographic tiene barco propio en estas aguas donde ofrece conocimiento, aventura y la comparecencia de alguna de sus prestigiosas firmas al precio de 15.000 euros. De hecho, este es el único lugar del mundo donde entender las gestas realizadas durante la llamada edad heroica. Porque el paisaje continúa siendo tan salvaje y árido como a principios del siglo XIX. La naturaleza manda y aquí da la sensación de ejercer su autoridad más que en cualquier parte del mundo. Los vientos, sobre todo, que pueden cambiar de dirección en minutos y superar los 100 kilómetros por hora, pueden abortar cualquier desembarco.
Porque la Antártida se ve por horas. Cualquier barco adherido voluntariamente a la Organización Internacional de Opera dores Turísticos de la Antártida (Iaato) tiene unas normas que debe seguir si quiere vender sello de calidad y respeto ecológico entre sus turistas. La primera de todas es no transportar a más de 300 pasajeros. Antes de comenzar la temporada, las compañías se ponen de acuerdo sobre los lugares y los horarios de desembarco para evitar masificaciones.
Elefantes marinos a 15 metros
La isla de la Media Luna, puerto Neko, isla Decepción, Livingston, Fortuna Bay, puerto Yanki... Son algunos de los destinos más codiciados y vendidos de la península Antártica. Pero, pese a ser tierra de nadie -aunque ha habido múltiples reclamaciones históricas por parte de numerosos países que ejercían su derecho de descubrimiento-, existen normas estrictas, como evitar que más de 100 personas estén en tierra al mismo tiempo y en el mismo lugar (lo que limita a un par de horas cada desembarco) o no acercarse a más de 15 metros de los elefantes marinos o focas, cinco si se trata de cualquiera de las seis especies de pingüinos que habitan en este inhóspito pero espectacular lugar.
La fauna de la Antártida es su principal reclamo, junto a las imponentes masas de hielo flotantes y montañas escarpadas. En las playas y los acantilados anidan los pingüinos. Se cuentan por centenares, creando una impactante imagen. Son animales curiosos que no se asustan fácilmente ante la presencia humana. Es más, si se les da la oportunidad, se acercan lo suficiente para picotear zapatos y pantalones. Pero pierden rápidamente el interés cuando comprueban que no son comestibles.
“No parece que las colonias de pingüinos tengan problemas con el turismo. Tampoco las focas, una especie que se está recuperando. Tendremos que esperar a ver los resultados de los estudios que se están realizando para poder hablar con propiedad del impacto del turismo en la Antártida. Pero para eso habrá que esperar diez o doce años”, cuenta Arnau Ferrer, guía y uno de los especialistas con los que cuenta el “Nordnorge”.
Venta de sueños
Más que el impacto medioambiental que pueda provocar el turismo en el continente blanco, lo que de verdad preocupa en estos momentos es la aparición de grandes cruceros en la oferta actual del turismo antártico que operan por libre.
Siempre ha habido excéntricos a los que determinadas empresas venden el sueño de la conquista transportándolos en avión hasta un punto del polo Sur para realizar a pie los últimos 100 kilómetros de la hazaña. Pero de ahí a transportar un millar de pasajeros va un abismo. Por ejemplo, el buque “Marco Polo” lleva 826 pasajeros y 350 tripulantes. Cada pasaje cuesta entre 4.000 y 6.000 euros, aunque no bajan del barco. Este contingente tan importante de turistas dificulta en exceso el viaje por estos mares helados y supone un riesgo muy importante, en opinión de expertos como Stefan Kredel, el geólogo del “Nordnodge”. Pero los sueños no tienen límites, y cada uno intenta cumplirlos a su manera.
Atracción por el hielo
El crecimiento del turismo internacional y las facilidades para desplazarse han modificado en los últimos años los hábitos vacacionales. Según los expertos en turismo, actualmente existe una preferencia por los viajes especializados. Entre los principales destinos de este tipo de viajes, la atracción por el norte y por explorar lo inexplorado ha disparado la curiosidad hacia lugares como Groenlandia, Alaska o Islandia.
En esta línea, se organizan travesías en trineo tirado por perros hasta Siorapaluk, el poblado esquimal que se encuentra más al norte del mundo (www.mundoartico.com). Aunque se haya popularizado como opción turística, en Groenlandia los trineos son todavía el medio de transporte más eficaz durante el invierno, junto con el kayak. También se realizan expediciones para observar auroras boreales, y trekkings o kayaks por Alaska, que permiten contemplar la variada fauna que habita los bosques y los glaciares del país (www.tierraspolares.es). Navegar por el río Kobuk, en la cordillera de Brooks, o por el río Yukón, uno de los más largos de Norteamérica, permite conectar con la remota Alaska del Noroeste entre montañas y glaciares.
Islandia es otro de los destinos por descubrir. La llamada “tierra del hielo” (is-land en islandés) es un espectáculo natural de agua, fuego, desiertos de lava y glaciares que alberga más de 30 volcanes activos y 800 manantiales de aguas calientes. Agencias especializadas organizan desde travesías que muestran el contraste natural de la isla (www.island-tours.es) hasta cursos de pesca de salmón (www.salmon2000.com). Otra opción de viaje para explorar el gran norte consiste en recorrer las extremas islas Svalbard, también llamadas Spitzberg, a bordo de un buque ártico y conocer directamente el reino de los osos polares (www.nordikum.com). Estel Huguet






