Desde Zanzíbar
Piedras, especias y playas
29/07/2007
Cuando parece que, por fin, alguien en la Ciudad de Piedra, la capital de colorines de Zanzíbar, conoce el singular sitio donde nació Bulsara, más conocido por esta banda de planeta como Freddy Mercury, el "guía" se queda tan pancho. Responde de repente un infame "¿qué pasa Nennng?," en perfecto español, lo que deja a su interlocutor patidifuso, pero no mueve ni el dedo.
Y es que el "hakuna matata" de Zanzíbar, el pequeño achipiélago que flota frente a la costa de Tanzania, no es una respuesta, es la fórmula química del vivir allí. Es la forma de estar en su aeropuerto, en el que se factura al aire libre haga lluvia o sol de fuego, o la manera de pasear entre el rebumbio de sus calles, algunas no más anchas que la eslora del brazo, y de cuyos zaguanes sale para una venta o para posar en una foto toda la gama racial del Índico, incluidos los masai de Kenia y Tanzania con ese "look" único y tuneado que incluye hasta antenas telescópicas que brotan de la punta de sus chanclas. El tempo allí es hasta la forma de hacer las guerras, que por algo tiene el récord de la contienda más corta de la historia: los ingleses la declararon en 1883…, y en 45 minutos Zanzíbar, de nuevo "hakuna matata", la dio por finiquitada.
El explorador y misionero David Livingstone, que también estuvo por allí, supongo, echaba pestes de la Stone Town, impactado por el mercadeo de carne humana del que hoy quedan las muy siniestras catacumbas donde eran ‘alma cenados’ los esclavos a la espera de destino. Pero ya no es el caso. La Ciudad de Piedra es, de África, esa ilustración de enciclopedia antigua que resume la mejor estética de cada casa, los repujados de sus fascinantes puertas de sésamo, bronce y marfil de la época omaní; las torres del palacio del sultán Barghash; el mercado de su pequeño puerto escorado, como la ciudad toda, al oriente de la isla y acotado por árboles de imposible factura, y flores, cómo no, otra vez las flores de todos los colores.
Deambular por el antiguo nudo comercial del esclavismo, hoy declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco, sólo requiere echarse a andar, suplicar que no se emboten los sentidos. Y un sombrero. Detrás de cada esquina, aún en su espacio urbano, da igual si en la trasera de aquel taller de chapa y pintura improvisado sobre la acera o en el astillero al aire libre, brota una planta con hojas que lavan las manos sin agua, o un arbusto que, machacada su rama, le cambia el olor a la mochila, y así sucesivamente, como si la isla fuera un bufet-botica en el que aparecen antes los remedios que las propias patologías. Un vademecum que tiene en su mercado central el apogeo de la verbena, con el cardamomo, la pimienta, el azafrán a kilos, la canela en rama o el cilantro formando arco iris sobre las gavetas de los puestos.
Por algo que la llaman la isla de las especias, una especia de isla que, más allá de sus lindes urbanos explota en un festival cromático en el que se ha puesto de acuerdo la naturaleza con el hombre para jugar a las postales.
Así, si resulta que va a atardecer, delante del sol naranja chillón aparecerá indefectiblemente un dhow a vela, la barca tradicional de esta parte del Índico, recogiendo redes. Clic. Y si hay paseo por los cocoteros, arriba anda un chiquillo con el machete en la copa. Clic. Y así sucesivamente, clic, clic, hasta que la tarjeta de memoria termina, también, echando fuego.
La selección
COMER: Zanzíbar Coffee House, en el centro de la Ciudad de Piedra. Con atardeceres únicos desde su terraza.
VER: Plantaciones de especias como Salomés Garden; perderse por las playas, entre las más bellas del mundo, o nadar con delfines en Kizimbazi.






