Como en tiempos de la reina Victoria

05/08/2007

Texto y fotos de Albert Cañagueral
  • Uno de los tres “piers” de Blackpool, que recibe diez millones de visitantes al año.

  • Calle de Southend-on-Sea, que lleva al embarcadero de paseo más largo del mundo.

  • Las coloridas casetas de Southwold son uno de los símbolos tradicionales de la costa inglesa.

  • Playa de cantos rodados debajo del “pier” de Brighton.

  • La señora Melita, en su caseta homónima en Southwold.

Fotos
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Acompaña a los ingleses la fama de que gustan de apiñarse junto al mar aislante con pinta de capitán de barco. Entre los claroscuros de la historia navegante de los británicos siempre hubo un sitio en tierra firme para otear el horizonte, despejarlo de niebla meona y ver lo que estaba por venir. A la vista está: en tiempos de la primera y única reina Victoria (1819-1901) del Reino Unido, proliferó la construcción de una suerte de paseos avanzados en el mar, que se apoyaban en pilotes, acaso para descubrir mejor los horizontes lejanos a los ojos de la gente bien, recién adicta a las aguas yodadas. Del baño elitista se pasó al baño de masas. Los embarcaderos, los "pier", como así llaman a estas perlas victorianas, son el pilar de la diversión náutica preferida de los ingleses.

"Los paquetes de vacaciones baratas al extranjero se cargaron nuestro turismo playero, que ya inventamos en el siglo XVII, pero todo cambia", observa Neil Webster desde sus 50 años de lobo marino londinense. Este veterano trotamundos de los mares del sur, que de joven se ejercitó a caballo de Brighton y Southend-on-Sea, nunca para de orillar sus "piers" favoritos en cualquier estación. Hace historia: "Al principio, a falta de buenas carreteras, se impuso el viaje en barco a los lugares de veraneo en la costa, aunque sólo eran accesibles con la marea alta. En 1814, para facilitar el desembarco y embarque de pasajeros, se construyó el Ryde Pier en la isla de Wight, el primer ‘pier’ de su clase, que aún se conserva y tiene 703 metros de largo".

De Londres a Brighton, una hora en tren. "¡Vaya desastre!", se queja alguna gente poco avisada o demasiado finolis al pisar aquella tierra de multitud multiétnica en su salsa costera del canal de la Mancha. "Esto es London-by-the-Sea", acierta a decir un nativo llamado Brown. Y pone el dedo en la llaga: "La culpa la tuvo un matasanos de Lewes que a mediados del siglo XVIII empezó a recetar baños y aires de mar en Brighton a sus pacientes. Luego llegó el ferrocarril en 1841. Y aquí estamos, sufriendo la invasión de los bárbaros del norte, sobre todo los fines de semana". A decir verdad, los más de 400 pubs y demás establecimientos de la industria del ocio parecen dar vida a una ciudad que ya cuenta con casi 250.000 almas.

A primera vista playera, Brighton luce dos "piers" o paseos marítimos sobre malecones la mar de originales. El West Pier, que cerró en 1975 a causa de una sonada tempestad y sufrió un incendio en el 2003, fue obra del ingeniero Eugenius Birch en 1866. Menuda innovación: cambió los pilotes de madera por los de hierro y en vez de hincarlos a martillazos en el lecho marino, los sujetó con tornillos. Así llegó a construir 14 "piers" en Inglaterra, de los que ocho todavía se mantienen en pie. El esqueleto del West apenas asombra a unos presuntos bañistas que prefieren tumbarse en sillas de tijera o caer de plano sobre los cantos rodados de la playa. El Palace Pier, abierto en 1899, ofrece una incesante y ruidosa feria de las diversiones tanto en los pabellones como al aire libre. A lo largo de sus 536 metros, hay máquinas tragaperras, artefactos voladores, montañas rusas, trenes del horror, juegos de vídeo, tiovivo, karaokes, raciones grasientas de pescado frito con patatas fritas, donuts azucarados a la americana y otras atracciones indescriptibles.

Así las cosas, Brighton Rock suena a heavy metal. Allá por 1964 pudo confundirse con una batalla entre jóvenes moteros de las tribus rockers y mods que se rompían la cabeza a la sombra de los "piers". En realidad, no deja de ser un típico dulce de jarabe endurecido con sabor a menta: el escritor inglés Graham Greene supo elevarlo a la cumbre de la novela negra en 1938 y el cine negro en 1947. Al grupo Queen le sirvió de título a una canción de 1973. ¡Hum! Está cantado que Brighton, a secas, es una golosina popular para muchos londinenses.

¡Y qué decir de Southend-on-Sea! A sólo 65 kilómetros al este de Londres, junto al estuario del Támesis y a tiro rápido de tren. Una ciudad en decadencia de 160.000 habitantes donde los londinenses menos favorecidos se sienten como en casa. "Somos el ‘pier’ del año 2007", se anuncia oficialmente. "Un premio a la supervivencia", dramatiza el viejo Gavin tras recordar el rosario de desdichas sufrido desde 1890 por su embarcadero del alma: incendios, tempestades, colisiones de barcos. Y concluye: "Nuestro ‘pier’ es el más largo del mundo". A todas luces, las atracciones del centenario Kursaal y la Isla de la Aventura quedan oscurecidas por el gancho de un embarcadero que se adentra 2.158 metros en el mar del Norte y cuenta con un tren operativo.

Southwold victoriano
Southwold, al norte de Southend-on-Sea, es otra historia. El antiguo puerto pesquero del condado de Suffolk parece recién salido de una postal de la era victoriana. En medio del pueblo sobresale el faro blanco de 30 metros, levantado en 1887, que da luz a navegantes y domina el entorno marismeño. Aquí no parece haber otra tribu que la inglesa en su versión blanca y tradicional. Las casetas de colores, alineadas unas junto a otras, brillan a un paso de la playa de arena y guijarros. Sus nombres llaman la atención: Sol y Sombra, Linga Longa, Caja de Chocolate, Estrella de Birmania... Ah, tampoco faltan los de la inevitable familia real. El de Melita muestra a su vieja Melita tomando el té en el umbral. Sin levantar la voz, proclama: "Éste es nuestro auténtico país".

En Southwold, el "pier" del año 1900 se ve de una blancura inmaculada, apenas rota por los techos oscuros de los pequeños pabellones de juegos y restauración colocados sobre una plataforma avanzada 190 metros en el mar. El viento y las olas son la única compañía sonora de los paseantes y los pescadores de caña que se aventuran a entrar en semejante "antipier".

Al noroeste de Inglaterra, frente al mar de Irlanda, Southport pasa por tener el segundo "pier" más largo del reino. Un paseo de 1.107 metros que suele tomar a pie o en tren el personal de la vecina ciudad de Liverpool. Al descender las aguas, se diría que está metido en medio de un desierto. Un poco más al norte, Blackpool vuelve a embarcarse en la multitud. Su dominio turístico es apabullante: 10 millones de visitantes al año. De los 54 "piers" nacionales en pie, tres se encuentran aquí: Blackpool North (1863), Blackpool South (1864) y Blackpool Central (1868). Debajo de una réplica de la torre Eiffel, se desparrama un complejo de ocio frenético. En la punta sur del paseo marítimo inacabable aparece un gigantesco parque de atracciones.

Las famosas luces de Blackpool alumbran la diversión de las masas. Por si acaso, tampoco faltan videntes. Ni quirománticas como la gitana Petulengro: "No veo que pertenezca a nuestra clase obrera del norte, la más fiel a Blackpool". La gitana Lavinia prefiere mirar la bola de cristal: "Su color no es de ‘pier’. Pero el cambio climático juega a nuestro favor".
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