Un laberinto de nostalgia en Argentina

02/09/2007

Texto de David Dusster
Fotos de Andoni Canela
  • La desembocadura del Paraná forma alrededor de cinco mil caños que van a parar al río de la Plata.

  • Por las orillas del delta se comercia cada día con los víveres que se precisan para la vida fluvial.

  • Antigua casa de alares anchos, con la inscripción “Letonia” sobre el balcón frontal.

  • Todos los desplazamientos por el delta deben hacerse a través de los caños de agua dulce.

  • La fruticultura fue, junto a la madera, el motor económico de la región y va cediendo paso al turismo.

  • La vida fluye con parsimonia en el delta, en comparación con Buenos Aires.

  • El mimbre sigue siendo uno de los productos artesanales del delta del Paraná.

Fotos
1 | 2 | 3

Cuando se penetra en el caño Sarmiento, minutos después de haber dejado atrás el embarcadero de Tigre, el viaje por el delta del Paraná, uno de los pocos dédalos acuáticos del mundo que desembocan en un río en lugar de hacerlo en el mar, ya se ha convertido en un recorrido por la nostalgia de Argentina. Atrás quedan las mansiones de la oligarquía que aspiró a ser potencia mundial entre las guerras mundiales, las casas alsacianas y los palacetes franceses, las sedes de los clubs de remo con jardines de hojas caídas, y se entra en un mundo de parsimonia fluvial. La quebradiza costa limosa se fija con las costosas estacadas o con los esbeltos árboles casuarina, una especie pinácea del hemisferio sur, de raíces enredaderas que tejen barreras al agua. Las lanchas no sólo transitan para transportar a la gente sino también para nutrirla de lo necesario para llevar una vida entre ríos: hay lanchas almacén que venden víveres y combustible, lanchas de correo, de policía... Toda una evocación veneciana a menos de cincuenta kilómetros de Buenos Aires.

En su apología fotográfico-poética llamada "El Tigre, su casco y su delta", Fernando Mendióroz describe el delta como un misterio de agua dulce, un refugio donde los bonaerenses, que desde hace décadas han convertido el lugar en el canal de recreo favorito para practicar deportes acuáticos, pueden reencontrarse con la naturaleza. Fue así como crecieron, a principios del siglo XX, la ciudad de Tigre y sus islas de aluvión, pobladas con segundas residencias, con hogares de estío para fiestas y encuentros sociales y clubs deportivos. El legado artístico de esa época puede ser visitado en el Museo Argentino de Pintura Figurativa, ubicado en un antigua mansión francesa de 1910. Pero ya entonces, como ahora, el río Luján, que separa Tigre, en el continente, de los islotes sedimentosos del delta, marcaba una frontera. Del cosmopolitismo de Tigre se pasa a la soledad, a la vastedad de los cielos abiertos, al laberinto de senderos de cañizales y, en definitiva, al sosiego de las aguas.

Las entradas de las casas son los muelles y los sauces llorones, cuyas ramas caen a plomo como atraídas por la gravedad del río, los pórticos naturales. Las barcazas dominan el paisaje en las orillas, los caños están identificados con carteles en las confluencias, y conforme uno se interna más en el delta, que tiene un tamaño similar a la provincia española de Badajoz –unos 21.000 kilómetros cuadrados–, va difuminándose la presencia humana. Con un poco de suerte, incluso se puede ver algún ciervo de pantano, pero para ello es necesario atravesar el Paraná de las Palmas, el primer gran brazo que uno se encuentra desde Tigre de los tres principales en los que se acaba subdividiendo del gran Paraná antes de verter su cauce al río de la Plata, lo que transforma la cuenca del Plata en la segunda región hidrográfica más voluminosa de Sudámerica, solamente superada por el Amazonas.

Los caños finales del Paraná parecen apacibles, pero el panorama cambia cuando sopla la "sudestada", los vientos que remontan el río de la Plata hasta el punto de frenar su deriva incansable hacia el océano, con lo que se ven frenados los 17 millones de litros por segundo que el delta del Paraná descarga y la inversión de mareas suele terminar en inundaciones. Por eso las casas del laberinto acuático, sean humildes u ostentosas, antiguas o remiendos de planchas de madera, están construidas sobre pilones, como palafitos, para que las aguas pasen por debajo sin arrastrar las viviendas.

El río Paraná recorre 3.940 kilómetros desde su nacimiento en el Matto Grosso y ejerce de límite político entre Brasil y Paraguay y, después, entre Paraguay y Argentina. Uno de sus afluentes, el Iguazú, es mundialmente famoso por las espectaculares cataratas homónimas. El cauce del Paraná ha sido represado en Itaipú, la mayor central hidroeléctrica del mundo. Luego, sus aguas bañan la ciudad argentina de Rosario, cuna del Che Guevara, y a partir de Diamante comienzan a languidecer en ese delta que va creciendo año a año. Los sedimentos de los afluentes van ensanchando las islas, que a su vez van ahogando el cauce del río Uruguay, otro tributario del Plata, que recibe su nombre por el color argentoso que provoca el reflejo de la luz.

Avance inexorable
Los expertos calculan que, al ritmo de desplazamiento actual, el delta del Paraná acabará por extenderse frente a Buenos Aires hacia el año 2500, si es que las incertidumbres climáticas del presente no alteran el curso de los acontecimientos. De hecho, los colonos de la capital argentina ya tuvieron que cambiar el emplazamiento original elegido por los fundadores ante la amenaza del río. Mientras las islas van creciendo y el avance inexorable continúa, las empresas ya se han decidido a explotar las virtudes turísticas del delta, donde proliferan las pensiones y las casas de huéspedes, algunas de ellas herederas de las villas de grandeza; otras muchas, construcciones remotas en sitios de calma. Atrás también quedan los tiempos en los que la fruticultura era el motor económico de la región.

Partiendo desde Tigre y previa visita del Puerto de Frutos, un mercado donde, pese al nombre, se vende la artesanía de mimbre y madera típica de la zona, las lanchas salen para dar una vuelta por las islas más cercanas del delta, donde hombres y mujeres trajinan mercancías o muestran habilidad en los oficios, o con destino Buenos Aires, un paseo por los caños Luján, Sarmiento y San Antonio y, por supuesto, un tramo por el río de la Plata. Cuando se abandona el laberinto del delta, el vasto Plata desborda la escala del paisaje. Las escasas nubes sirven para recordar la magnitud de la bóveda celeste. A ras de agua, los rascacielos de Buenos Aires emergen como las agujas de una brújula urbana que fue olvidada durante la distracción fluvial.
Le invitamos a que sea el primero en comentar esta información.
5 de octubre
5 de octubre
Publicidad
Buscar en