22/02/2009
Cartagena se sumerge en su pasado romano
Texto de Pedro García Raja
Fotos de Javier Conesa
Dos mil años después de que Agripa, en una visita a Carthago Nova, prometiera construir uno de los grandes teatros romanos del Mediterráneo, la actual Cartagena vuelve a situarse en el mapa de los lugares recomendables para conocer. Y lo hace gracias a dos grandes edificios firmados por dos de los arquitectos españoles de más prestigio en la actualidad: Rafael Moneo y Guillermo Vázquez Consuegra.
La ciudad que fue capital de una provincia que ocupaba media España acaba de estrenar el Museo del Teatro Romano y el Arqua (Museo Nacional de Arqueología Subacuática). Dos nuevos templos arquitectónicos del Mare Nostrum que han sido concebidos con técnicas constructivas de nueva generación y con un punto en común: albergar colecciones de gran valor de hace dos milenios con las que dejaron su impronta civilizaciones como la romana o la fenicia.
Moneo, autor, entre otros edificios, de la ampliación del Prado, ha apostado por realizar un recorrido subterráneo excavando túneles bajo las calles para introducirse en el espectacular graderío del teatro de Augusto. Por su parte, Vázquez Consuegra sumerge al visitante por debajo del nivel del mar para que pueda contemplar los restos de la embarcación fenicia más antigua hallada en todo el mundo.
Capiteles corintios de gran valor, altares perfectamente conservados y esculpidos en mármol de Carrara, relieves con escenas de dioses y todo el esplendor del dominio romano en el Mediterráneo cobran vida en el museo concebido por Moneo. El entorno único del teatro, que vio su primera representación entre el año 5 y 1 antes de Cristo, ha permitido a Moneo experimentar en un terreno que conoce de sobra, como es el mundo romano. La actuación del arquitecto navarro en Cartagena ha sido grandiosa y bien podría definirse como de cirugía urbana. El autor ha unido dos edificios del casco antiguo al monumento arqueológico con un aprovechamiento del terreno único.
Los más de ochenta mil visitantes que en unos meses han querido conocer las entrañas de esta creación atestiguan el interés que despierta esta unión de la arqueología con la arquitectura.
A escasos quinientos metros, la arquitectura de hormigón visto, hierro y grandes cristaleras aporta un toque de modernidad a ese puerto de Cartagena del que Cervantes dijo que estaba “cerrado a todos vientos y encubierto”. Mezclando las últimas técnicas audiovisuales con los restos de la antigüedad, los responsables del Arqua han dado vida a este gran buque anclado en el muelle de Alfonso XII.
La réplica de un laboratorio de investigación de materiales hallados en el mar permite convertirse por un día en un arqueólogo subacuático o comprobar en grandes depósitos de agua cómo los buzos desarrollan su labor. De los métodos de trabajo a las espectaculares reproducciones en hierro de barcos de varias épocas que cuelgan de sus techos. Ánforas romanas, colmillos de elefante como los que utilizó Aníbal para intentar conquistar Roma, anclas de fragatas que ya descansan en el lecho marino por la suerte esquiva de un temporal y que fueron rescatados de las garras de los cazatesoros. Un universo de valiosas piezas –como la mano Sabazia– ocultas durante siglos y que han abandonado su húmedo entorno para mostrar sus historias a los ciudadanos de hoy.
Cartagena abraza, dos mil años después, su pasado y se muestra orgullosa de mostrarlo en estos dos nuevos espacios que nacen con la intención de reconvertir un puerto que ha cambiado las naves romanas de transporte de vinos y aceites por los cruceros con turistas de todo el mundo que desembarcan por cientos en muelles ganados al mar.
La ciudad que fue capital de una provincia que ocupaba media España acaba de estrenar el Museo del Teatro Romano y el Arqua (Museo Nacional de Arqueología Subacuática). Dos nuevos templos arquitectónicos del Mare Nostrum que han sido concebidos con técnicas constructivas de nueva generación y con un punto en común: albergar colecciones de gran valor de hace dos milenios con las que dejaron su impronta civilizaciones como la romana o la fenicia.
Moneo, autor, entre otros edificios, de la ampliación del Prado, ha apostado por realizar un recorrido subterráneo excavando túneles bajo las calles para introducirse en el espectacular graderío del teatro de Augusto. Por su parte, Vázquez Consuegra sumerge al visitante por debajo del nivel del mar para que pueda contemplar los restos de la embarcación fenicia más antigua hallada en todo el mundo.
Capiteles corintios de gran valor, altares perfectamente conservados y esculpidos en mármol de Carrara, relieves con escenas de dioses y todo el esplendor del dominio romano en el Mediterráneo cobran vida en el museo concebido por Moneo. El entorno único del teatro, que vio su primera representación entre el año 5 y 1 antes de Cristo, ha permitido a Moneo experimentar en un terreno que conoce de sobra, como es el mundo romano. La actuación del arquitecto navarro en Cartagena ha sido grandiosa y bien podría definirse como de cirugía urbana. El autor ha unido dos edificios del casco antiguo al monumento arqueológico con un aprovechamiento del terreno único.
Los más de ochenta mil visitantes que en unos meses han querido conocer las entrañas de esta creación atestiguan el interés que despierta esta unión de la arqueología con la arquitectura.
A escasos quinientos metros, la arquitectura de hormigón visto, hierro y grandes cristaleras aporta un toque de modernidad a ese puerto de Cartagena del que Cervantes dijo que estaba “cerrado a todos vientos y encubierto”. Mezclando las últimas técnicas audiovisuales con los restos de la antigüedad, los responsables del Arqua han dado vida a este gran buque anclado en el muelle de Alfonso XII.
La réplica de un laboratorio de investigación de materiales hallados en el mar permite convertirse por un día en un arqueólogo subacuático o comprobar en grandes depósitos de agua cómo los buzos desarrollan su labor. De los métodos de trabajo a las espectaculares reproducciones en hierro de barcos de varias épocas que cuelgan de sus techos. Ánforas romanas, colmillos de elefante como los que utilizó Aníbal para intentar conquistar Roma, anclas de fragatas que ya descansan en el lecho marino por la suerte esquiva de un temporal y que fueron rescatados de las garras de los cazatesoros. Un universo de valiosas piezas –como la mano Sabazia– ocultas durante siglos y que han abandonado su húmedo entorno para mostrar sus historias a los ciudadanos de hoy.
Cartagena abraza, dos mil años después, su pasado y se muestra orgullosa de mostrarlo en estos dos nuevos espacios que nacen con la intención de reconvertir un puerto que ha cambiado las naves romanas de transporte de vinos y aceites por los cruceros con turistas de todo el mundo que desembarcan por cientos en muelles ganados al mar.
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