Sorolla
España en los ojos de un genio
16/12/2007
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Castilla es la composición más espectacular de Visión de España, de Joaquín Sorolla. Está formada por siete lienzos, un panel de 3,5 metros de alto por 14 de ancho.
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Joaquín Sorolla, pintando del natural a un grupo de salmantinos con traje charro en La Alberca (Salamanca) en 1912. “Hay que ir a los pueblos, con su ambiente”, decía. “Con el natural delante se hace todo, y todo bien"
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Los grupos de Valencia
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Los nazarenos
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La romería
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El pescado
Fue la obra de su vida. Acabarla le costó siete largos años “de mucho sufrir y de mucho gozar…”, durante los cuales recorrió buena parte de la geografía española. Las condiciones eran penosas. Sorolla llega a viajar en carro, en burro y se hospeda en pensiones inmundas. Pero lo asombroso, y lo que le agotó emocional y físicamente, es que pinta en la calle, del natural, lo que mortifica severamente su salud. Al poco de concluirla, el pintor valenciano sufrió un ataque de hemiplejía. Y sólo tres años después, en 1923, murió sin ver colgados los catorce enormes paneles que realizó por encargo de su amigo, el magnate e hispanista Archer M. Huntington, para decorar la sede neoyorquina de la Hispanic Society of America. Es su Visión de España. Una obra colosal que durante 84 años ha permanecido cautiva entre las paredes del viejo edificio neoclásico de Manhattan, en Broadway, y que ahora, en su primera visita a nuestro país, arrastra multitudes. Valencia, tierra del pintor, es la primera etapa de una gira por diferentes ciudades (Sevilla, Málaga, Barcelona, Bilbao) que concluirá en el Museo del Prado de Madrid en el 2009.
“Esto de querer pintar al sol y al aire libre es el mayor martirio que imaginarse pueda”, le confiará al poco de comenzar el proyecto a Huntington, el hombre que en 1911 le encargó la construcción de un retrato global de España, sus tierras y sus gentes. Joaquín Sorolla tiene 48 años y es un artista de éxito internacional, con especial pegada en Estados Unidos. Heredero de una inmensa fortuna procedente de la industria ferroviaria y con manifiesta debilidad por el arte español, el propio Huntington había propiciado en 1909 el gran desembarco de Sorolla en Nueva York, con una muestra para su recién creada institución, que desató el delirio. En sólo 38 días, entre el 4 de febrero y el 8 de marzo, fue visitada por 160.000 personas. La más vista ese año en la capital de los rascacielos.
En una carta dirigida a su madre, el mecenas le cuenta: “La trajimos a Nueva York casi de incógnito, como yo había proyectado (…) Los artistas lo veían como una invasión. La gente citaba el número de visitantes y tenía continuamente en la boca las palabras ‘resplandor del sol’. Jamás había sucedido nada parecido en Nueva York. Los ¡ohs! Y ¡ahs! empañaban las baldosas del suelo y los automóviles atascaban las calles (…) Y en medio de todo aquello, allí estaba nuestro pequeño creador, sentado tan tranquilo, abrumado pero no engreído, mientras yo le traducía las oleadas de entusiasmo de la prensa”.
Las ondas del éxito llegan a España y Alfonso XII le envía, alborozado, las felicitaciones más exaltadas: “No se puede figurar usted el gusto con que me entero de sus últimos triunfos. Ya le decía yo que en América tendría más admiradores que en Londres. Nunca podría yo figurar que fuese tan grande, y créame que, como buen español, me alegro como si fueran míos (….)”. Y firma: “Suyo afectísimo amigo, Rey y admirador Alfonso”.
Y es bajo ese clima de euforia que Huntington le encarga un ciclo pictórico dedicado a representar las variantes regionales de los diversos pueblos de España. Sorolla, que ya era un artista muy cotizado, con precios muy altos, percibe por ello unos honorarios de 150.000 dólares. Sin duda, una cantidad astronómica para 1911. Un dato revelador: cuando Sorolla pinta en 1909 el retrato del presidente Taft, el sueldo anual de la máxima autoridad de Estados Unidos era de 75.000 dólares, según apunta el historiador Marcus B. Burke. Mientras, aquí en España iba acumulando una larga “lista de críticas negras”, acaso porque su visión optimista, vital y luminosa se alejaba demasiado de la mirada sombría de la generación del 98, representada por Ignacio de Zuloaga o Darío de Regoyos.
A contracorriente
La España negra y la España blanca. Enfrentarse a la corriente dominante no debía de ser fácil. Y Sorolla lo hizo. Construyó su propio imaginario. “Quiero fijar (…) sin simbolismos ni literatura, la psicología de cada región (…), lo pintoresco de cada región”, pero “muy lejos de la españolada”, escribió.
En 1912 emprende viaje. Captura imágenes de tipos y costumbres, recopila documentación escrita y fotográfica, toma apuntes y adquiere objetos y trajes de diversas regiones, con la idea de después, en el estudio, ponerse manos a la obra. Un año después cambia de opinión e inicia el trabajo al aire libre, pintando los paneles directamente del natural. “Hay que ir a los pueblos, con su ambiente.” Y argumenta: “Con el natural delante se hace todo, y todo bien”. Asumía para sí los planteamientos de su amigo John Singer Sargent, a quien consideraba el mejor artista norteamericano. “Para él este encargo era un reto intelectual. Disfrutaba enormemente pintando, pero era consciente de que arriesgaba mucho. Podría haberse quedado en casa, y se embarcó en una aventura digna de un coloso, pero es eso justamente lo que confiere al trabajo final una potencia extraordinaria”, razona Felipe Garín, gran estudioso de la obra de Sorolla y comisario junto a Facundo Tomás de la exposición Visiones de España.
Helado y desesperado
Sorolla pinta los veintiún lienzos que componen los catorce paneles (el de Castilla está compuesto por siete lienzos, y el de Ayamonte, por dos) entre febrero de 1913 y junio de 1919. Al mes de iniciar la monumental obra –en total son más de 200 metros cuadrados de superficie pintada–, el artista envía una carta a su amigo americano: “Dejo ahora la paleta desesperado y helado. Ahora que estoy en el campo haciendo un estudio de cinco metros, con 27 figuras para copiarlo después en el paneau Castilla, el tiempo se me pone nublado y pío como la nieve. No hay nada más triste en el mundo que desear con vehemencia una cosa, verla y no poderla realizar. (...) Primero fui por esas provincias pasando malos ratos, pero comido y dormido, buscando lo característico y haciendo estudios de tamaño natural, ahora estudios de grandes agrupaciones de personas, animales, carros, etcétera. ¡Ay, querido amigo, en qué lío nos hemos metido!”. La carta da idea del esfuerzo y la energía que el artista tuvo que desplegar. La fiesta del pan. Castilla (3,5 metros de alto por 14 metros de ancho) es su composición más espectacular. Al año siguiente viajará a Sevilla (Los nazarenos), a Aragón (La jota), a Navarra (El concejo de Roncal), a Guipúzcoa (Los bolos) y nuevamente Andalucía (La entrada de toros).
“Tanto toro y gente a caballo; dificultades me esperan, Dios me ayude pues estos toros no son los de la playa”, ironiza. Además de informar puntualmente a su mecenas del desarrollo del proyecto, Sorolla escribe a diario a su mujer, Clotilde. Huérfano desde los dos años, al parecer sentía pánico ante la posibilidad de que a su familia le sucediera algo. Alejado de ellos durante largas temporadas, apaciguaba su soledad con una intensa correspondencia. Pero su falta de contacto diario va haciendo mella en su estado de ánimo. “No debería haberme comprometido con esta obra tan larga y pesada”, se lamenta en 1914.
El pintor aún estará algún tiempo más en Andalucía realizando otros dos paneles, El baile y Los toreros. “(…) Estoy pintando ahora la fiesta de la cruz de mayo, o sea, las sevillanas bailando –quizá es de todo lo que llevo hecho lo más complicado, y difícil de luz y colores, más el movimiento. Ahora acabo mi sesión de hoy y estoy rendido pero contento”, le narra a Huntington, a quien poco después le concederá el deseo de pintar Los toreros pese a su aversión a la fiesta de los toros: “Los toros de ayer tarde colmaron mi aburrimiento, es una fiesta que cada vez la encuentro más brutal e irracional, salí asqueado de tanta sangre”. Ya en la recta final, viaja a Galicia (La romería) y Cataluña (El pescado), antes de llegar a Valencia (Las grupas). En octubre de 1915, escribe: “Ya me tiene usted en pleno parte levantino, terminada mi reducida obra gallega, que he pintado con gran gusto y espléndida comodidad. El lunes empiezo Cataluña –o el mediterráneo–, que es lo que trato de resolver; tropiezo con la falta de carácter pintoresco en las gentes, pero no desconfío de salir menos mal”.
A la primavera siguiente, el relato corresponde al reencuentro con los paisajes de su niñez: “Llevo un largo mes en mi tierra natal, un mes, de recuerdos tristes, alegres, más de lo primero que de lo segundo… Lugares donde de niño vivía la vida inconsciente, donde todo se poetizaba y de donde se desprende siempre un perfume encantador. He llorado mucho, de alegría, los colores, la música, el olor, el cielo, todo me conmueve… tanto que temí por mis nervios, ésos que se van tranquilizando pero aún están muy sensibles”.
En 1919 da su última pincelada en Ayamonte (La pesca del atún, su pieza más luminosa). Un año después, mientras pintaba en el jardín de su casa, sufrió un ataque de hemiplejía del que no se repuso. Murió en 1923, en Cercedilla, en la casa de la sierra madrileña que había comprado para su hija María, que sufría tuberculosis, sin ver cumplido su deseo de que la obra se exhibiera en España antes de su embarque rumbo a Nueva York en 1926.
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