La amistad que cambió el arte
15/06/2008
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EL EQUILIBRISTA SE ACOMPAÑA DE SUS SOMBRAS Man Ray (1916)
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MARCEL DUCHAMP Retrato hecho por Man Ray hacia 192
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Marcel Duchamp, 1915-192 LA NOVIA DESNUDA POR SUS SOLTEROS, TODAVÍA (EL GRAN VIDRIO)
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MAN RAY Autorretrato con cámara. 1932
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Man Ray, 1922 CAMPOS DELICIOSOS
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Man Ray, 1920. 1964 OBSTRUCCIÓN
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FRANCIS PICABIA Fotografía hecha por Man Ray en 1922
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EL OJO CÁMARA Francis Picabia, hacia 1919
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MUJER CON MONÓCULO Francis Picabia, 1922-1926
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FUENTE Marcel Duchamp, 1917
Llegan al MNAC, uno de los museos históricos hasta ahora alejados de las radicalidades del arte moderno, tres amigos que en los albores del siglo pasado alteraron completamente la forma de crear, de mirar y de relacionarse con el arte de cualquier época y, muy en particular, de la modernidad. De mayor a menor, ellos son los franceses Francis Picabia (1879-1953) y Marcel Duchamp (1887-1968), nacionalizado estadounidense en 1955, y el norteamericano Man Ray (1890-1976). Picabia, el pintor dandi que llevó la ironía al arte antes que nadie en sus juegos visuales con imágenes populares. Duchamp, el artista que puso en circulación la idea del readymade, el objeto encontrado, de fabricación en serie, que llevó con escándalo a las galerías para luego retirarse del mercado y jugar al ajedrez, en Cadaqués a menudo. Man Ray, el pintor que alteraría casi todo como fotógrafo en París.
No son muy conocidos para el gran público, con la excepción tal vez de Man Ray en cuanto a fotógrafo. Puede incluso que las obras de los tres sigan hoy sorprendiendo e indignando a los espectadores que los encuentren por vez primera. Esta es su gloria, cabe decir. Los tres fueron clave en uno de los momentos más provocadores del arte surgido de la Primera Guerra Mundial, el dadá. Y no se anduvieron con chiquitas en lo de desconcertar constantemente. Sobre todo, Duchamp, el artista más influyente de todo el siglo XX. Más que el mismo Picasso. “No llego a América –dijo al bajar del barco que le llevó a Nueva York en 1915–, me voy de París.” A Duchamp se le deben los cimientos del arte pop y del arte conceptual, corrientes de los años sesenta y setenta que están en la base de la mayoría de las prácticas artísticas desde entonces. Se le debe, en definitiva, que pusiera en cuarentena perenne los mecanismos del mercado y que aguzara sin contemplaciones los sentidos del espectador. Pintó un bigote y una perilla a la Gioconda reproducida en una postal y llevó un urinario masculino a una galería de arte. ¿Tonterías? En absoluto: vida y arte son la misma cosa; si no, el arte no vale nada, dejaba dicho Duchamp así. Pero el arte tiene obligaciones con la vida, y no al revés. Debe ayudar a ver, señalar las hipocresías y bajar del pedestal a los que lo secuestran en los museos y en el mercado
Por su parte, Man Ray dotó de amplios registros a la fotografía cuando llegó a París, en camino inverso a Duchamp, al que había conocido en Nueva York, donde el Hombre Rayo, nacido Emmanuel Rudzitsky en Filadelfia, ya había puesto en marcha su sentido de la descodificación de la imagen. Mientras que Picabia, agitador artístico en Nueva York al mismo tiempo que Duchamp, elaboraba aquí y allá sus retratos mecánicos, llevado en gran medida por su pasión por los automóviles, de los que llegó a poseer decenas como el buen vividor que fue, riéndose de todo, de él mismo para empezar.
La exposición proviene de la Tate Modern. Reúne unas trescientas obras: pinturas, objetos, readymades, fotos y películas. Amén de material documental y revistas, entre ellas la 391 de Picabia, algunos números de la cual fueron concebidos y editados en Barcelona, donde el artista se refugió en la Primera Guerra Mun-dial. Proceden de museos internacionales y colecciones particulares, y algunas son poco conocidas. Lo interesante es sobre todo la lectura del conjunto, pues, como dijo Borges de la literatura, en realidad sólo cuenta la lectura, que es la que permite saber cómo son las obras en cada momento, aunque el libro –el arte, en este caso– tenga un siglo.






