21/09/2008

Inés Alberdi

"A nadie se le ocurre ahora jactarse en público de que maltrata a su mujer"

Texto de José Bejarano
Foto de Montserrat Velando
Inés Alberdi, directora del Fondo de las Naciones Unidas para la Mujer (Unifem), tiene una visión global sobre la situación de las mujeres en el mundo y ello le permite afirmar que la lucha contra la desigualdad y contra la violencia de género avanza en el día a día, pese a los crímenes sangrantes que aún se producen. El origen del problema, dice, reside en que todavía hay hombres
que consideran a la mujer como una propiedad más.

La socióloga Inés Alberdi (Sevilla, 1948), directora del Fondo de las Naciones Unidas para la Mujer, cree que el desarrollo de muchos países depende de la incorporación de las mujeres al sistema productivo. Alberdi, única española que dirige una alta institución de la ONU, gestiona desde abril cien millones de dólares y 15 oficinas de Unifem distribuidas por todo el mundo para atajar la desigualdad y el sufrimiento de la mujer. Cree que la violencia de género no desaparecerá hasta que se erradique la creencia de que la mujer es un ser inferior que debe estar sometido al capricho del hombre.

Pobreza, exclusión, violencia, sida… Menudo panorama tienen las mujeres en muchos países.
Cuando analizamos la pobreza, vemos que hay una feminización de la miseria. Las mujeres son mayoría entre las capas más pobres de la población mundial. Por eso el impulso del desarrollo hay que hacerlo teniendo en cuenta a las mujeres, dándoles más fuerza y formación. En muchos sitios, las mujeres no tienen acceso a la propiedad de la tierra, y eso acarrea serios problemas. En zonas con gran incidencia del sida, el grado en que las mujeres están infectadas tiene secuelas terribles para sus familias, porque ellas son las que cuidan y atienden a los enfermos.

¿Qué se puede hacer?
La realidad de las mujeres es bastante conocida, y en las Naciones Unidas existe mucha preocupación por tanta violencia y pobreza, por la ausencia de salud y por sus efectos sobre el bienestar de las personas. Ese es el lado positivo: tenemos conciencia cada vez más generalizada del problema y de la necesidad de actuar. Y sabemos que contar con las mujeres en el diseño de los programas de acción de sus países tiene una repercusión positiva.

Hay quienes sostienen que la situación, lejos de mejorar, empeora.
Tanto como retroceder, no lo creo. La historia del avance de la mujer en el mundo es reciente. Se produjo un salto importante en los años setenta del siglo XX, cuando se crearon numerosos grupos feministas y las organizaciones de mujeres consiguieron que las Naciones Unidas declarasen 1975 año internacional de la Mujer. Eso hizo que los países, algunos a regañadientes, admitieran la necesidad de modificar su situación y sus leyes. España hizo pequeñas reformas porque a la dictadura de Franco le daba vergüenza acudir a la reunión internacional de México con aquella escandalosa falta de derechos de la mujer. En 1976, la ONU creó el Fondo de Desarrollo para la Igualdad de la Mujer, Unifem, y luego vinieron las importantes reuniones de Nairobi y, en 1995, la de Pekín, donde se aprobó una plataforma de acción que dice cosas muy claras respecto a la igualdad de género.

Una cosa son las buenas intenciones y otra las realidades.
Hacer realidad las declaraciones cuesta más, porque las oportunidades de trabajo y las libertades son difíciles de alcanzar. La violencia de género es algo que preocupa tanto en los países ricos como en los pobres, aunque tenga claves distintas y grados de dureza diferentes.

¿Cuál es el origen de esa violencia y cuál la solución?, porque las leyes no parecen arredrar a los agresores.
El origen último de la violencia es la creencia de que la mujer es inferior al hombre, que es su propiedad. Legalmente, eso ya no es así, pero la tradición cultural pesa mucho. Para muchos hombres sigue vigente la idea de que la hombría y el honor consisten en tener a la mujer bajo control, o piensan que la mujer debe conservar la virginidad para el marido, o que debe estar bajo la autoridad del padre, de los hermanos o del marido.

El esclavista sólo mataba al esclavo cuando lo daba por perdido.
Esa idea explicaría que muchas veces las mujeres que se someten y renuncian a sus derechos vivan una vida muy dura, pero no las maten. Mientras que una mujer que toma conciencia y lucha por su libertad, si da con uno de esos desalmados, puede ser asesinada. Yo no voy a justificar la sumisión de las mujeres, pero es posible que tanta violencia tenga que ver con las conquistas de derechos por parte de las mujeres. Por eso hay algún hombre que, ante la rebelión de su mujer, cambia el látigo por la escopeta.

La ley contra la violencia sexista no ha sido capaz de erradicar el drama.
Las leyes inciden sobre la realidad, pero no la cambian de un día para otro. Primero, porque la violencia hay que erradicarla con educación, prevención y, por supuesto, con castigos. Estamos trasladando a la sociedad la idea de que agredir a una mujer no es un comportamiento cultural, sino un delito. La ley contra la violencia de género le dice eso al agresor, y que esta sociedad no lo tolera. Es cierto que la ley no hace desaparecer determinadas mentalidades, pero abre el camino para ello. No está claro que disminuyan los casos más tremendos, aunque el grado de maltrato cotidiano que sufren las mujeres, como los insultos o los golpes, se ha suavizado. Persiste el asesino, pero hay muchos hombres que, sin
llegar a ese extremo, se creían con derecho a negar a sus mujeres el acceso a un trabajo o a estudiar, incluso a insultarlas o darles algún que otro golpe, y que ahora se lo piensan dos veces.

¿No están repitiendo los jóvenes los mismos comportamientos?
No lo creo, lo que pasa es que esos casos de hombres jóvenes nos chocan más. Yo creo que el cambio es extraordinario. Por ejemplo, a nadie se le ocurre ahora jactarse en público de que maltrata a su mujer. Nos falta perspectiva histórica para comprender el salto de gigante que estamos protagonizando.

¿No hay todavía complicidad social con el agresor o al menos tendencia a mirar para otro lado?
Todo eso tiene que ir cambiando. Hasta los años 80, al agresor de una mujer se le aplicaba un atenuante si era su marido o su novio. Hoy es un agravante. Si fuésemos conscientes de la transformación que eso supone, en tan corto periodo de tiempo, comprenderíamos por qué cuesta erradicar la cultura de la violencia. La resistencia al cambio en las relaciones entre hombres y mujeres se manifiesta a veces en pequeños detalles, como el escándalo que se forma cuando una ministra dice una tontería, cosa que no ocurre si es un ministro. O la tendencia a llamarlas a ellas por su nombre de pila y a ellos por su apellido, o la insistencia en comentar la forma de vestirse de las mujeres políticas aun cuando no se cuestiona su idoneidad para el cargo.

La conciliación familiar es otra asignatura que está pendiente.
Es clave en todos los países y requiere, como la violencia de género, un cambio cultural. El ejemplo está en los países nórdicos, donde llevan años apoyando a las familias y a las empresas para hacer posible la conciliación. El modelo debe encaminarse a la simetría de las parejas, en las que ambos comparten todas las tareas, tanto la aportación económica del trabajo fuera de casa como las tareas domésticas. Este modelo es tremendamente rentable, no hay más que mirar a Finlandia, Noruega o Suecia, que utilizan todos los recursos humanos disponibles.

¿Qué opinión le merecen las reiteradas polémicas sobre el uso de las musulmanas de cubrirse el pelo?
Yo pertenezco a la tradición española y he vivido de cerca una cultura religiosa en que había que vestirse de determinada forma y cubrirse el pelo para entrar en algunos sitios. Todavía hay órdenes religiosas que tapan a las monjas las orejas y el cabello. Respeto esos usos y costumbres, y el velo me parece un tema menor. Lo importante es que las niñas vayan a la escuela, con velo o sin él, que estudien y que el día de mañana sean ellas las que decidan. Los usos culturales inadmisibles son casar a las niñas o que, llegadas a la pubertad, no puedan seguir yendo a la escuela.

No sólo el islam trata de someter a las mujeres.
Todas las religiones monoteístas tienen tradición de considerar inferiores a las mujeres. Lo que hay que pedir a todas las religiones es que no discutan los derechos de las mujeres. En el islam, en el judaísmo y en el cristianismo hay sectores avanzados y sectores retrógrados, y estos tienden a confundir sus orígenes tradicionales con la verdad absoluta. Caen en una tontería similar a la de negar a las mujeres el derecho al voto porque en la primera democracia, nacida en la Grecia clásica, ellas no podían votar. También me parece inadmisible que las mujeres no puedan acceder a la dirección de la Iglesia. Yo nunca he querido ser obispa, pero me parece fatal que haya mujeres que quieran serlo y no puedan.

En África duele ver el enorme peso que tienen las mujeres en el sostenimiento de sus familias y hasta de sus sociedades y el poco reconocimiento que reciben por ello.
Sobre las mujeres cae el peso de la alimentación, el agua, el cuidado de las familias y la atención a los mayores. Que el peso de tantas cosas caiga sobre los hombros de las mujeres podría tener un timbre de gloria, un honor saber que son un factor clave del desarrollo de sus sociedades, pero el problema surge cuando no se cuenta con ellas o se les niegan derechos básicos que nadie discute a los hombres.

En las sociedades pobres parece más clave la aportación de las mujeres.
No, yo creo que la aportación de las mujeres es clave en todas las sociedades. Lo que pasa es que en esas comunidades llama más la atención el contraste entre ese su papel y la falta de reconocimiento. Choca la ausencia de un mayor respaldo a su labor en las zonas rurales de los países en desarrollo, donde sería importantísimo que tuvieran más educación, mejor  atención sanitaria, dedicaran menos horas a buscar agua o leña… Pero también son clave las mujeres en Noruega, pero no llama tanto la atención porque tienen sus derechos reconocidos y disfrutan de igualdad con los hombres. No podemos olvidar que las mujeres somos la mitad de la población del mundo.

Su antecesora estuvo diez años al frente de Unifem. ¿Qué objetivos se ha marcado usted?
Tenemos un plan estratégico para los próximos cuatro años que se fija cuatro grandes líneas de trabajo, en relación con las necesidades básicas de los países. Son combatir la pobreza, detener la violencia contra las mujeres, frenar la expansión del sida entre niñas y mujeres y fomentar su participación en la política de los sistemas democráticos. Esas cuatro grandes líneas se aplican en forma de programas concretos en los países en vías de desarrollo, mediante acuerdos con los gobiernos y las organizaciones sociales de cada país.

¿Cuánta población del mundo necesita ayuda y de qué medios dispone Unifem?
Dar una cifra de necesidades de ayuda es muy arriesgado. Unifem cuenta con unas oficinas centrales en Nueva York, donde trabajan unos 50 profesionales, y tiene 15 oficinas distribuidas por los países en vías de desarrollo, donde habrá alrededor de 250 personas. Contamos con un presupuesto anual de cien millones de dólares donados por unos cien países. Lo que puedo decir es que hay bastante más demanda de ayuda de la que podemos ofrecer y que uno de los objetivos de los próximos cuatro años es precisamente aumentar nuestra respuesta a las peticiones de apoyo que recibimos. Por ejemplo, ante el problema de la violencia contra las mujeres, Unifem administra un fondo específico que cuenta con unos veinte millones de dólares anuales. Pues bien, cada año quedan sin atender más proyectos de ayuda a las mujeres que los que se desarrollan.

Faltan medios.
Es evidente que tenemos que hacer un esfuerzo para lograr más confianza de los donantes. Tengo que decir que España es el segundo país en aportación a Unifem, detrás de Noruega, y que el año que viene puede convertirse en el primero. Nuestro país ha creado un Fondo para la Igualdad de Género que va a destinarse a promocionar en países poco desarrollados una serie de planes de acción que promuevan la igualdad entre los hombres y las mujeres.

Otros países nos llevan muchos años de delantera.
Muchos. Noruega o Suecia fueron los primeros en hacer políticas de igualdad de género. En los años 70, las mayores partidas del presupuesto de Noruega iban destinadas a apoyar el empleo de las mujeres. Y ahora sabemos que estas políticas son muy útiles también para el avance económico de los países en vías de desarrollo.
¿Su nombramiento tiene algo que ver con la creciente aportación económica española o con el impulso de políticas de igualdad?
Tiene que ver con las políticas de igualdad, que es el origen del incremento de la contribución española a varios fondos de la ONU. En España se está haciendo una política decidida a favor de la igualdad de género y, además, una española está al frente de Unifem. En todo hay muchas coincidencias, como el hecho de que la anterior directora dejara el cargo porque fue nombrada para otro puesto y que yo me presentara y fuera elegida entre varias candidatas posibles. Todo influye, pero al final fue una decisión completamente independiente.

¿Ha encontrado en Unifem algo que no esperase?
He encontrado algo estupendo: una enorme cantidad de gente que trabaja con entusiasmo. Yo tenía mis ideas sobre los organismos internacionales y sabía que hay en ellos personas de mucho nivel, aunque no esperaba tanto entusiasmo. En Unifem trabajan más mujeres que hombres, pero, en general, unas y otros muestran un grado de compromiso extraordinario. Creo que la explicación es que este trabajo tiene mucho de vocación.

¿De qué manera puede afectar la crisis económica a la aportación de los países donantes a Unifem?
Espero que la crisis no influya en una reducción de los fondos de la ayuda, porque las necesidades de los países más pobres se han acrecentado con el aumento de los precios de los alimentos y la crisis de la energía.

¿Aportan sólo los países ricos?
Por lo general, aportan más, aunque me parece muy importante el principio de que participen muchos países, cada uno según sus posibilidades. En el caso de Unifem, por ejemplo, tenemos países con pocos recursos y que, sin embargo, nos donan anualmente una ayuda, como en el caso de Camboya o Tanzania. Con ello demuestran su confianza en nuestro trabajo y su preocupación por mejorar la situación de las mujeres en el mundo.

¿La revolución de la mujer provoca resistencia entre los hombres?
No. Siempre ha habido hombres que han apoyado a las mujeres y han tenido un papel muy positivo. Ante la valía de las hijas, cuando ven lo mucho que tienen que estudiar y luchar para ganarse un puesto, los hombres de hoy se ven abocados a reflexionar sobre lo injusto de la discriminación de género. Los hombres españoles han cambiado enormemente en los últimos años. Este país no habría avanzado tanto en derechos de la mujer sin la participación activa de los hombres, lo que no quita que las grandes luchadoras por la igualdad hayan sido en su mayoría mujeres.

¿Cuál es el modelo del hombre futuro?
Ana Cabré, reconocida demógrafa, dice que los hombres buscan una mujer que ya no existe y que las mujeres buscamos un hombre que está por llegar. Esta es una sociedad en transición y estamos en el camino de otra más libre, democrática e igualitaria. El problema es la lentitud. Yo soy optimista porque los cambios que he visto han sido ­impresionantes.

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