Jean Echenoz
"La creación artística puede bendecir tu vida o puede hundirte"

Es un tipo tímido. Un tipo al que parece darle igual el Goncourt que le adjudicaron y lo que pueda pasar con el mundo mañana. Lleva tres décadas en la lejanía del pensamiento, impertérrito, en su concha, escuchando cómo alaban su atípica genialidad, cómo le consideran la mayor esperanza de las letras francesas y el primer autor post-nouveau roman. Creo, sinceramente, que le da igual. Nacido en Orange hace 59 años, ha publicado El meridiano de Greenwich –su primera novela–, La aventura malaya, Nosotros tres, Al piano o Me voy. Tampoco parece impresionarle que en una encuesta realizada por Le Nouvel Observateur le eligieran el novelista internacional más relevante de la década de los noventa. Hay quien le ve como el David Lynch de la literatura.
Novelista de lo inexplicable, dicen, escritor de culto, querido desde el gremio, minimalista, admirador de Queneau, Flaubert, Nabokov y Faulkner, lo encuentro tan desconcertante como sus personajes. Se arrebuja en el sofá del hotel, resignado y amable, y muestra un aspecto distinto al de las fotos habituales, más envejecido, algo cansino, pelo desatendido y barba de tres días. Acaba de ser abuelo y dice que camufla su rostro porque no se siente muy a gusto con él. Se sonroja como un adolescente con cualquier ingenua pregunta sobre algo personal. Sólo le brillan las pupilas, por encima del vaso de agua, cuando habla de literatura, pura.
Su último libro, Ravel (Ed. Anagrama), dibuja rasgos, manías y soberbias del músico, un hombre que se nos presenta fumador compulsivo de Gauloises y celoso de su intimidad. Nos relata los diez últimos años de la vida de Maurice Ravel, de 1927 a 1937, y, una vez en el terreno de Echenoz, éste lo disecciona con su destreza habitual, elegante, minucioso como un desactivador de minas hasta convertirlo en un personaje nuevo, de ficción. En un texto donde, oasis de la calma, parece que no ocurre nada. Un texto para acompañar una tarde de playa.
¿Por qué Ravel y no Satie o Mozart?
Por varias razones. Una, porque fue la primera referencia musical importante de mi vida. Yo conocía bien su música y me apetecía retratar ese periodo de principios de siglo, bucear en los años veinte y treinta. Un día me di cuenta de que yo conocía muy bien su música, pero desconocía por completo su vida.
Pero había estado en su casa.
Sí, eso sí. Una casa en las afueras de París que, arquitectónicamente, por cierto, es realmente muy especial. Creo que empecé a investigar sobre Ravel porque intuí que había algún pequeño misterio alrededor de su vida. Lo leí todo de él, ya sabe que estas cosas son obsesivas, empecé a tragarme sus diarios, a diseccionar sus notas, todas sus biografías publicadas, todo… y me dejé seducir por lo que iba descubriendo. ¡Y luego yo no utilizo ni el uno por ciento de mis investigaciones! El caso es que me di cuenta de que era un personaje que realmente me inquietaba.
Incontrolable.
Al final, no podía llevarlo por donde yo quería, fue él quien me absorbió. Seguro que conoce esa sensación: cuanto más sabes de una persona, más se te escapa.
¿Escribió el libro con música de Ravel de fondo?
Sí, casi siempre. Especialmente, lo que menos conocía de él: nuevas interpretaciones, música de cámara. A eso se añadió un fenómeno curioso, que ocurre a menudo, lo tengo experimentado, y es que tú empiezas a interesarte por un personaje y, de repente, te das cuenta de que está por todos los sitios. Presente en las calles, en las emisoras, en las conversaciones. Lo llena todo.
Ravelmanía.
Eso es. Los intereses culturales se contagian. A veces se dirigen, pero otras, sencillamente, se contagian. De golpe se pone de moda entre tu grupo de gente un personaje y… en fin, ya ve, había algo en el ambiente que indicaba que llegaba otra época Ravel.
Al leer su libro uno cree estar viendo una película, el guión de una película. No lees a Ravel, ves a Ravel. ¿Por qué toma usted esa distancia? ¿Por qué no quiere meterse dentro?
Yo trabajo mucho sobre la distancia, es un ejercicio que siempre me ha interesado. Cuando escribo evito la psicología demostrativa, la suprimo. Puede que la psicología me interese en la vida, pero en literatura no. Desde mi primer libro quise reflejar la retórica del cine trasladada a la literatura. En eso, Hitchcock me ha enseñado mucho, su visión, alejada de lo que ocurre, intentando que uno no se manche con los sentimientos de su personaje, ha sido el motor de mis libros. Y en esta ocasión, concretamente, el mismo personaje me lo pedía a gritos.
¿Por qué?
Porque Maurice Ravel era alguien que te imponía esa distancia, porque él mismo se parapetaba, se acorazaba, ante los demás…
Un hombre lleno de complejos.
Empezando por su baja estatura. Sus amigos no podían hacerle ninguna broma al respecto. Quiso incorporarse a filas solamente para demostrarse que era capaz de hacer lo mismo que los demás. Al estudiar a Ravel, me di cuenta de que era uno de esos hombres a los que nunca llegas, que nunca se dejan conocer del todo, no se abren, mantienen esa distancia hacia terceros. No sabe-mos casi nada de su vida privada y social, dos ámbitos que preservaba celosamente. Creo que él siempre buscó eso para protegerse.
¿Le interesan más las vidas reales que las de ficción?
Me he pasado casi treinta años de mi vida escribiendo ficción. Ahora, cada vez tengo más ganas de construir ficción sobre las vidas reales. Con Ravel, esta línea era tan frágil –conseguir mantener ese equilibrio– que llegué a desesperarme; estuve a punto de dejarlo en dos ocasiones.
¿Qué tiene Echenoz de Ravel?
Mientras escribí el libro no me paré a pensar en ello. Jamás. Es después, al acabarlo, cuando he reflexionado y cuando me he dicho que, probablemente, no lo escogí por azar. Había muchas cosas de la vida íntima de este hombre que me tocan directamente.
¿Por ejemplo?
La soledad. Cómo enfrentarte a
la soledad en el momento de la creación artística. E, inevitablemente, claro, la cuestión del aburrimiento.
¿Por qué? ¿Se aburre usted mucho?
Es un sentimiento con el que malvivo, que me acompaña desde pequeño y está presente en mi obra desde la primera novela, me interesa mucho. Los seres insertados en la rutina, en el trabajo, en la discreción. Fíjese: la parte axial de la existencia de Ravel fue su trabajo. El hecho de que prácticamente no se conozca nada de su vida personal es por eso, porque, en realidad, su única mujer, su amante verdadera, fue la profesión, la música.
A veces sus personajes parecen pasar así, de puntillas sobre la vida, acomodados en el tedio y la rutina. ¿Reivindica usted esas vidas comunes en contraposición a los héroes literarios, apasionados y extremos?
Lo he visto en muchos casos. Las vidas de famosos no son mejores que las vidas comunes. La creación artística puede bendecir tu vida, pero también te la puede robar. Te puede hundir. Jacques Rigaud decía que, en su vida, “el aburrimiento es la realidad en estado puro”.
¿Tiene la literatura francesa algún elemento definitorio del que carezca el resto de literatura?
Soy incapaz de responder inteligentemente a eso. Creo que la literatura francesa es variada y muy malquerida. Malquerida para el resto del mundo, ¡es una lástima! Y además ignoro por qué ha ocurrido. A menudo seguimos en la penumbra.
Respecto a la penumbra, le cito: “En mi profesión, los autores que permanecen sin mostrarse socialmente me interesan. Es bonito mantenerse en la penumbra. La ausencia es una forma muy hábil de mostrarse”.
Es paradójico. Lo vivo de modo muy complejo. ¿Cómo explicarlo? Yo no escribo para los otros, escribo para mí. Y durante ese momento mágico, ahí, me importa muy poco el público, ni se me pasa por la cabeza, me da igual el resto del mundo.
Echenoz se esconde, se tapa la cara con las manos, se acaricia la nuca, pequeño, pequeñísimo, en su sofá, y sueña con que no le fotografíen más (“Nunca lo entendí. ¿Para qué tanta foto? No soy actor”), y uno le entiende porque le adivina un hombre huidizo que busca la felicidad en un buen vino y una sencilla ensalada con brie. Desconfía de las musas. Le trae al pairo la fama. No le gusta que le llamen escritor, y a la hora de definirse escoge la expresión “buen nadador, en el mar y en la vida”. Con humor e ingenio, este hombre de aspecto discreto, sutil y atormentado ha acabado por confesar que, a su pesar, se parece más a su personaje de lo que él mismo imaginaba. La transposición es fácil. “La tumbona de Ravel es
de rayas azules y blancas, y la cubierta, construida con pitchpin
de Canarias, es de color amarillo listado de venas rojizas. Ravel examina el océano como los demás sin mezclarse espontáneamente con ellos, no va con su modo de ser. Si bien ha renunciado a la frialdad distante que exhibía en su juventud, tampoco se ha convertido en un hombre que se eche al cuello de la gente. A su derecha tiene a una pareja de aspecto industrial, a su izquierda a una mujer de treinta y cinco años, sola, cuyos ojos oscilan entre el panorama oceánico y la lectura de un libro, debido a lo
cual Ravel, en su intento de desci-
frar el título, está a punto de descoyuntarse discretamente el cuello”.
¿Entiende posturas como la de Salinger, que nunca se dejó fotografiar?
Claro. Porque mientras creas estás en otro mundo, y ése es el único que te interesa. Así ocurre tanto si escribes como si compones. Luego llega todo lo demás: eso hermoso que has querido crear, tu obra, salpica a otras gentes, pero ya no va contigo.
Entonces, ¿está preparado para el fracaso? ¿Le hubiera dado igual vender un solo libro como vendió un solo cuadro Van Gogh?
Bien, me gusta tener gente que me siga. Eso está bien, con los años le coges el gusto. Pero le aseguro que es una consecuencia, no una finalidad.
¿Se arrepiente de alguna cosa? Por ejemplo, usted iba para sociólogo y acabó estudiando química orgánica en Lille y recibiendo clases de contrabajo en Metz.
Hice siempre lo que quise en la vida. Ahora lo veo. Me metí en la cabeza que quería escribir y vivir de ello. Pero nunca quise entrar en una universidad para estudiar literatura. No quería que ningún profesor me dictara la lista de libros recomendados y me contara qué debía yo indagar en Marcel Proust.
La sociología le permitía maniobrar mejor.
Mi relación con la literatura era demasiado íntima como para pasarla por las aulas.
Esas filigranas de descripciones suyas sobre la ropa, las joyas, los detalles del personaje con su época, es algo que le fascina. Pienso, por ejemplo, en esas 60 camisas y 25 pijamas que llevaba Ravel en su equipaje en el trasatlántico Le Havre. ¿Cree que el modo de vestir explica cómo es uno?
Por supuesto. Tu ropa es tu tarjeta de visita.
¿Y su modo de vestir cómo nos dice que es usted?
Introvertido, ¿no?
Como Ravel. ¿También usted es hipocondriaco?
Yo, moderadamente. Pero ése es un punto interesante: la caída de un personaje célebre en la enfermedad siempre nos acerca a él. Ravel estaba muy mal, verdaderamente mal, tenía un cuerpo muy frágil.
Usted consulta con paciencia monacal la correspondencia epistolar de sus personajes biográficos. Hoy casi nadie escribe cartas.
Ocurre como con todo: ¡antes era mejor! Lo de antes siempre era mejor. Ignoro cómo elaborarán en un futuro la biografía de la gente. Supongo que con tecnología. Prefiero no pensarlo. La correspondencia era una bellísima costumbre, pero me he hecho firme propósito de no alistarme a la nostalgia.
¿Qué se aprende con los años?
Que toda tu vida va a girar alrededor de dos pulsiones: la paciencia y la impaciencia. Son los dos motores con los que tendrás que trabajar. Y uno debe estar ahí, buscando el equilibrio entre los dos para no descompensarse.
Su personaje nos desvela un singular método contra el insomnio. Consiste en ir rememorando mentalmente todas las camas donde uno ha dormido. ¿Lo ha intentado?
No, pero tengo un amigo que lo hace y le aseguro que funciona. Mejor si consigue visualizar las camas por orden cronológico. Me parece recordar que ya salía una referencia similar en un libro de Perec.
Entonces, usted duerme bien.
Debo hacerlo, tengo la obligación moral, porque he hecho todo lo que quería y tengo todo lo que pude desear. Y me siento satisfecho porque lo he hecho siendo fiel a mí mismo, sin concesiones. No siempre ha sido divertido. Pero desde que era un niño quise vivir encogido en la literatura. Eso era todo. Eso ha sido todo.
En su novela Al piano, insistió mucho en el fenómeno del pánico escénico.
Siempre me ha fascinado el miedo de los intérpretes antes de su actuación. Las verdaderas razones del pánico escénico, que creo que son las mismas que las del miedo a la vida. Todos lo sentimos, casi nunca lo verbalizamos. Yo creo que por eso los intérpretes musicales son los seres más supersticiosos de la tierra, piense que se han montado todo tipo de estrategias para anular ese sentimiento de miedo. Y para aprender a vivir con ese miedo. Así me lo confió un gran pianista francés del que no puedo decir el nombre.
¿Nunca temió usted ante un papel en blanco?
Nunca. Yo escribo cada mañana, si la cosa marcha. Y si la cosa no marcha… hay que continuar escribiendo. Pero no es un susto existencial, como el de los actores antes del estreno, resultaría absurdo, porque cuando escribo estoy solo, no me mira nadie, pero lo que siento es un desespero parecido a la necesidad de volver a intentarlo, insistir hasta conseguir escribir la frase justa.
Echenoz es tan tímido que, en una ocasión, al cruzarse con Samuel Beckett, no se atrevió ni a saludarle. Y sin embargo, los dos compartían editor, Jérôme Lindon, el mismo que lo fue de Marguerite Duras, de Alain Robbe-Grillet o de Natalie Sarraute. El más tímido y púdico de varias generaciones de autores publicados por la mítica Editions de Minuit. “Ya sé que tachan mis libros de rarezas. Eso no todos los editores lo asumen. Yo juego desde la primera construcción de una frase con la música de las palabras. Adoro ese instante en que la frase ‘se burla de ella misma’ y me da igual si algunos describen mis metáforas como frías. La más estricta novela negra es mucho más glacial que cualquier cosa que yo pueda escribir.” Para entender a este escritor, nos advierten, no hay que contentarse con esta pequeña muestra, esta joya de Ravel, mínima como un suspiro; hay que leer mucho más de él.
¿Qué personaje de ficción le hubiera gustado crear?
El señor de Ballantrae, de Stevenson.
¿Y puede avanzar cuál es el personaje real sobre el que trabaja ahora? Me dicen que es usted muy supersticioso.
¡Nooo! Eso da muy mala suerte.






