28/10/2007

Cecilia Bartoli

"La ópera es libertad y sensualidad"

Texto de Núria Escur
Fotos de Uli Weber

A la cantante de ópera Cecilia Bartoli la definen como una virtuosa con una personalísima voz a medio camino entre la soprano dramática y la mezzo más lírica, pero sus fans la buscan por todo el mundo como si fuera una estrella del pop. Vende más discos de ópera
que nadie y acaba de presentar María, homenaje a la estrella del barroco María Malibrán

Esperamos en su casa de París, en una sala ocre y blanca, salina, monocromática, minimalista. Si la diva decidiera un día lanzarse por esta ventana neoclásica, se daría de bruces con la torre Eiffel. Pero no es lo trágico lo que le atrae. Bartoli es, por encima de todo, eminentemente vital. Durante la conversación no hablamos de su colatura “percutida y precisa”, como rezan las enciclopedias, ni de su timbre personal, ni de su admirado efecto dramático, ni de técnicas. Hablamos de sus deseos y sus miedos, de su pléyade de seguidores, de por qué se metió en el lío de redescubrir a la Malibrán. Sabe que muchos la consideran la gran sucesora de Maria Callas y que es la cantante de ópera que más discos ha vendido. Que es imitada y seguida. Adora el flamenco.
Predestinada para su oficio, hija del tenor Angelo Bartoli y la soprano Silvana Bazzoni y bautizada Cecilia como la patrona de la música, la Bartoli nació el 4 de junio de 1966 en Roma. Se la conoce especialmente por sus interpretaciones de Mozart y Rossini y otras obras más desconocidas de música barroca. Acaba de sacar a la venta María (Decca Universal), un trabajo que le ha llevado años de investigación sobre la figura de la mezzosoprano que fue musa de Rossini y Bellini. Un homenaje a María Malibrán, la estrella del barroco musical, que incluye sus arias predilectas.
Cecilia fue oficialmente reconocida a los 20 años, algo poco corriente en una profesión en la que la madurez vocal se alcanza alrededor de los 30. Había estudiado en el conservatorio de Santa Cecilia. A los 19, tras su aparición en un programa de talentos de la televisión italiana, el presentador Riccardo Muti la invitó a una audición en la Scala. Conoció a Karajan y Barenboim. En 1988 interpretó a Rosina en El barbero de Sevilla, en 1996 debutó en el Metropolitan Opera House como Despina en Così fan tutte y regresó al año siguiente con La Cenerentola, el papel que de algún modo ha quedado asociado a su carrera.
La Bartoli responde en el número 28 de la Avenue de New York, al lado de la cantina rusa del conservatorio musical Serge Rachmaninoff. Confiesa que no es muy dada a las entrevistas. De la virtuosa del repertorio barroco los expertos destacan su personalísima voz, a medio camino entre la soprano dramática y la mezzo más lírica. Ha sido Donna Elvira y Fiorilla en la ficción y Cavaliere de la República Italiana y Chevalier des Arts et des Lettres en la realidad. Conoce a Sonsoles Espinosa y sabe que es una “gran apasionada del bel canto”. Y añade: “Cuando los políticos aman la música es de gran ayuda para nuestra profesión, algo que no siempre ocurre”.

¿Cómo consigue una pareja, un tenor y una soprano, que su hija no aborrezca la profesión que ellos tanto aman? Porque a menudo, con esas pasiones profesionales, ocurre lo contrario.
Yo digo siempre que ya nací dentro de la ópera. Con tres años ya entraba al teatro. Como la Malibrán cuando iba de gira. Yo nunca pensé, al principio, en hacer una carrera de cantante lírica. Yo sólo quería cantar.

Recibió muchas clases.
De piano, de trompeta… Hasta que un día que recuerdo perfectamente, una tarde de domingo que llovía sin parar en Roma, mi madre, viéndome aburrida en casa, me dijo: “Vamos, Cecilia, vamos a probar a vocalizar juntas un poco”. Lo tomé como un juego. El deseo de mis progenitores era tener una hija dedicada a la música. Y yo descubrí, sorprendida, que me gustaba.

No siempre el poder ha visto con buenos ojos que las mujeres se profesionalizaran en la música. En el siglo XVIII, el Vaticano prohíbe la ópera y que las mujeres se dediquen a cantar. ¿Qué temían?
La sensualidad. La ópera es libertad y sensualidad. Y para la Iglesia, la música, como todo lo que implica libertad, era un peligro moral. Temían cualquier expresión del sentimiento humano porque podía cuestionar su poder y sus verdades absolutas. En aquella época, la voz femenina era considerada como un desnudo, como una ancla sensual.

Consideran un oprobio que cantaran las mujeres, pero, en cambio, permitían que cantaran niños de ocho años a los que castraban para mantener al pureza de su voz.
Claro, la historia de los castrati es muy significativa. Nunca se ha podido saber cómo era exactamente esa voz. Sólo existe una grabación de esos niños que cantaban en la capilla Sixtina, una voz muy extensa y muy parecida a la de mujer. Pero en un cuerpo de hombre, un cuerpo muy grande, con mucha capacidad para retener el aire. Por eso resultaba una mezcla tan especial, diabólica. ¡Los castrati eran las grandes divas de la época!

Acostumbraban a ser hijos de familias numerosas.
Los padres creían que así labraban un futuro para ese niño, a sus ojos el sacrificio que comportaba valía la pena. Les daba la posibilidad de que su hijo estudiara. Pero era terrible, porque sólo algunos conseguían una carrera. El resto quedaban mutilados para siempre.

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de: María Encina Cortizo | 29/10/2007
Como profesora de Musicología universitaria, lamento profundamente un reportaje con Cecilia Bartoli, en el que se podrían tratar tantas cosas, que se incurra en un error tan garrafal como situar a Maria Malibran en el BARROCO, y eso sucede dos veces, al comienzo, en la página 30, y en la siguiente página, la 31, tras, lo que es más grave, afirmar que "fue musa de Rossini y Bellini". Todo lo que he leído después ha perdido autoridad, al tratarse de alguien que ha escrito y alguien que, entiendo yo, ha corregido ese texto, y no sabe una palabra de historia de la cultura, cuestión que le inhabilita para transmitir información.
23 de noviembre
23 de noviembre
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