Ramiro Pinilla
Me pasma que los ejercitos vayan a misa antes de las batallas

Ramiro Pinilla tardó veinte años en escribir Verdes valles, colinas rojas. La novela es una historia del pueblo vasco en la que con ironía se toma el pelo a los vascos y a sus mitos, sean éstos raciales o patrios, en un esfuerzo literario titánico para, según sus palabras, “tratar de ordenar el mundo vasco, que hoy es muy caótico”.
Verdes valles, colinas rojas y lo que ha seguido después lo escribió en el pequeño cuarto de trabajo de la casa a la que se fue a vivir hace cincuenta años, en las afueras de Getxo, lo más aproximado al campo, dice, que encontró para su modesta economía. A través de la ventana que se abre frente a la mesa de trabajo se ve parte del jardín. Habla Pinilla, creo que en pasado más que en presente, de huerta y de gallinero. Un gato se estira al sol.
En las paredes del cuarto de trabajo hay una pintura, obra de la novia del escritor, en la que se ven unas casas rústicas. Una foto de sus tres hijos y retratos de El Gordo y El Flaco y de los hermanos Marx. Pinilla, hombre agradecido, asegura que nunca olvida a la gente que le ha hecho reír. En los estantes de la librería, libros con las cubiertas gastadas –“la querida colección Austral”– y pocas novedades editoriales. Mucho Dickens, del que Pinilla admira sobre todo sus personajes humorísticos y todo Faulkner. “Si la gente leyese, el mundo sería distinto”, opina Pinilla. Por no leer, comenta con retranca, no leen ni algunos críticos. Lo dice con conocimiento de causa: a él le presentó una novela un crítico que no la había leído.
¿Y usted lee novelas?
No. Creo que los novelistas no nos leemos entre nosotros quizá porque sabemos los trucos con los que están hechas nuestras obras. Sí me gusta releer a Dickens y a Faulkner y sobre todo leer ensayos y libros sobre antropología.
Tiene muchos vídeos de películas. ¿Es cinéfilo?
Sí. Mi narrativa está influida por el cine norteamericano de los años cuarenta y por la lectura de libros que han sido llevados al cine: La isla del tesoro, Rebelión a bordo, David Copperfield...
¿De dónde le viene su afición a la naturaleza y a la vida sencilla?
Es una pasión que tuve desde niño, pero un día, allá por los años cincuenta, cayó en mis manos un hermoso libro, Walden, o la vida en los bosques, de Henry David Thoreau, filósofo norteamericano que, además de tener grandes ideas, era un hombre práctico. Ese libro me ratificó en lo que en mí venía germinando: optar por la vida sencilla, elemental, en un mundo que va hacia el desastre, y al hablar de desastre no me refiero ahora al terrorismo sino a la forma en la que nos complicamos la vida. Se dice mil veces que la paz se encuentra en un río, en un desierto, en un bosque. Y es verdad, pero no lo practicamos. Nunca estamos en paz con nosotros mismos.
¿La paz se encuentra en la soledad?
Sí. El que no se teme a sí mismo se encuentra en paz en la soledad. Yo no temo a la soledad. Ahora estoy atravesando una buena época, tanto literaria como sentimental. Mis novelas se venden bien, y tengo una novia algo más joven que yo. No quiero más. Esa es la clave de todo: no querer más.
Pero, pese a que personalmente atraviesa una buena época, sigue creyendo que vamos hacia el desastre.
Yo, quizá no, pero el resto de la humanidad, sí.
Su admirado Thoreau era un rebelde.
Fue el inventor de la desobediencia civil y la practicó. Su libro es mi Biblia. Lo releo todas las primaveras porque es un libro sobre la naturaleza. A esta casa le puse el nombre del libro: Walden.
Faulkner ha sido un escritor fundamental en su vida.
Dos años antes de ganar el Nadal con Las ciegas hormigas escribí un libro bastante lamentable que defino como mi última novela de infancia. Se titulaba El ídolo. Siempre he sido un hombre de maduración lenta, bastante infantil en tiempos pasados, e incluso ahora, porque no quiero perder la inocencia, lucho por no perderla, pero ¿a qué se debió mi salto literario en poco menos de dos años? Se debió a que en ese tiempo leí mucho a Faulkner. Me hice con un lenguaje. Desde entonces siempre he sostenido que un lenguaje que se acomode a ti es básico para escribir. Las grandes muletas que me proporcioné para progresar en mi escritura fueron las lecturas de las novelas de Faulkner. De esas lecturas saqué la idea de lo que llamo lenguaje invisible. Un lenguaje que pase inadvertido para el lector.
Juan Marsé sustenta la teoría de que muchos novelistas más que narrar practican la prosa sonajero.
Es cierto.
Como Faulkner, también usted reinventa un paisaje en esta última novela, Verdes valles, colinas rojas.
Faulkner me fascinó por su elección de novelar siempre sobre un mismo escenario geográfico. Fue sin darme cuenta que empecé a escribir sobre Getxo, y Verdes valles, colinas rojas ha sido la culminación, el balance final en el que he reunido muchas cosas precedentes organizadas en forma de novela larga.
Estuvo veinte años recluido escribiendo más de dos mil páginas de esa novela. Avanzar a ciegas ¿no le hizo decirse unos días “lo que escribo es muy bueno”, y otros días “esto no vale nada”? ¿Cómo transitó tantos años, a solas con su escritura, entre el entusiasmo y la duda?
Siempre tuve grandes dudas a lo largo de la elaboración de esa novela. Creía en lo que escribía, pero dudaba de si conseguía organizar con armonía todas las piezas, para que éstas encajaran. Cuando acabé la novela, mi miedo era otro: pensaba que quizá no encontraría ninguna editorial que se atreviese a publicarla, dada su extensión y también por el hecho de que cuando la envié a Tusquets yo era un novelista olvidado.
¿La decisión de enclaustrarse fue dura?
No. Verdes valles, colinas rojas la empecé cuando los tres hijos volaron y me quedé solo. Ahora es la mía, me dije.







