José María Setién
"Hemos de hacer un esfuerzo para penetrar en la complejidad de ETA"

José María Setién nació en Hernani en 1928, en una familia que él mismo define de este modo: "De clase media más bien alta que baja. Liberal y religiosa. Mi padre era arquitecto. Tuvo su origen en un pequeño pueblo, Urnieta. En casa se hablaba vasco y castellano. No recuerdo que hubiese conflicto por el idioma".
Es un hombre que mide mucho las palabras. Las suyas y las del interlocutor. En el País Vasco toda palabra de más o de menos, todo matiz, lleva una carga ideológica. El ahora obispo emérito Setién es cordial, pero manteniendo cierta distancia. Intelectual con sólida formación jurídica, las ideas que expone no son de fácil lectura. Cuesta meterse en el meollo de los temas que trata, y de esos temas habrá quien se quede solamente con los aspectos que puedan inducir a creer en una cierta ambigüedad, obviando otros pasajes en los que Setién se muestra contundente: “La existencia de ETA es perjudicial para el País Vasco. De ella hay que decir que es un mal que debe desaparecer, incluso para buscar la justa solución al llamado conflicto vasco. Ha de imponerse, por ello, la necesidad de actuar eficazmente para que deje de existir, no sólo temporalmente, sino definitivamente”.
En su sobrio despacho en un barrio de la parte alta de San Sebastián, habla de la confusión en los años del franquismo entre paz, orden público y justicia; de la necesidad, por parte de la Iglesia, de intervenir ante todo tipo de vulneración de los derechos humanos, incluso a favor de los verdugos, y de ahí que en su libro escriba sobre el dolor de ETA, que es tanto el dolor de las víctimas como el de sus verdugos. Y recuerda, con su hablar pausado, un bolígrafo entre sus manos, que hace tiempo, en unas jornadas sobre sociología jurídica al servicio de los derechos humanos en los procesos de paz, él disertó sobre la necesidad de mesas de diálogo que buscasen solución para conseguir la paz, la normalización y la pacificación del País Vasco.
–Paz tras la eliminación de la violencia de ETA.
–Normalización en el modo de entender las relaciones entre el País Vasco y España.
–Pacificación como resultado de la paz y la normalización.
Dijo monseñor Setién al exponer entonces sus ideas, y lo sigue diciendo ahora en la mañana soleada del otoño espléndido que se filtra por las ventanas de su despacho, que “aceptar que el modelo de la relación política del País Vasco con España es un problema objetivo existente independientemente de la presencia de ETA en el escenario político del Estado español, habría de ser la única vía eficaz para excluir el tan temido fantasma del precio político que el Estado español, por dignidad y por el respeto debido a su condición de ser un Estado de derecho, no podría en modo alguno manifestar que estaba dispuesto a admitir.”
I. de sus tiempos como sacerdote.
Usted se formó como sacerdote en tiempos del llamado nacionalcatolicismo. ¿Le marcó?
Me marcó, pero no tanto en la época en la que estudié en el seminario de Vitoria cuanto en mi paso por Roma, donde completé mis estudios de Teología y de Derecho Canónico. Fue allí donde empecé a preocuparme por el tema de la libertad de la Iglesia, que tenía en esos momentos unos condicionamientos importantes en el ámbito sociopolítico, dado que el régimen de Franco pretendía establecer una especie de nacionalcatolicismo. Era una Iglesia que, aun así, quería ser libre en un contexto en el que se tenía que buscar una salida que a mí no me acababa de convencer, porque en el fondo se daba una especie de imposición por parte del Estado de un nacionalcatolicismo que chocaba con los principios evangélicos.
En ese contexto, frente al totalitarismo y el liberalismo, usted optó por el personalismo.
Sí. Estaba influenciado por el movimiento surgido de las ideas de Mounier y de la revista francesa Esprit, que tenía como preocupación fundamental dar una respuesta a la dignidad y derechos fundamentales de las personas, por encima de los intereses políticos de los pueblos. No se puede olvidar que el origen de la Segunda Guerra Mundial fue un enfrentamiento de poderes e intereses económicos y políticos. Frente a lo que era una política de intereses de los estados, yo consideré que lo importante era una política puesta al servicio de las personas.
¿Es por esa vía que se implica en el compromiso social?
En Vitoria tuve un profesor extraordinario que nos explicó la filosofía social y, a partir de la historia de la filosofía y de los sistemas políticos, nos inculcó que el totalitarismo, del signo que fuera, no era una forma de entender la convivencia de los ciudadanos en conformidad con lo que se debe exigir a partir de una idea religiosa del hombre y de su dignidad.
Ese choque entre lo temporal y lo espiritual ¿le provocó mucho desgarro interior?
Sí. Y lo viví intensamente. El nacionalcatolicismo creó un problema no sólo por las relaciones Iglesia-Estado, sino también por la incidencia que esa relación tenía en la vida político-social. Una Iglesia que podía sentirse más o menos defendida por el régimen de Franco porque sus derechos como sociedad eran reconocidos vivía al mismo tiempo consciente de que tenía una doctrina sociopolítica apoyada en los derechos humanos, individuales y societarios, que de hecho no eran reconocidos por el Estado. El conflicto no era tanto por las relaciones Iglesia-Estado cuanto por los problemas que suscitaba a una Iglesia comprometida con un Estado al que le vinculaba su carácter nacional-católico, la cual por otra parte entraba en conflicto con su propia doctrina, opuesta a la que trataba de instalar el régimen de Franco.
II. el obispo entre dos fuegos
Esa postura ¿cree que en algunos ámbitos creó una idea errónea sobre usted?
El hecho de hablar de la fidelidad a las exigencias de mi fe religiosa e implicarme en cuestiones de tipo político se consideró una intromisión en un ámbito que no era el mío. Se dijo, desde algunos sectores, que el ámbito religioso no tenía nada que decir sobre problemas temporales.
Y usted cree que tenía derecho.
El problema radica en descubrir que la presencia de la Iglesia en ámbitos temporales no es algo añadido a la finalidad propia de la Iglesia. Porque una Iglesia que trata de ofrecer un modelo de hombre que deriva de la fe, y busca como fin último la salvación de la persona, debe ver en ese hombre una dimensión pública, individual y ética, de la que no se pueden separar. Eso hace que la dimensión ética del mensaje cristiano afecte a lo privado y lo público; a lo social en sus múltiples manifestaciones. Cuando esa intervención, exigida por la fidelidad a la concepción del hombre salvado del pecado, entra en conflicto con intereses de orden económico, político y social, hay gente que se considera afectada por la presencia de la Iglesia en el mundo de lo social, y eso provoca una reacción de rechazo, de repulsa, que se concreta en la frase: “Este señor se mete en cuestiones que no son las suyas”.
¿La conexión PNV e Iglesia les ha hecho vivir un drama a causa de ETA?
En mi libro hago referencia a la carta que el año 1960 escribieron treinta y tres sacerdotes vascos. Esa carta refleja que los firmantes estaban, en sus opciones o sentimientos políticos, mucho más cerca del PNV que del régimen de Franco. Era normal esa proximidad, pero lo grave del tema es que se tiene del nacionalismo una visión unitaria y homogénea. Y ésa no es la realidad.
La carta reflejaba que los sacerdotes firmantes eran un clero a disgusto con el Estado y con su propia jerarquía.
Y así era. Hay que tener en cuenta que los obispos del País Vasco eran nombrados por el régimen, tras superar un filtro de fidelidad. En cambio, el clero se oponía al régimen no en virtud de una opción nacionalista política sino por su falta de respeto a los derechos fundamentales que afectaban al legítimo ejercicio y desarrollo de una identidad socio-cultural. Eso afectaba a toda España, no sólo al País Vasco. Si los obispos aparecen impuestos por el régimen franquista y al mismo tiempo han de ser defensores de los derechos fundamentales que son conculcados por el Estado, es normal que se produzca una reacción, creo que respetuosa, pero al mismo tiempo firme, afirmándose que no pueden ser considerados como parte de un pueblo cuyos derechos fundamentales en el ámbito sociopolítico no están suficientemente reconocidos por una autoridad que se considera fiel a la doctrina de la Iglesia.
Haga autocrítica: en sus años como obispo de la diócesis de San Sebastián, ¿se ha mantenido siempre disponible y fiel a toda su feligresía?
Todo aquel que ha querido hablar conmigo ha encontrado la puerta abierta. Por mi despacho ha pasado todo tipo de gente, y en las parroquias que he visitado he mantenido contactos con vascos y también con gentes a las que, en términos culturales, podríamos definir como españoles. Las acusaciones de ambigüedad, de parcialidad, que se han hecho a la Iglesia vasca, a sus obispos, y concretamente al obispo Setién, son absolutamente falsas.
Algunas de esas acusaciones reconoce en su libro que le hicieron daño.
Es cierto. He procurado ser siempre fiel a mi propia verdad y ésta no es ni la verdad de un nacionalismo que va más allá de lo que puede ser el debido respeto a las personas –ETA es el caso más claro– ni el silencio ante la vulneración de los derechos humanos, venga de donde viniere. Mi referencia, mejor o peor entendida, ha sido siempre la doctrina social de la Iglesia, y nadie me ha demostrado que lo que he dicho o hecho fuese contrario a esa doctrina.
Reflexiona en su libro sobre la palabra amor, a la que define como hermosa y en ocasiones vacía de contenido.
Es la palabra más hermosa, pero también es utilizada en el sentido de que el amor no es servido sino que se hace servir para intereses diversos. En cuanto bajo el nombre de amor se ocultan intereses, bien sea económicos, políticos o de otra naturaleza, la palabra pierde su verdadero contenido. Es una tentación que se da en todos los niveles de la vida.
¿Es usted partidario de la autodeterminación?
Partidarios lo somos todos. El problema radica en definir el contenido que se quiere dar a esa palabra, ya que existen distintos niveles de autodeterminación. Puede entenderse como algo absoluto, pero no tiene por qué ser necesariamente así. Si España quiere pertenecer a la Unión Europea, debe limitar su capacidad de autodeterminación. ¿Es una ofensa a la soberanía de España? No. Es una aceptación de las reglas del juego. A lo largo de la historia, las mismas pretensiones que actualmente se suelen aducir para fundamentar una absoluta autodeterminación del País Vasco respecto de España no lo fueron en las épocas de afirmación de tipo foral más rigurosas. Algunos historiadores dicen que la afirmación de la autodeterminación del PNV consistía en la negación de cualquier pretensión de intervención de España sobre lo que había sido reconocido como una competencia foral.
Resumiendo...
Como toda persona que defiende la libertad del individuo, grupos e instituciones, soy partidario de la autodeterminación. ¿Se infiere de esa afirmación que la autodeterminación es para mí una figura rígidamente establecida, temporalmente inmutable, que se tiene que dar en todas las circunstancias? No. La utilización rígida de los conceptos de una manera interesada, sobre todo en el ámbito de lo político, es perjudicial para el mutuo entendimiento y para la solidaridad entre los pueblos.
Ironiza en su libro sobre el hecho de que hay quien dice que a la Iglesia vasca no le corresponde hablar de este tema, pero en cambio sí habla la Iglesia española...
Lo mantengo.
Dice también que no existe un pueblo vasco unitario y homogéneo.
Y así es.
III. reflexionando sobre eta
Y si no existe ese pueblo vasco unitario y homogéneo, ¿en nombre de quién actúa ETA?
Es una cuestión que no se puede resolver solamente desde la perspectiva de nacionalismo de ETA. Es un error. Hemos de aceptar que ETA es una realidad compleja que está ahí y es como es. Y hemos de hacer un esfuerzo para penetrar en esa complejidad. Sólo así podremos acabar con el problema que ETA es.
¿A qué conclusiones ha llegado tras reflexionar sobre la complejidad de lo que encierra el fenómeno ETA?
ETA no es sólo un conjunto de personas que para el logro de sus objetivos utiliza la violencia. Es algo más. ETA necesita penetrar en ámbitos culturales, sociales, económicos... Por eso se abre a otros frentes de lucha.
El militar uno de ellos.
Efectivamente. El militar es uno más de esos frentes. El más dramático. El problema radical que plantea ETA es saber adónde quiere ir. ¿Hacia el objetivo de lo que denomina liberación nacional? Y de ser así, esa liberación nacional qué es y en función de qué se recurre a ella.
¿Qué es, según usted?
Eso es lo que se trata de saber. Lo que sabemos es que la dialéctica propia del marxismo está dentro de ETA y que sería una equivocación quedarse en una liberación puramente nacional. El desarrollo de ETA, que yo he vivido, me ha hecho ver con claridad que sus objetivos nacionalistas no son los últimos. ¿Se conforma ETA, en su estrategia a largo plazo, con lograr un Estado nacionalista independiente? Dentro de su ideología marxista, la liberación nacional no es su último objetivo. Sí puede ser una exigencia estratégica a medio plazo, y creo poder decir que ni siquiera todos los que dentro de Herri Batasuna se sienten más o menos próximos a ETA comparten su estrategia a largo plazo entendida como liberación socialista. De ahí otro error al analizar el problema de la violencia. No se puede decir que como Herri Batasuna es nacionalista y ETA lo es, todo simpatizante de Herri Batasuna está a favor de la violencia. Como tampoco se puede definir a Herri Batasuna como la izquierda abertzale nacionalista. Aralar también forma parte de esa izquierda abertzale y nacionalista. Y Aralar rechaza la lucha armada.
¿Qué actitud debe tener hoy la Iglesia vasca respecto a ETA?
Una cosa es que se pueda y se deba condenar rotundamente a ETA y otra cosa distinta es pensar que todo lo que hace ETA es intrínsecamente malo por estar viciado de origen. La preocupación de ETA por el desarrollo del euskera es una realidad que no se puede negar, y decir que eso no está bien sería equivocado.
¿Qué opinión le merece la actitud de PSOE y PP ante el terrorismo?
Que es muy bonito decir que no se puede hacer bandera electoralista del problema del terrorismo y luego no parar de utilizarlo.
¿Confió usted en un alto el fuego definitivo?
Dije, tras las palabras de Zapatero anunciando que abría una negociación, que todos acogíamos con ilusión las perspectivas del fin de la violencia, pero que era necesario ver las dificultades objetivas con las que se encontraría la negociación. Opinaba entonces, y sigo pensando lo mismo ahora, que si esas dificultades objetivas no eran objeto de un estudio profundo, se romperían las negociaciones. Y así fue.
¿La mayor de esas dificultades?
La exigencia de que la mesa de la paz respetara las decisiones de la mesa política de la normalización.
¿Es partidario de dos mesas para solucionar el problema vasco?
Llámense mesas o como se quiera llamar, se han de afrontar las dos dimensiones del problema. Porque pacificación y normalización son, en la realidad objetiva, dos problemas distintos. Con ETA o sin ETA, la normalización es un problema por resolver. El conflicto vasco no ha sido creado por ETA, y lo peor que le puede pasar a un País Vasco que quiera buscar una solución a largo plazo es que se confunda lo que es un problema del País Vasco con lo que es imposición de ETA. Eso sí sería bailar al ritmo de lo que quiera ETA.
En Limones amargos, Lawrence Durrell escribe que el genio perverso del terrorismo está en que, amén de matar, quiebra la tenue cadena de confianza sobre la cual se basan las relaciones humanas, y eso el terrorista lo sabe.
Es cierto. Lo perverso del terrorismo es que mata a personas, extorsiona a empresarios, pone dificultades para compartir una vida en paz y de ahí la quiebra de lo que usted dice o define como tenue cadena de confianza sobre la cual se basan las relaciones humanas y sociales.
¿El título del libr engendrará polémica?
No debería. Puse “ante” y no “contra” ETA porque no basta actuar contra sino que hemos de plantearnos cómo situarnos y qué hacer ante ETA.
¿Y sobre el dolor de ETA?
Escribo que el mal que ha supuesto para el pueblo vasco la existencia de ETA está en el origen de un dolor producido por ella, que no puede ser olvidado sin más, como si nunca hubiese existido. Es un dolor que perdura y que, en cuanto es fruto de la injusticia, exige una reparación en la medida en que sea posible. Pero también existe el dolor y el sufrimiento de la misma ETA, en forma de torturas, asesinatos, de un cierto terrorismo de Estado, dispersión de los presos... La expresión “dolor de ETA” no es ambigua, tiene contenidos diferentes: el amor, la compasión de la Iglesia, debe llegar a todos los que sufren.
A los familiares de las víctimas del terrorismo de ETA no les debe de ser fácil asumir el dolor de la otra parte.
El perdón por parte de las víctimas es fundamental para la reconciliación. Y la Iglesia puede y debe jugar su propio papel.
Para llegar a ese punto de reconciliación entre víctimas y verdugos opina usted que será necesaria paciencia histórica...
… tanto más sólida y constante cuanto mayores hayan sido las rupturas provocadas en la convivencia social por los conflictos vividos.
Acabada la entrevista, me he asomado a la Concha. Aquí me dijo una mujer, acodada en la balaustrada cuando todos creíamos que la paz iba en serio, que éste era un hermoso país para vivir si no se matase. Mirando el mar, he recordado el final de las palabras de Lawrence Durrell en Limones amargos: el objetivo principal del terrorismo no es la batalla sino conseguir que la represalia contra sus propios agravios, los del terrorista, se abata sobre la comunidad en general.






