09/12/2007

Naomi Klein

"La declaración de derechos humanos se ha convertido sólo en un sueño"

Texto de Núria Escur
Fotos de Txema Salvans
La periodista y escritora  Naomi Klein  se ha convertido en la imagen de la antiglobalización, la voz que advierte de que los intereses de las grandes multinacionales no coinciden con los derechos y las necesidades de los ciudadanos. Su libro No Logo la aupó a la fama y desde entonces es la portavoz de la información contracorriente, la que, afirma ella, los gobiernos no quieren que se sepa

Las columnas que escribe en The Guardian y The Nation se siguen en todo el mundo. Su No logo, esas Notas desde la trinchera, pusieron patas arriba la teoría de las virtudes de la globalización justo unas semanas después de las manifestaciones de Seattle, en noviembre de 1999. La coincidencia editorial la catapultó a la fama.
Y todo reencarnado en apenas una adolescente tozuda de rasgos armónicos que un día empezó a desconfiar de lo sospechoso que era que las multinacionales como Benetton abrazaran causas sociales por puro altruismo. Desde entonces su nombre viene asociándose a replanteamiento, altermundismo y provocación. Efectiva, resuelta, resignada a su destino mediático, a sus 37 años esta profesora de la London School of Economics y coautora del documental The Take, se muestra como una singular mezcla de empatía y desconfianza. Mira más allá de la puerta, debajo de la mesa, por el agujero de la escalera. Por fin, cuando fija su mirada, sólo, en el fondo del café, parece que se relaja. Y entonces se la entiende. Tan acostumbrada está a desvelar conspiraciones que parece temer que le tiendan una trampa en cada esquina. O en cada conversación.
En el libro que ahora presenta,
La doctrina del shock (Paidós en castellano y Empúries en catalán) explica cómo lo que entendemos por capitalismo, el capitalismo salvaje como le llaman los franceses, nos está devolviendo a la barbarie. De qué zafio modo una catástrofe natural como el huracán Katrina puede ser aprovechado por seres humanos que actúan como aves carroñeras. O cómo durante el tsunami del 2004 en Sri Lanka, poderosos grupos empresariales del sector turístico se dedicaron a echar a los pescadores de sus casas cerca del mar para colocar ahí sus macrohoteles sin ningún tipo de escrúpulo. Y detalla, por ejemplo, cómo en los centros de tortura argentinos nacieron más de quinientos niños que fueron inmediatamente reclutados, según un plan prediseñado, para formar una nueva generación de ciudadanos modelos. Nada demasiado lejos de los laboratorios del horror, esos experimentos nazis en pro de la pureza de raza.
Klein y su legión de seguidores denuncian el peligro del capitalismo integrista, el ascenso del capitalismo del desastre y su capacidad para manipularnos a todos sin que apenas nos demos cuenta. A punto de iniciar la conversación, fija su mirada en los pies de la chica que calza unas All-Star rojas: “¡Es un color fantástico, combina con la portada de mi libro!”.

¿Y usted cuántas etiquetas lleva encima?
Todo canadiense, sólo ropa canadiense.

La doctrina del shock es un libro coral. No lo hubiera podido escribir sin un equipo de buenos informadores. ¿Quiénes son sus gargantas profundas?
Es cierto, éste ha sido un hijo de muchos. Y hemos aprovechado una tradición muy común en América Latina, una técnica cercana a Eduardo Galeano, que es escuchar al débil. A veces me he limitado a levantar la alfombra de las verdades que el gobierno nos oculta. A buscar la versión no oficial. Tengo investigadores repartidos por todo el mundo, y una bibliotecaria personal que trabaja conmigo desde los tiempos de No logo. Es por eso que el libro da tanto miedo…

¿Porque presenta la versión no oficial?
Exacto. Que se sepa la versión que nos esconden a los ciudadanos es lo que más horroriza a cualquier gobierno. Versiones ocultas, al menos en Occidente. Un director de periódico, que lo fue durante la matanza de Tiananmen, aún está enojado conmigo porque usé fuentes chinas fiables cuando él era el único periódico chino, en inglés, que trataba el tema oficialmente. Me lo salté, vaya.

¿Qué cree que es lo que va a levantar más ampollas? ¿Qué va a incomodar a los poderes fácticos capitalistas?
Lo que más molesta a los poderosos es la comparación que hago entre la tortura y la terapia de choque, que es un invento capitalista. Cómo les implico en el capitalismo del desastre. Cuando hablo con economistas de la derecha, me preguntan, irritados: “¿Cómo puedes comparar esas dos cosas, nuestras teorías y la tortura?”. No se dan cuenta de que ese paralelo lo han inventado ellos.

Uno de los casos más esperpénticos que usted explica es el de Gail Kastner. Torturada por la CIA en lo que parece una desprogramación cerebral similar a la de una secta. ¿Qué ha sido de ella? ¿Cuánta gente podría haber pasado por ese mismo infierno?
Centenares de personas. Centenares han sido objeto de experimentos científicos a manos de los gobiernos con gente que todavía está viva hoy. Sigo en contacto con Gail y su familia. Yo hubiera querido que viniera conmigo a presentar el libro. Pero su salud era demasiado frágil. Sigue muy deteriorada neurológicamente. En su lugar me llevé a su hermana, y ochocientas personas le aplaudieron.

¿Qué es lo que más le impactó de lo que le dijo el público cuando firmaba usted el libro?
Se acercaron tres mujeres que hoy  tienen alrededor de ochenta años y me dijeron al oído: “Nosotras también somos supervivientes de ese horror”. Habían pasado por el mismo sometimiento: descargas, medicación, abandono. Para muchos es la primera vez que queda claro por qué se hicieron estos experimentos. Antes sólo les llamaban torturas; ahora tenemos la experiencia de Guantánamo y sabemos que el objetivo es dañar algo más que un cuerpo de prisionero, es dañar su intelecto para moldearlo.

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de: Xavier Serra | 09/12/2007
Excelente entrevista. Compraré el libro. Sin embargo, los hijos no vienen a este mundo con una finalidad de los padres ("dado el caso, supongo que me gustaría educarlos [a mis hijos] en la lucha por la justicia social") sino con una finalidad más elevada: la justicia social es una óptima idea pero la trascendencia lo es más.
23 de noviembre
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