Yasmina Reza
"Me interesa el mecanismo del poder en un hombre"

La escritora, en el avión de Sarkozy, durante la campaña electoral de marzo del 2007
Su título tampoco lleva comas: El alba la tarde o la noche.
No quise. Porque quería explicar que en la vida de un político no hay tiempo ni para poner una coma. No hay pausa, no hay posibilidad de respiro. Su vida es una secuencia de cine.
¿Sabría definirme en qué consiste la erótica del poder? ¿Todos los políticos que ha conocido tenían algún punto en común?
No. Simplemente, los políticos se dividen en dos: la bestia política y el político mediocre. La misma diferencia que uno puede detectar entre Arthur Rubinstein y el profesor de piano del barrio. No es lo mismo.
Usted no quería escribir un libro sobre Sarkozy. En realidad quiso escribir un libro sobre G., a quien se lo dedica. ¿Quién es G.?
Un político de gran nivel. Pero no le diré el nombre. Me interesaba el retrato de un hombre en busca del poder. Y una cosa que me interesa profundamente, en todo lo que escribo, es cómo los hombres habitan el tiempo. No pudo ser con G., pero él me permitió llegar hasta S.
¿Y cómo consumen ellos el tiempo?
Lo devoran. No tienen capacidad de disfrutarlo. Viven en una tensión permanente.
¿Se sintió defraudado S. cuando supo que, en realidad, el libro era para G.?
Muy defraudado. Le dije que él encarnaba el modelo que yo quería investigar. Pero, como es muy posesivo, tuvo un pequeño disgusto.
¿Qué es lo primero que le dijo Sarkozy después de leer su libro?
Nada. A mí, nada. He sabido, luego, que dice que no es un libro sobre él. Que es un libro sobre mí.
¿Lleva razón?
Sí, debo reconocer que sí. Todo retrato es un modo de autorretrato.
¿Le sorprendió algo en la vida de Sarkozy?
Era como me esperaba. Tal vez me sorprendió la dureza de la vida del político. Sabía que era árida, muy árida, pero no hasta ese punto.
Les admira porque juegan fuerte.
Muy fuerte. Y sí, eso me emociona. Los políticos apuestan fuerte y son, al mismo tiempo, el jugador y la apuesta. Mucho más que en cualquier otra profesión. Se lesionan ellos mismos, se atacan. Y no tienen ninguna protección, como nosotros, los creadores, que siempre tenemos un libro o un cuadro tras el que escondernos. Ellos están solos y en primera fila.
Transmite usted un Sarkozy tozudo, que cojea, que mantiene su sangre fría en los debates. Que escucha, pero acaba haciendo lo que quiere. Muy fuerte, políticamente, y como un niño, en cuanto a sentimientos.
Absolutamente. Es un hombre brillante, capaz de alcanzar el poder, pero en la vida doméstica y en las cosas del amor es tan tonto como el resto de los hombres. Esa es la impresión que tuve de él. Y que se verifica ahora. Eso me produce una tremenda ternura.
“Por la noche tienes tiempo de estar triste”, escribe usted.
A mí me ocurre. A ellos, no. Tras la rutina diaria, los políticos no pueden parar, llega su noche y se duermen. Para ellos la noche es la muerte. Estos hombres nunca tienen tiempo de estar tristes.
¿Y las mujeres políticas? ¿Su retrato hubiera sido distinto?
Creo que, llegados a cierto nivel, mujeres como Merkel, Clinton o Royal acaban siendo exactamente igual que ellos. Se dejan llevar por las mismas pulsiones. No tienen tiempo de ser mujeres normales.
Entonces no las envidia, supongo.
Nooo… para nada. Lo único que envidio de ellos es que no tengan tiempo de estar tristes. No piensan, no sufren. En un sentido existencial, su día a día es como una diversión continua. Y usted ya debe de saber que yo, precisamente, tengo una visión trágica de la vida.
¿Qué se ama más, un hombre o un libro?
Un… a ver, déjeme… un hombre, un hombre.
Cuando se escribe un libro, también se despierta uno a media noche. Se piensa en él a todas horas.
Pero un libro absorbe menos que un hombre. Un hombre te puede vaciar.
¿Por qué dice que escribe como un hombre?
Es difícil de explicar. Pero lo reconozco. Cuando escribo soy un hombre. Yo lo sé, lo noto, pero no sé la razón. Tal vez me asalta la sensación de que escribir como una mujer es escribir peor.
Eso le valdrá enemigas.
Sé que la escritura no tiene sexo. Pero, curiosamente, es más fácil esconderse detrás de un hombre. Así la gente no pierde el tiempo pensando que eres tú y que lo que dices te ha ocurrido a ti. Es una protección.
Odia el punto de vista femenino.
Es algo que no me interesa para nada en la literatura. Yo escribo desde un hombre, pero no para un hombre. Yo creo personajes femeninos en el teatro, pero no escribo desde lo femenino.Cuando terminemos esta entrevista, usted tomará un avión con destino
a París y se reunirá con Isabelle Huppert, la actriz que encarna su última protagonista teatral.
Dos matrimonios. Uno de los hijos le rompe los dientes al hijo de los otros. Los padres empiezan mostrándose muy pacientes, civilizados, conciliadores… y tanta paz degenera… en una carnicería.
¿Recuerda cómo definió una vez a una mujer inteligente, entre Spinoza y Chanel?
Sí, sí, creo recordar que dije que era aquella capaz de hablar con pasión de Spinoza y, a los cinco minutos, de su marca de pintalabios. ¿Y sabe? Yo le podría hablar más y mejor de un pintalabios que de Spinoza. ¿Por qué voy a ocultarlo? ¿Por qué algunas mujeres se obsesionan en querer intelectualizarse porque lo frívolo les parece de poca categoría? La vida, nuestros gestos, están llenos de frivolidad.
¿Le molesta la imagen del intelectual?
Me molesta que se fuercen a ello. No sé si ocurre así en España, pero en Francia, el literato, el actor, el director de cine, quiere ser considerado como un intelectual. Y eso es algo que no entiendo. Me intriga y me preocupa mucho. Porque a veces lo artístico es intrínsecamente opuesto a lo intelectual.
¿Qué aleja al artista del intelectual?
Lo artístico te hace vivir de modo contradictorio, loco, rebelde, distinto, con dudas, con lagunas… Lo intelectual, en cambio, aspira a darte respuestas sobre todo, a poner puntos finales. Ya ve, dos mundos opuestos, en realidad.
Si alguien le dijera que Shakespeare ya lo dijo todo en teatro, ¿qué respondería?
Que eso es una estupidez. Cierto, ese genio explicó todos los sentimientos humanos. ¡Pero no cerró la última puerta de la literatura! Del mismo modo podríamos decir que Sófocles también lo dijo todo, incluso la Biblia lo dijo todo. Pero el estilo, los modos de abordar los temas eternos, son inacabables.
¿Qué le hubiera gustado escribir?
¡Chejov entero! Lo adoro. Y Largo viaje hacia la noche, de Eugene O’Neil.








