Isabel Allende
"Siento que hay una especie de soplo divino, pero no me gusta la palabra Dios”
el drama personal que volcó en Paula, ha sabido adentrarse en muy distintos géneros. Ahora vuelve a los recuerdos con La suma de los días

Isabel Allende, en casa de Carmen Ballcells, durante la sobremesa
Un día de 1981, Mario Lacruz, director literario de recuerdo inolvidable, aparentemente adusto y en verdad un hombre tierno, empezó a leer una novela que arrancaba con un párrafo en el que se narraba cómo Barrabás llegó hasta la familia por vía marítima, según la anotación de la niña Clara. Lacruz siguió leyendo con cierto escepticismo la historia del perro anatómicamente mitológico que con el paso del tiempo fornicaría con las patas de un piano. La novela iba firmada por una joven autora chilena: Isabel Allende.
“Otra que quiere imitar a García Márquez”, se dijo el gran lector que era Lacruz. Su instinto literario le impulsó, sin embargo, a seguir leyendo. Olfateó que, más allá de las influencias del autor de Cien años de soledad, ciertas, en las 380 páginas de La casa de los espíritus, que ese era el título, cohabitaba un mundo personal: el de un tío aventurero y soñador y una hermana que, de haber tenido cola de escamas, hubiese semejado una sirena; un abuelo paternalista y violento y una nieta a un mismo tiempo dulce y rebelde; un paisaje y una hacienda en la que capar cerdos y ver pelearse a los gallos eran las únicas distracciones al margen de practicar la violencia sexual bajo los eucaliptos o en una cama que era como un velero. En suma, un mundo que entroncaba, con voz propia, con el realismo mágico imperante aquellos años. Mario Lacruz acertó. Plaza & Janés editó La casa de los espíritus, y un año después, de eso hace ya 26, me senté ante Isabel Allende mientras su novela irrumpía con fuerza en el mundo literario.
Tras La casa de los espíritus llegaron muchas obras más. Es una autora que ha tocado prácticamente todos los géneros: las novelas juveniles, las históricas, las de aventuras y las memorias. El cuerpo le pide de vez en cuando el cambio de registro sin dejar de ser ella y sin perder la fidelidad de sus lectores, aunque ahora, tras muchos años residiendo en Estados Unidos, cree que la influencia del inglés tiene incidencia en su forma de escribir y ya no puede hacerlo como al principio, con frases largas, muchos adjetivos y el estilo barroco que en sus primeros libros fueron su ADN para identificarla literariamente.
Si La casa de los espíritus, su primera novela, era, según sus propias palabras, una caja de Pandora que nacía de un deseo de explicar un pueblo, un continente, una historia, un clamor de reconciliación, la última, La suma de los días, surge a partir de una conversación telefónica con Carmen Balcells, para Isabel Allende madraza más que agente literaria:
–Escribe unas memorias, Isabel –le aconsejó Carmen.
–Ya las escribí. ¿No te acuerdas? –le respondió Isabel.
–Eso fue hace trece años.
–A mi familia no le gusta verse expuesta, Carmen.
–Tú no te preocupes de nada. Mándame una carta de doscientas o trescientas páginas y me encargo de lo demás. Si hay que escoger entre contar una historia y ofender a los parientes, cualquier escritor profesional escoge lo primero.
–¿Estás segura, Carmen?
–Completamente, Isabel.
La primera vez que nos vimos me dijo que escribía para tratar de evitar que los recuerdos los borre el viento. Por aquel tiempo, 1982, Isabel Allende era una exiliada negada para el ganchillo o la elaboración de una humilde tortilla de patatas. Contaba que al dejar Chile tras el golpe militar se llevó con ella una bolsa de tierra en la que en el exilio venezolano plantó un nomeolvides que creció más en su corazón que en la maceta.
Dos años después, en 1984, volvimos a sentarnos frente a frente. Isabel Allende era ya era una escritora traducida a varios idiomas y con De amor y de sombra trataba de repetir éxito. Lo tuvo, pero cuando le dije que su primera novela me había gustado más, ella me respondió que no tenía opinión al respecto porque para una autora preguntarle cuál de sus libros le gusta más es como pedirle que nos diga qué hijo prefiere.
Ahora es una mujer que afronta la entrevista con seguridad. Son muchos años de experiencia. Te mira a los ojos, coquetea con el magnetófono y con el objetivo del fotógrafo. Ya no responde a las preguntas bajando la vista mientras con su dedo índice va dibujando imaginarios contornos sobre el mantel. Pero, igual que entonces, sigue diciendo que el amor y la violencia son dos temas que están muy dentro de ella .
La joven debutante que miraba con ilusión su futuro literario hoy es una mujer madura que mira con serenidad lo que define como “el descenso del cerro”: “En la profesión de escribir, como en todas las profesiones, uno llega a la cumbre del cerro y luego empieza a bajar. La cuestión está en saber darse cuenta de cuándo empiezas a decaer para así saber retirarte a tiempo”. Mientras llega ese día no quiere hablar de otro epílogo distinto al que cierra su última obra: “Fin (por el momento)”.
¿Cuánto y cómo ha cambiado su vida en estos años?
Ha cambiado completamente. Cuando nos conocimos, hace 26 años, yo trabajaba en una escuela en Caracas y me ganaba la vida difícilmente tras doce horas de trabajo diarias. Cuando escribí La casa de los espíritus me empezó a cambiar la vida. No inmediatamente, pero ya al tercer libro pude dejar el trabajo que tenía y dedicarme solamente a la escritura. Ese cambio en mi vida no fue sólo laboral. En el ámbito personal me dio una voz, me permitió expresarme en mis propios términos. Creo que en muchos aspectos he dejado de ser la persona que usted conoció entonces. Los años suman.
En La suma de los días escribe que no falta drama en su vida y le sobra material de circo para escribir. Leyendo el libro, uno no puede menos que corroborarlo.
Mi vida es increíble.
La muerte de su hija ocupa un espacio fundamental en esa vida.
Justamente después de que Paula muriese tras un año de agonía desapareció la hija de Willie, mi marido. Suponemos que murió, pero no quedó rastro alguno de ella. Dejó una niñita recién nacida, prematura, y a todo eso se sumó una bancarrota de Willie –que de anteriores matrimonios tenía tres hijos adictos a las drogas–, el divorcio de mi hijo tras descubrir que su esposa era lesbiana... Pasamos cinco años pésimos, y cuando ahora miro hacia atrás me pregunto: ¿cómo sobrevivimos a esos años? Había material sobrado para poder escribir este libro, que no podía ser una novela porque había demasiado material para una novela.
Agua, cielo, cerros y bosque. ¿Es ese su paisaje ideal?
Sí. Es el del norte de California, en torno a la bahía de San Francisco.
¿Sigue creyendo que su hija murió por negligencia médica?
Sí, pero no le echo la culpa a nadie. Creo que son accidentes que suceden. Se sumaron una serie de coincidencias negativas que terminaron produciendo daños graves en el cerebro de Paula. Cuando me la entregaron, mi hija estaba en estado vegetativo.
¿Le cuesta creer que estar en coma vegetativo es no darse cuenta de nada?
Según los médicos, el paciente que se encuentra en ese estado no percibe, no siente nada. Yo nunca tuve una respuesta de Paula. De ninguna clase. Trataba de ver en el fondo de sus ojos si había alguna respuesta a mis caricias o a mis palabras. No encontré nada. Pero creo que su espíritu seguía en ella, la animaba. Tras su muerte, he tratado de mantener vivo su recuerdo, su imagen, el trabajo que ella hizo... Para mí, Paula no está completamente muerta.
Es curiosa la relación que a veces se mantiene con muertos a los que se ha amado. La viuda de Salvador de Madariaga me contó, paseando junto a un lago suizo, que hablaba con su esposo y este le daba respuesta a cuestiones que le planteaba. Y en sus memorias, Elias Canetti escribe que la viuda del compositor Alan Berg hacía lo mismo. Y algo semejante me dijo Teresa Pàmies, autora de un libro bellísimo, Informe al difunto, dedicado al que fue su esposo. ¿Qué complicidad se establece en ese tipo de conversaciones?
Sin duda es un ejercicio de imaginación, porque nunca he visto el fantasma de Paula ni he oído su voz, salvo en sueños. Pero sí es cierto que a veces veo signos que me parece que son respuestas. Me formulo una pregunta y, de alguna manera, pasa algo ese día que me trae una respuesta que interpreto como una señal. Por eso digo que cuando hablo con Paula siempre lo hago como si ella me escuchara, aunque ella no está ni me responde. Le hablo a Paula como le hablo a mi madre, que vive en Chile, tiene 87 años y a la que escribo todos los días. No la veo, pero sé que está. A Paula tampoco la veo, pero sé que está en alguna parte.
¿Escribir sobre la muerte de su hija fue una experiencia positiva?
Para mí, sí.
¿Y para sus lectores?
Por eso fue precisamente una experiencia positiva para mí: por la reacción de la gente. De todos los libros que he escrito, creo que ya son 18, el que ha tenido mayor respuesta de los lectores ha sido Paula. Recibí y recibo muchas cartas, y el ochenta por ciento de esas cartas son por Paula.
¿Qué dicen en esas cartas?
Toda clase de cosas. Seleccioné las más significativas para un librito titulado Cartas de Paula. Muchas de esas cartas eran mejores que el libro que yo escribí. Eran cartas escritas por gente que se sintió tocada, sea por haber perdido un hijo o por ser gente joven que se identificaba con Paula. También podían ser cartas de gente que vio en Paula la relación madre-hija o la de mi hija con su esposo... Creo que en las cartas de los que me escribieron hubo una confrontación con sus propias pérdidas, y no me refiero solamente a la muerte, sino también a otro tipo de pérdidas. Todos perdemos cosas en la vida.







