22/06/2008

Cristina Grande

"Quizá soy maquiavélica porque le pedí a mi padre El principito y me trajo El príncipe”

Texto de José Martí Gómez
Fotos de Carlos González Armesto
La novela de Cristina Grande Naturaleza infiel va de boca en boca y puede convertirse en uno de los éxitos del año. La escritora, de Zaragoza y fiel a los viejos afectos, explica cómo maquina y escribe sus libros, y habla, como en su novela, de la huella del cine, de los pueblos pequeños y su aburrimiento, del amor y los daños aparentes, de la importancia de los objetos y de la muerte y su poder de succión


(De cómo la protagonista de Naturaleza infiel empieza a explicar su vida, digamos que algo complicada: “Me llamo Renata. Mi madre me puso ese nombre porque era fan de Renata Tebaldi, que en 1964 era famosísima pero estaba temporalmente retirada por problemas vocales. Era año bisiesto. A mi padre no le interesaba la ópera, sin embargo no se opuso a que me llamaran así porque le gustaba mucho Renato Carosone. Silbaba Questa piccolissima serenata cuando se afeitaba”.)
Cristina Grande, la autora de Naturaleza infiel, novela que boca a boca puede convertirse en uno de los éxitos editoriales del año, nació en Lanaja, pueblo de Huesca, en 1962. Licenciada en Filología Inglesa, se había dado a conocer en círculos reducidos con dos libros de relatos, La novia parapente y Dirección noche, editados por Xordica, editorial zaragozana de ediciones muy cuidadas de las obras de la generación más joven de la literatura aragonesa.
Me habían dicho que era tímida, pero ella asegura que no es cierto. A cierta edad, la timidez le parece un defecto muy grave. Vive en Zaragoza y se relaciona con los escritores aragoneses. Los que residen allí y los que, residiendo fuera, regresan de vez en cuando. No se enmarcan, cree, en un grupo generacional. Hay gentes de todas las edades. Les aglutinan, dice Cristina Grande, las tertulias, la amistad, el Zaragoza “y también el cansancio de formar parte de una autonomía pobre en la que sale caro mantener el orgullo”.
Si la protagonista de su novela tiene “muchos viejos conocidos a los que no echa de menos”, la autora se define como una mujer fiel a los viejos afectos, con amigas de colegio desde los tres años y la sensación de que hay más gente a la que echa de menos que gente a la que no encuentra a faltar.
Sus relatos, que serán reeditados en otoño en un solo volumen, cree que en apariencia son más frívolos que Naturaleza infiel (RBA). Aunque también tengan algo de inquietantes, hay en los relatos, dice, más sentido del humor. Hay que hacer caso de lo que dice una autora sobre su obra, pero en la faja que indica que La novia parapente está en su segunda edición, el crítico del Heraldo de Aragón Antón Castro define el libro como “desinhibido y melancólico, brutal y trágico”.
No es que no haya humor en Naturaleza infiel. Lo hay, pero queda soterrado por la densidad apabullante de la narración, por su complejidad y por el peso que a lo largo de las 142 páginas tiene la muerte. Dice Cristina Grande que la muerte repentina se lleva mal. Es como cuando un barco se hunde: “Se crea en ti un efecto de succión”.

¿La muerte es el cogollo de su novela?
Sí. Ese agujero negro, ese vacío.

Renata y su hermana paseaban con su niñera junto a la vía del tren en la que se suicidaba mucha gente. Junto a las vías, recuerda, habían zarzamoras y “la mancha de las moras era como la sangre reseca de los suicidas”.
En los años setenta recuerdo que hubo muchos suicidios. Gente mayor, normal, se tiraba al paso de los trenes cuando sus negocios fracasaban. Ahora la gente no se suicida por una ruina económica.

¿Había más dignidad?
Orgullo, quizá más que dignidad.

(De daños aparentes, golpes de mar y amor según Renata: “Todas mis relaciones acababan rompiéndose en cuanto asomaba la rutina del sexo. En mi cabeza no podía hermanar
la idea de rutina con la idea del amor”.)

Cristina Grande: La mía, como la de todo el mundo, ha sido una vida con daños aparentes y golpes de mar. Todos tenemos muchas cosas que contar. De todo. Bueno y malo.
En las historias de vidas ¿hay, como en el cine, muchas elipsis?
A lo mejor, como en el cine, en las historias de vidas no hay que contarlo todo. Al reconstruir la historia de una familia siempre faltarán algunas piezas. Como cuando se rompe un objeto que se quiere reconstruir. Pero, peso a ello, podremos hacernos una idea del conjunto.

Dice la protagonista de su novela que el complejo de culpa debilita una barbaridad. ¿Eso se lo hace decir usted a Renata porque lo sabe por experiencia o por haberlo leído?
Seguramente lo he leído en alguna parte, pero siempre suelo hablar más por experiencias propias que por lo leído. Muchas frases hechas las capturo por ahí, al paso. La vida cotidiana me enriquece más que la literatura. Leo mucho, pero de alguna forma olvido lo leído. Incluso los títulos, aunque es cierto que siempre queda un poso. Me alimento mucho de mirar y de escuchar.

¿También capturó en la calle lo de que se puede querer de forma destructiva?
¿A pesar de uno mismo?
El amor no tiene por qué ser destructivo. Creo en el amor como un motor, pero, desgraciadamente, es cierto que ese motor puede ser en ocasiones destructivo.

¿Cree que el sexo como rutina es incompatible con el amor?
A mí, personalmente, el sexo sin amor no me interesa. No me gusta. A lo mejor resulta que soy una ­romántica.

¿El corazón es muy traidor, al margen de los infartos?
No. Creo que muchas veces el corazón está también en el cerebro. Los sentimientos son una forma de pensar. Seguramente son pensamientos elaborados de manera distinta, pero a los que se ha de tener en cuenta. No deberíamos despreciarlos.

Café por la mañana y amor por la noche, ¿la mejor dieta?
Seguramente. Pero si tuviese que elegir entre una de las dos cosas, elegiría el café.

¿Antes que el amor?
Del amor podría prescindir en un momento dado. Prescindir del café creo que me costaría más.

(De tópicos, de mujeres, de hombres y de formulismos, según Renata: “Nunca nos hemos pedido perdón en mi familia. O como mucho, solamente de palabra. Por puro formulismo, como los besos de buenas noches. Y los formulismos no siempre son imprescindibles”.)
Cristina Grande: Los formulismos son muy importantes porque construyen algo. Tras todo formulismo hay una voluntad de construir, de apuntalar, de sostener. Pero en la vida tiene que haber algo más.

¿Saber decir “te quiero”, por ejemplo?
Sí. Creo que en un pasado no muy lejano en este país no se sabía o no se podía expresar abiertamente los sentimientos. Eso ha cambiado mucho en los últimos veinte años. Ahora la gente no tiene tanto pudor para expresar sus sentimientos de forma abierta, espontánea.

¿Tampoco los hombres?
Sí. No distingo mucho entre la psicología masculina y la femenina. Me parece que en el fondo no hay tanta diferencia entre hombres y mujeres.

¿Y tópicos? Lo de que a uno le cuelgan un cartel y hala, con ese cartel a cuestas vive toda tu vida.
Los tópicos son difíciles de erradicar, y siendo chica te suelen diseñar un papel en la vida que a lo mejor no es lo que una quiere hacer. Afortunadamente, pertenezco a una generación en la que nadie me ha obligado a hacer algo que no quisiera.

(De libros, canciones y cine, mucho cine según Renata: “Mi madre quiso alquilar una caja de seguridad en un banco. La escalera que conducía a la caja fuerte tenía los pasamanos de bronce y las cajas eran rojas por dentro, todo parecía el decorado de una película de los hermanos Coen”.)
Cristina Grande: El cine ha influido no tanto en mi vida como sí en nuestro imaginario colectivo. La literatura es algo más selectivo, más personal. Hay tanto que leer, que cada persona tiene sus propios gustos y lecturas, en tanto que todos hemos visto las mismas películas, y eso nos ha uniformizado más en la forma de comportarnos, en los gestos, en las reacciones ante las situaciones que vives... Te pasa algo y te parece que eso ya lo has vivido a través del personaje de una película.

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