22/06/2008

Cristina Grande

"Quizá soy maquiavélica porque le pedí a mi padre El principito y me trajo El príncipe”

Texto de José Martí Gómez
Fotos de Carlos González Armesto
La novela de Cristina Grande Naturaleza infiel va de boca en boca y puede convertirse en uno de los éxitos del año. La escritora, de Zaragoza y fiel a los viejos afectos, explica cómo maquina y escribe sus libros, y habla, como en su novela, de la huella del cine, de los pueblos pequeños y su aburrimiento, del amor y los daños aparentes, de la importancia de los objetos y de la muerte y su poder de succión
Complejidad del alma
"Un libro sobre la complejidad del alma humana", ha escrito Ignacio Martínez de Pisón sobre Naturaleza infiel, primera novela de Cristina Grande, aragonesa de 1962 con dos libros de relatos en su haber: La novia parapente y Dirección noche, finalista del premio Setenil 2006, uno de los más prestigiosos que se conceden en España para relatos cortos.

A veces sabes de historias que parecen guiones de los Coen: dice usted que la caja de seguridad le pareció insegura y cuando en Barcelona se detuvo a unos italianos que habían atracado la caja fuerte de un banco con el sistema de la lanza térmica, el jefe de la banda dijo a su abogado: “No deje nunca nada de valor en esas cajas. Son inseguras”.
(Riendo.) Eso me pareció a mí también cuando vi una de esas cajas fuertes llamadas de seguridad.

¿Cómo es su imaginario ­cinematográfico?
Hay de todo.Basta ver las citas de Renata: De Lo que el viento se llevó a El Gatopardo pasando por Al este del Edén, El imperio de los sentidos, Testigo de cargo, Cuando ruge la marabunta, Chocolate... aderazados con citas a George Sanders y su último mensaje antes de suicidarse (“me aburro”), Paul Newman, Robert Redford, Udo Kier –del que no recuerda sus películas pero sí sus enigmáticos ojos azules–, Eric Rohmer, Susan Sarandon restregándose las tetas con unas naranjas...
(Riendo.) En Atlantic City, mientras la observa Burt Lancaster.Y un largo etcétera de películas, actores y actrices.
Mi familia es cinéfila, y desde niña vi cómo mi madre y mis tías imitaban modelos de las actrices. Mi madre se casó con un traje imitación del que lucía Audrey Hepburn en Sabrina. El cine norteamericano ofrecía en el desolado panorama español del franquismo una visión de una vida mejor. Nos creaba una especie de ilusión, de mundo optimista en una España triste, reprimida, con pocas salidas. El cine fue durante los inacabables años de la posguerra la salvación de mucha gente.Citas literarias hay pocas. (Riendo.) Ovidio, Zane Grey y poco más.

Y musicales, no muchas.
Que recuerde, Nino Bravo, Lluís Llach y los Pekineses.

(De la pasión por escribir y el gusto de Renata por los melodramas de calidad: “Sé que mi madre se iría preocupada pensando que si yo he dicho un te quiero es que algo fatídico está a punto de suceder, como en esos melodramas de Douglas Sirk que tanto nos ­gustaban”.)
Cristina Grande: ¿Algo de buen melodrama en mi novela? Sí. Pero también dicen que tiene algo de elegía generacional. La de una España que vivía en blanco y negro y quería vivir en color. No lo sé. (Riendo.) Incluso hay gente que me ha dicho que la novela tenía que haberla titulado La puta calor, por la frase que pongo en boca del boxeador aragonés Perico Fernández, que al perder el título mundial en una pelea celebrada en Tailandia dijo eso, que la había perdido por la puta calor.

Perico Fernández era hombre de frases surrealista. Un día le oí decir que el golf lo encontraba un deporte de lo más idiota: “Tiran una pelotita dentro de un hoyo y luego se agachan para sacarla. Leches: ¿para que la meten”. ¿Qué ha sido de Perico?
Ahora es pintor. Y pinta muy bien.

¿Le gusta a usted el boxeo?
Veía con mi padre algunos combates por televisión, y en Zaragoza asistí a algunas veladas. De eso debe de hacer veinte años.

¿Le gustó Million Dollar Baby?
Oh, sí. Es una película maravillosa. Épica.

La heroína es uno de los temas clave de su novela. Tal vez por ahí engancha el tema generacional. Quizás. No he probado nunca la heroína ni pienso probarla, pero sé que desengancharse de ella es un calvario de años y años que la mayoría de las veces acaba mal.
¿Sirve para algo el largo y duro proceso de rehabilitación, el trabajo de los psicólogos, internarse en centros de rehabilitación? A veces he dudado, vistos los resultados en gente de mi generación castigada por la heroína, una droga de submundo, antisocial. Todas las drogas son chungas, pero la heroína lo es más que todas las demás. Empieza con la imagen de la jeringuilla, ya de por sí patética, y pasa por el lamentable aspecto de los yonquis, sus mentiras o sus delitos, acuciados por la necesidad de obtener dinero para comprar la droga, y en muchas ocasiones el drama de la sobredosis. Me alegra que la gente se haya dado cuenta de que la heroína es una droga terrible.

¿Le cuesta definir su obra?
Mucho. Hasta que la han leído otras personas no sabes lo que has escrito. Naturaleza infiel la veo algo así como un puzzle, un mosaico o una colcha patchwork de las que se hacen a base de unir pedazos de tela.Con el tiempo circulando, yendo y viniendo unas páginas hacia atrás y otras hacia delante. Es parte de ese mosaico en el que todo trata de integrarse de forma armónica.

¿Cuánto tiempo tardó en escribirla?
Nueve meses. Luego paré y la metí en un cajón dos años porque me faltaba encontrar el final.

¿Cómo lo encontró?
Un día le dejé el original a un amigo escritor que sólo hacia que decirme que no se creía que hubiese escrito una novela. “Sácala, sácala del cajón si es que la tienes.” Me picó, la saqué del cajón y se la dejé leer. Me la devolvió diciéndome que debía acabarla y dándome unas sugerencias para terminarla. Con sus ánimos y sus sugerencias la acabé.

¿Cómo escribe?
En ordenador, de un tirón, con pasión y sudando. No me gusta pararme a corregir mientras escribo. Disfruto escribiendo. Escribir es de las cosas que más me gustan. Tengo facilidad para abstraerme y he escrito cuentos con la tele puesta, mi sobrina cenando a mi lado contándome sus cosas y mi madre hablando por teléfono. No tengo problemas, quizá porque no paro de maquinar, incluso cuando sueño, y cuando me pongo a escribir ya lo tengo todo en la cabeza. Quizá soy maquiavélica porque un día le pedí a mi padre que me trajese El principito y me trajo El príncipe.

¿Y qué le dijo usted?
Gracias, papá.

¿Ha elegido su camino?
El destino lo modulamos cada día, y a veces las decisiones que nos parecen pequeñas resultan más importantes que las grandes. No se ha de mirar atrás. Hay muchos caminos en la vida, y no podemos recorrerlos todos. Yo sólo he abierto uno: siempre quise escribir, pero tampoco es que haya cogido un machete y zas, zas, me haya metido en la selva para abrirme camino como escritora. No. Me he metido en el bosque como Caperucita, tralarí, tralará.

¿Y ha encontrado el lobo?
El lobo, hadas y seres fantásticos.

Dice Renata que el esfuerzo es un timo.
Renata es más heavy que yo. Valoro es esfuerzo.

¿Para qué vale esforzarse hoy en el mundo laboral si te ponen en la calle por una deslocalización?
Renata tiene razón si miramos como en el mundo de hoy no se valora la continuidad en el puesto de trabajo y el esfuerzo hecho para mejorar profesionalmente. Pero yo tengo razón al decir que el esfuerzo sigue valiendo la pena si te mejora como persona, íntimamente, al margen de que te valoren o no.

(De Zaragoza, Huesca y Teruel y la aburrida vida veraniega de Renata en un pueblo de los que se desertizan: “Jorge me veía correr por el corral pegando escobazos a las gallinas, una de las más primitivas formas de matar el aburrimiento en aquellas interminables tarde de verano”.)
Cristina Grande: En los pueblos, el aburrimiento es tremendo, y cualquier cosa es buena para matarlo. Debe de ser algo que llevamos como descendientes de primates: leí que en un zoológico de Amberes unos chimpancés mataban el aburrimiento engatusando con migas de pan a las gallinas y dándoles con unas cañas cuando se aproximaban a la jaula a picotear las miguitas.
(Riendo.) Más que herencia de primates, que todos tenemos, hay que pensar en que, como los chimpancés, Renata se aburría en el tiempo de veraneo pasado en el pueblo. Lo sé porque he pasado veranos en pueblos pequeños.

¿Se ha aburrido mucho en la vida?
Yo, salvo en aquellos veranos que no parecían tener final, no me he aburrido nunca. Puedo estar sin hacer nada, pero no me aburro.

¿Y qué hace para no aburrirse cuando no hace nada?
Mirar el techo, soñar, pensar, aunque normalmente siempre estoy trajinando. Que si limpiando cristales, que si poniendo la lavadora, siempre moviéndome de aquí para allá porque incluso cuando escribo me levanto y al tiempo que escribo cocino o hago una guardia en la farmacia de mi madre.

¿Cómo es la España pobre y agraria que usted conoce?
Creo que afortunadamente está en decadencia total. En Aragón, gran parte de los pueblos han quedado deshabitados. Eran pueblos en los que las desigualdades sociales alimentaron el rencor.

Huesca llama centralista a Zaragoza.
En Huesca son totalmente antizaragozanos. Es injusto. Huesca es un territorio inmenso con una densidad de población de las más bajas de Europa. La misma que Laponia. Todo el que ha podido se ha marchado de sus pueblos.

¿Y Teruel?
Pasa lo mismo. Todos tienden hacia Zaragoza, que es una ciudad macrocefálica, tremenda, configurada por todos nosotros. ¿Que van a desaparecer los pequeños pueblos de Aragón? Pues que desaparezcan. Soy de las que creen que la vida en los pueblos es terrible y que cuando se dice eso de la soledad de las ciudades es porque no se ha experimentado la soledad de los pueblos. Nadie se siente más solo que la gente de los pequeños pueblos, sin poder expresar sus sentimientos con los vecinos porque estos van a salir enseguida a cotillear con unos u otros lo que les han confiado.
De esos pueblos que se vacían impresiona la historia de los objetos que, al vaciarse la casa, parecen perder vida, como la gente que se va.
El mundo de los objetos es fascinante. Les doy mucha importancia porque creo que tienen algo de nuestras vidas. Sí. Soy muy sentimental respecto a los objetos. Tengo una familia en la que nunca se ha tirado nada. Todo se ha guardado. Todo. Cuando desmontamos la casa del pueblo la reconstruimos exactamente en el piso de Zaragoza. Como se hace con los castillos que se llevan de aquí para allá.

En este aspecto, usted es Renata.
Sí. Y el personaje de la madre de Renata se parece bastante a mi madre, una persona fascinante.

Dentro de unos años, ¿sabremos qué ha pasado con Renata?
Puede ser. No lo sé.

A mí me gustaría saber qué ha sido de su vida.
Como cuando acaba la película con la pareja abrazándose feliz y al salir te preguntas: ¿qué les pasó después?, ¿cuánto tiempo duró su felicidad?

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