Baltasar Garzón
"Créame: sufro en cada una de las decisiones que debo tomar”

El 1 de marzo del 2005 Baltasar Garzón llegaba a Estados Unidos para trabajar unos meses en la Universidad de Nueva York dando conferencias y cursos de posgrado en su facultad de Derecho, al tiempo que en el centro Rey Juan Carlos I de España organizaba encuentros de alto nivel sobre terrorismo. De esa experiencia surge el libro La línea del horizonte.
¿Guantánamo forma parte de esa vergüenza?
Sí. Guantánamo es, humana y jurídicamente, inaceptable. Y además no es necesario. Le pongo un ejemplo. En España algunos jueces de la Audiencia Nacional decidimos, hace dos años, tomar ante la detención de presuntos terroristas unas medidas más severas a fin de evitar que se dé una posible violación de sus derechos constitucionales y, a la vez, se proteja a aquellos que investigan esos hechos y pueden ser objeto de denuncias de torturas. ¿Resultado? Han desaparecido las denuncias fundadas de torturas, la efectividad sigue siendo la misma y podemos actuar en un ámbito asumible para el Estado de derecho. Hoy no tiene sentido recurrir a técnicas violentadoras de la voluntad de una persona. Hemos de ser intransigentes frente a la tortura. Hay que dinamitar ese muro. En el libro recojo una frase del general italiano Dalla Chiesa…
Escribe: “Cuando el año 1978 las Brigadas Rojas secuestraron al político italiano Aldo Moro, al general Carlos Alberto Dalla Chiesa, jefe antiterrorista, sus subordinados le plantearon torturar a un detenido de aquella organización para que desvelara el paradero de Aldo Moro y así salvarle la vida. Dalla Chiesa les dijo que Italia se podía permitir la pérdida de Aldo Moro pero no la práctica de la tortura. Moro murió pero Italia no sobrepasó los límites, fundamento de todo Estado de derecho”.
La frase del general, asesinado por la mafia en 1982, resume lo que he tratado de explicarle. Los actuales dirigentes italianos deberían tener presente a Dalla Chiesa para aplicar su frase en los guetos modernos que son la inmigración.
Muro psicológico: sensación de invencible desesperanza ante el terrorismo etarra, escribe usted.
Siendo en parte cierta esa afirmación también lo es que renovamos cada día la necesidad y la esperanza de que algún día acabaremos con ETA.
¿Bastará la acción judicial y policial?
Es necesario, imprescindible, luchar contra el terrorismo desde esas plataformas, pero un fenómeno tan complejo como es el del terrorismo necesita también de acciones complejas que no se van a desarrollar necesariamente sólo en los ámbitos policial y judicial. Lo importante son los tiempos y el engranaje de unas acciones con otras, la prioridad de unas acciones respecto de otras. ¿Qué quiero decir con eso? Que no es lo mismo decir “negociemos con la organización terrorista” que decir “actuemos contra esa organización transmitiéndole de forma contundente que por la vía violenta nunca conseguirá sus objetivos”, y una vez que eso lo asuman, podremos hablar de otra situación. El Estado de derecho tiene unos límites que siendo muy amplios son también rigurosos. Todo es posible en esos límites, dentro de una jerarquización, de marcar prioridades. En este momento, centrándome en el terrorismo de ETA, la acción institucional –judicatura y policía– es fundamental y debe ser tan contundente como rigurosa, sin sobrepasar la legalidad un milímetro pero también sin retroceder un solo milímetro. Después ya habrá tiempo de contemplar otros planteamientos. Antes, ETA debe abandonar las armas con un compromiso claro por la democracia. La locura de ETA es que ellos ya saben que no conseguirán su objetivo por la vía de la violencia, pero, sin embargo, siguen en esa espiral de la que no pueden salir.
¿Cómo es un terrorista, visto de cerca?
Una persona normal y corriente. A veces soberbio y a veces cínico. A veces sumiso y a veces iracundo. Hay incluso quienes creen en algo, pero, generalmente, cuando se trata de asumir la responsabilidad de lo que han hecho con valentía –entre comillas valentía, por favor–, disparando en la nuca y por la espalda, se convierten realmente en lo que son: unos cobardes incapaces de asumir esa responsabilidad. Sólo unos pocos lo hacen. Un día le pregunté a un chico de apenas dieciocho años implicado en un caso de kale borroka por qué hacía eso y respondió “porque lucho por la democracia”. Le pregunté qué era para él la democracia y me dijo: “No me haga usted demagogia”.
“Al Qaeda, franquicia en clara expansión.” Diagnóstico pesimista.
Al Qaeda es invencible en el sentido de que, respondiendo a una ideología fanatizada, no puede nunca recibir satisfacción, lo cual no significa que en algún momento no pueda darse como un receso o un abandono del acto terrorista al ver que no consiguen los objetivos que persiguen. Pero el fanático siempre estará en la misma posición, y en cualquier momento puede reanudar los atentados.
La franquicia permite eso.
Y cualquiera puede tomarla. De hecho se ha producido una atomización de la amenaza terrorista por zonas y regiones. Al Qaeda en el Magreb islámico es la amenaza más evidente que tienen hoy España y Europa. Lo importante es que, hoy, estamos en disposición de adelantarnos, de actuar proactivamente para impedir que adquieran bases suficientes de organización. Es la única vía que intuyo que se puede desarrollar para poner un muro a esa franquicia.
Hablemos de un muro interior difícil de dinamitar: el de la memoria o el olvido por parte de los que sufrieron de dictaduras y genocidios. Ariel Dorfman reflejó el drama de ese dilema en La muerte y la doncella.
Una hermosa obra. La memoria y el olvido creo que no se pueden administrar oficialmente. Son algo muy personal. El peso de la memoria… Somos selectivos, necesitamos compartimentar, aparcar, incluso olvidar para poder ocuparnos de otros temas. Hay veces que el peso de la memoria, cuando conlleva recuerdos de acciones viles, llega un momento en que pasa factura pese a estar convencido de que actuaste bien. Hay un olvido inducido, pero cuando el olvido es oficial recurrentemente, reaparece. De ahí la conveniencia de mantener y recuperar la memoria. En Chile, Argentina o Uruguay está produciendo la recuperación de espacios para la memoria allá donde se violaron todos los derechos fundamentales del ser humano, desde la libertad a la integridad física pasando por la pérdida de la vida. Eso no es venganza. Yo no he visto en ninguna de las personas con las que he hablado sobre este tema, y han sido miles, sentimientos de venganza. Sí de justicia. Esas gentes necesitan ese punto de referencia, esa línea del horizonte. La memoria no debe dar miedo. Frente a los que dicen: “Pasemos página, olvidemos”, yo digo no, reivindico la memoria porque es lo que nos dará fuerza para saber lo que no se debe repetir. El olvido será una cuestión personal, íntima, de cada persona, y allá cada uno con su conciencia.
¿La justicia qué papel puede desempeñar en ese proceso?
No va a sustituir a la memoria ni ser contrapeso del olvido. Su misión es dar una respuesta jurídica a los crímenes que se cometieron. La justicia como tercera pata del trípode: el olvido, como ámbito de lo personal; la memoria, que ha de recibir apoyo institucional, como objetivación de la misma; la justicia, como acción dentro de los límites del Estado de derecho.
Un día le pregunté a Clemente Auger, por entonces presidente de la Audiencia Nacional, cómo era usted. Me dijo: “Es una fiera. No duerme”.
(Riendo.) Es cierto. Sólo duermo unas tres horas en cualquier momento del día. Si duermo de dos a cinco de la tarde ya me vale y no duermo por la noche.
Leyendo en su libro que escribe a las dos de la madrugada, volando hacia México, he sentido terror. En los vuelos transatlánticos a esa hora yo y la mayoría del pasaje lo que hacemos es dormir.
Para mí, un vuelo transatlántico es un espacio de descanso: no hay móviles, no puedo moverme de mi asiento, no puedo hacer otra cosa que leer o escribir porque, dormir, no duermo.
Escribe: “Quizá el lector piense que un juez es una persona que no siente ni padece, que es inmune a sus propias decisiones”. ¿Siente, padece sus decisiones el juez Garzón?
Ninguna decisión es fácil. Ni siquiera cuando te encuentras ante alguien que dicen que es un asesino. Los jueces no podemos ni debemos dar por cierto que eso es así. Debemos llevar al límite el principio de presunción de inocencia. El temor y la preocupación y la responsabilidad por un posible error está siempre latente porque jugar con la libertad de las personas debe llevarte a una reflexión profunda. Créame: sufro en cada una de las decisiones que debo tomar.
¿Cómo castiga su ego?
No creo tener un ego muy subido aunque aparentemente lo parezca. De mí se ha hecho un cliché que puede ir en ese sentido. Lo que sí soy es una persona que defiende lo que cree porque es la única forma de combatir la indiferencia que durante mucho tiempo y en muchos ámbitos ha provocado unos destrozos graves en esta sociedad. En mi caso, si eso significa que tengo el ego subido no seré yo quien lo niegue. Pero…
Esa pausa… Ese “pero...”?
Pensaba que medito mucho las cosas, que dudo mucho, que reflexiono… Ocurre que una vez tomo una decisión a lo mejor expongo mis ideas con mucha vehemencia.
¿Es difícil romper el muro del cliché?
Sí. Hay gente que te encasilla y eso es malo. Y no estoy hablando de un santo varón, sino de un hombre con aspectos positivos y negativos.
Confiese algún aspecto negativo de su personalidad.
A veces he sido un poco soberbio. Y otras veces he metido la pata creyendo poder conseguir cosas sin ser lo suficientemente humilde para darme cuenta de que debía haber actuado de otra manera.
¿Sólo esos defectos?
Soy enérgico y un poco intransigente incluso conmigo mismo o con mi familia. Ser del Barça es para mí una virtud, pero para muchos (riendo) ese debe de ser uno de mis peores defectos.







