06/07/2008

Baltasar Garzón

"Créame: sufro en cada una de las decisiones que debo tomar”

Texto de José Martí Gómez
Fotos de Montserrat Velando
El juez Baltasar Garzón defiende con vehemencia sus posiciones porque cree que es la única forma de combatir la indiferencia, esa actitud que facilita el olvido de las privilegiadas democracias ante los crímenes de lesa humanidad con trasfondo económico, ante los derechos humanos pisoteados porque ya pasó la antorcha olímpica, ante los centros de detención para inmigrantes ilegales. Acaba de publicar En la línea del horizonte.

Baltasar Garzón, en los tejados de la Casa de América de Madrid

“Más allá del mero discurso, lo que pasa en Tíbet, los derechos humanos vulnerados, no interesa a casi nadie. Ya pasó la antorcha”

Dice el juez Baltasar Garzón:
“Realmente es curioso que desde 1989, cuando focalizamos nuestra atención en la caída del muro de Berlín, hayamos ido levantando otros muchos muros, unas veces físicos, otras veces ideológicos, retrocediendo a esferas en las que estaban superadas esas limitaciones. El muro de miles de kilómetros que se quiere levantar en la frontera sur de Estados Unidos. El que separa a Israel de Palestina. Las barreras que se ponen a países desde los que llega la inmigración o esos muros que son los macrocentros de detención en los que se retiene a los inmigrantes. Pero junto a esos muros físicos que aparecen ante nuestros ojos hay otros muchos muros dentro de nosotros mismos, quizás más muros que los expuestos a nuestra mirada”.
Hablemos, pues, de muros –físicos, ideológicos, morales– ya que son muchos los muros sobre los que, sin definirlos como tales, reflexiona Baltasar Garzón en La línea del horizonte, editado por Debate.

Muros físicos pero también ideológicos.
La barrera ideológica, a veces infranqueable, intransigente, la vemos cuando se produce un atentado terrorista como lo fue el del 11-M y durante cuatro años ha sido imposible superar el clima de unas sospechas infundadas. Ahí vemos también cómo, a veces, el ámbito de la comunicación se utiliza no para informar u opinar sino para destruir. Como un arma más en contra de unos principios y valores básicos. Dentro de esos muros ideológicos podemos situar la guerra de Iraq, que se inició a partir de una farsa seguida de la permanente negación de los hechos, a modo de muro infranqueable que nos impide poder decir que estamos en una sociedad abierta, transigente, tolerante.

De su libro me ha gustado que defina a Bush como un imbécil.
Creo que en Estados Unidos no ha existido una presidencia peor que la suya. Más que a la persona lo de imbécil podría referirse a su política.

¿Modera el tono?
No. Mantengo que la política de Bush ha sido nefasta en muchos ámbitos. Y torpe. ¿Qué pasa con los cientos de miles de personas muertas en Iraq? Si nos pudieran responder nos dirían que la política de Bush ha sido mucho más que imbécil. 

¿Vivimos, como dice Saramago en su libro, en un mundo con fachada democrática pero sin democracia real?
Las reflexiones de Saramago son para tenerlas muy en cuenta. Yo, como él, soy una persona que cree que falta profundizar, andar mucho camino para que haya una auténtica democracia. A veces es cierto que hay democracias de fachada, de conveniencia. Hay personas que viven de afirmar los valores democráticos y luego no hacen nada por defenderlos. Cuando esa defensa implica un compromiso, un esfuerzo, algo más que la mera afirmación, ves que la gente desaparece. Cojamos China como ejemplo. Más allá del mero discurso, lo que pasa en Tíbet, los derechos humanos vulnerados, no interesa a casi nadie. Ya pasó la antorcha. ¿Qué nos queda de aquellas protestas e incluso denuncias de algunos países europeos? Ya nos dedicamos a otra cosa. Con el tema de la inmigración, ¿estamos defendiendo la democracia cuando establecemos barreras y dictamos unas normas que no hacen sino reconocer la impotencia de nuestras democracias? ¿Podemos hablar de democracia cuando una cumbre internacional para plantear soluciones con las que afrontar el hambre en el mundo acaba en fracaso y con casi todos los participantes ahuecando el ala, salvo España? ¿Cómo no estar de acuerdo con Saramago?

Hablando de hambre y de miseria, otro muro, recoge usted la frase de un indígena latinoamericano que le dijo: “Siempre perdemos los mismos”. Recuerdo una frase similar: “Llegó el progreso y nos arrolló”.
Son frases que se ajustan a la verdad: la cuerda siempre se rompe por el mismo sitio, lo que significa que algo estamos haciendo mal. Rematadamente mal. Creo que eso pasa porque no asumimos la diferencia. Queremos imponer un modelo de vida, de mundo. Un sistema que a lo mejor no es el más idóneo si, como estamos viendo ahora, lo que buscamos es proteger al selecto club de la democracia de los que pensamos que vienen a atropellarnos. Pensar eso es muy grave. En el libro digo, y creo que soy muy radical en ese sentido, que nadie tiene derecho a una tierra por el hecho coyuntural de haber nacido en ella. A mí, el argumento territorial no me vale para decir que tenemos que poner límites. No es esa la cuestión.

Frente a la política de Berlusconi, usted mantiene la tesis de que el inmigrante no es un delincuente.
También Sarkozy se alía con Berlusconi. No a inmigrantes mano de obra barata. Sí a inmigrantes con formación que sepan producir bien para nuestra mayor comodidad. Alguien me podrá decir: “Oiga, eso que usted dice es demagogia”, y yo respondo que más demagogia es lo que dicen y las soluciones que proponen los que sólo buscan la protección del selecto club de la democracia al que antes me he referido y no auténtica integración. Me cuesta mucho trabajo asumir que no pueda haber forma, entre los países del Primer Mundo, de acabar de una vez por todas con el lastre del hambre o las crisis humanitarias que llegan a ser crímenes de lesa humanidad y que mientras pasa eso se continúa comerciando o vendiendo armas a esos países, sin hacer nada para que dejen de estar en esa situación dramática. Vivimos en una comunidad internacional que no ayuda a que el mundo sea mejor.

¿Cómo ve el doble rasero inmigrante pobre/inmigrante rico?
El inmigrante pobre tiene probablemente más dignidad que el nacional de cuello blanco que utiliza la inmigración para poder enriquecerse. Es cierto que los espacios son lo que son, que se han de respetar las leyes y se han de diseñar mecanismos para que podamos vivir en una comunidad diversa, multicultural e integrada. Lo que no se puede hacer es trazar una equivalencia entre inmigrante/pobre y delincuente o aumento de criminalidad porque hay muchos gitanos o muchos rumanos que no hacen otra cosa que delinquir. ¿Olvidamos que hay muchos delincuentes nacionales? La equivalencia delito=inmigración es absolutamente perversa. Lo que deberíamos preguntarnos es por qué sucede esto, por qué se hace tan poco para combatir a aquellos que se aprovechan de esa inmigración y generan delincuencia. Esos son los factores que se deben analizar.

Tengo la sensación, compartida por mucha gente, de que la justicia nacional o internacional solamente detiene y juzga delincuentes económicos o dictadores de segunda división. Nos encontramos ante el muro de la impunidad.
Me gustaría vincular el delito económico con la figura del dictador o genocida. La acción de la justicia, sea internacional o nacional, es cierto que se suele fijar en el hecho considerado en sí mismo como crimen de lesa humanidad cometido por personas o países que no son potentes o pueden imponer una determinada calidad de acción. Pero más verdad es que hay una omisión casi total en la investigación del sustrato económico de estas acciones y no siempre va aislada una acción de la otra. Tenemos los casos de países centroafricanos ricos en la explotación de coltan, un mineral imprescindible para los microchips, como trasfondo de los genocidios que allí se han llevado a cabo con una treintena de grandes sociedades occidentales implicadas en mayor o menor grado en esa guerra por el control de la materia prima. La justicia internacional debería ocuparse de las ramificaciones económicas en ese tipo de conflictos porque probablemente si se persigue el delito económico en gran medida vamos a avanzar para evitar que se produzcan los delitos de lesa humanidad. En cuanto a la calidad o altura de los personajes que puedan ser perseguidos por la justicia, es evidente que en la Corte Penal Internacional esa calidad desaparece teóricamente y, cuando se trata de justicia de país a país, hay unos límites que se han de respetar. ¿Balance? Creo que el camino andado es muy importante. Hace diez años era absolutamente imposible pensar que se hubiese hecho lo que se ha hecho.

En su libro lanza un viaje a Jesús Cardenal, ex fiscal general del Estado.
Más que por nombres, lo que he querido reflejar es que durante un tiempo la actitud del ministerio fiscal no fue acertada para afrontar los crímenes de lesa humanidad y la aplicación del principio de justicia universal. Ese error fue corregido por el nuevo fiscal general, Cándido Conde Pumpido, fiscales como Dolores Delgado y algunos jueces. Hoy, afortunadamente, se hace lo que aquel fiscal general no quiso que se hiciera.

“Hay jueces y fiscales a los que falta conciencia de lo que se llevan entre manos”, escribe usted. ¿Lo mantiene?
En algunos casos esa frase sigue siendo válida. Como en cualquier otra profesión, en la mía hay muchos jueces y fiscales que son grandísimos profesionales, pero, como en botica, hay de todo: también hay jueces
y fiscales que podrían desarrollar cualquier tipo de trabajo menos
este.

¿La fluidez en la circulación de la información policial es un muro que sigue infranqueable?
Ahora quizás circula un poco más pero todavía falta mucho para superar el concepto de que la información no tiene propietario. Los servicios de inteligencia o de información de los cuerpos de seguridad se consideran propietarios de las informaciones que consiguen. Les cuesta asumir que esa información es de todos.

Otro muro que no cae: el que oculta la tortura.
La tortura ha sido, siempre, el ejemplo de la frustración y la cobardía. Combatir el delito o la discrepancia religiosa o política a través de técnicas de tormento ha sido, desgraciadamente, una máxima muy extendida a lo largo de la historia. Que eso haya sucedido, salvo en breves periodos muy concretos, nos lleva a preguntarnos por qué la mente humana desarrolla técnicas para acabar con un semejante o conseguir del torturado confesiones que no es capaz de obtener de otra forma. Hoy ese muro no tiene justificación de ningún tipo. Que no se pueda erradicar la tortura es una vergüenza.

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de: Teresa Casanova García | 06/07/2008
El juez Garzón muestra una responsabilidad social, o diría mejor una resposabilidad humana encomiable. Los poderes políticos de los países que se dicen "democráticos" deberían hacer una profunda reflexión, y aparcar lo plíticamente correcto, ayudar a una revolución del pensamiento que está dormido. Como bien dice el Juez Garzón algo se debe estar haciendo mal, porque no avanzamos hacia un mundo mejor ni más justo, sino todo lo contrario. Nos envuelve la soberbia. Y no olvidemos que el fanatismo tiene mucho de soberbia. Gracias al juez Garón por ser un luchador que persigue la verdad. Nos hacen falta muchos como él.
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