Gabriel Jackson
"No es bueno confundir memoria e historia"
de Barack Obama como presidente de Estados Unidos ha permitido ya que su país recupere parte del prestigio perdido con la política de George W. Bush, pero augura que le queda por delante un desafío comparable al que tuvo que afrontar Franklin Roosevelt.
¿Y con respecto a Israel?
Espero que Obama haga el esfuerzo de mediar para alcanzar la paz, aunque no veo una voluntad suficiente ni en Palestina ni en Israel. Ningún presidente de Estados Unidos puede trabajar para la paz si no participan los dos pueblos en conflicto. La experiencia lo dice.
¿Piensa que la izquierda tendrá un papel más determinante en el futuro?
Creo que la izquierda en Estados Unidos y en Europa empieza a recuperar confianza después de unos malos años y que en América Latina se está mostrando con un potencial político enorme y de mucho futuro. Pero en este último caso existe un gran conflicto por resolver de forma urgente e inmediata: el narcotráfico.
¿Y Europa?, ¿cuál cree que será su papel en el futuro?
Europa es quien da el ejemplo del éxito de la democracia, como lo demuestra países como los escandinavos, Holanda o Alemania, cuyo Estado de bienestar no tiene parangón en el mundo. Ese es también el objetivo de Zapatero y del PSOE. Pero, curiosamente, veo una cierta confusión respecto a este modelo en Francia e Italia, donde la democracia muestra síntomas de debilidad. Por otra parte, hay en Europa un déficit de ambición para gobernar el mundo que no se da, por ejemplo, en Rusia, en India, en China o, por supuesto, en Estados Unidos. Por esa razón, me temo que Europa no contará, o tendrá muy poca influencia, en las grandes decisiones estratégicas que se deben de tomar en un futuro inmediato. Además, tiene en su seno el germen de la discordia porque las diferencias entre los distintos países son demasiado grandes. Tiene una cultura de unidad económica que no es política ni de política exterior, lo cual le resta poder. Mucho poder.
¿Qué oportunidades ve a España respecto a este futuro?
Básicamente, la veo como puente económico y cultural con respecto a Latinoamérica. Y la veo con optimismo, porque esa relación ha dejado de ser la de la mala madre del imperio y se basa en la colaboración económica, el capitalismo inteligente y la democracia política. Respecto a la posición de España en el Mediterráneo, es un objetivo más difícil, por los problemas del Magreb y por la difícil situación entre Israel y Palestina que hemos comentado. No creo que España tenga suficiente fuerza política y diplomática como para influir decisivamente en la solución de estos conflictos.
¿Cuál es su opinión acerca del debate sobre memoria e historia que España vive en la actualidad?
No es bueno confundir memoria e historia. Esta se basa en el esfuerzo y la crítica documental para establecer un denominador común que se aproxime a la verdad. La memoria, por otra parte, es personal y sentimental. Después de 70 años durante los cuales se ha sufrido una terrible guerra civil, una larga dictadura y una transición a la democracia basada en el pacto, en el consenso, es comprensible que haya quien pida una revisión. Es políticamente comprensible y democráticamente razonable porque, además, los nietos han perdido el miedo que atenazó a sus abuelos y a sus padres. Y ahora cuestionan aquellos silencios.
¿Cuál cree que debe ser el papel de la política en este debate?
Los políticos son los que tienen que abrir, en sentido posibilista, el debate sobre el pasado. Un debate que España todavía no ha hecho por lo que se ha dicho más arriba, y ese silencio es la causa de la excitación y del resentimiento actual. Además, es cierto que los vencedores honraron a los suyos, y eso causa amargura. A mí me produce mucha impresión leer en internet insultos hacia mi persona, en tanto que historiador que cuenta lo que honestamente documenta que ocurrió. Y me insultan no por lo que escribo, sino porque lo escribo. La verdad es que llegar a un consenso en estas condiciones se me ocurre que es difícil.
¿Qué piensa acerca de la iniciativa fracasada de Garzón?
Hasta cierto punto es comprensible que un juez que ha sido tan elogiado en el mundo por sus iniciativas respecto de Chile y Argentina quiera hacer algo así en España y con respecto a la dictadura. Pero insisto en que el problema es que la sociedad, y el Gobierno, no han cerrado el debate sobre el pasado. Por eso la gente ha acudido a la justicia. Pero, claro, la justicia en España también es un asunto complicado porque está muy politizada, como lo demuestra el hecho incomprensible de que haya sido tan difícil la sustitución de jueces que habían terminado su mandato. Es cierto que los intentos por dominar la justicia en todo el mundo, incluido EE.UU., está a la orden del día. Pero el conflicto entre la política y la justicia no llega a los niveles de España. Pero lo importante es abrir el debate y que cada parte asuma sus responsabilidades. La derecha y la izquierda. Sólo así se podrá terminar con las tensiones.







