17/05/2009

Haruki Murakami

"Decidí ser escritor el 1 de abril de 1978 a las 13.30 horas”

Texto de Xavier Ayén
Fotos de Pedro Madueño
Haruki Murakami. Este escritor japonés es, a los 60 años, un autor de culto para millones de jóvenes en todo el mundo, sin que él mismo se explique por qué. After Dark, su última novela, transcurre en las horas que van de la medianoche al amanecer, a pesar de que, dice, se acuesta
tan temprano que tuvo que recurrir a la imaginación para describir lo que ocurre a esas horas.

Cada día, a las diez de la noche, Haruki Murakami apaga la luz y se queda dormido en un instante. A las cuatro de la mañana, se levanta para ir a correr por las calles de Tokio. Este japonés solitario y reservado es –nadie lo diría viéndolo en la Pedrera de Gaudí, confundido entre la marabunta de turistas asiáticos– uno de los últimos ídolos literarios internacionales, con millones de lectores en todo el planeta. Sutil retratista del desamparo sentimental que rodea al ser humano y explorador sin red de los barrancos interiores, pocos escritores son capaces, como él, de provocar colas de jóvenes con un libro en las manos. Pero Murakami lo hace. Ese fenómeno se ha podido comprobar recientemente en Santiago de Compostela o en Barcelona, ciudades que ha visitado para promocionar After Dark, su última novela publicada. Lo llaman el David Lynch de la literatura, y otros de sus títulos son Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Tokio Blues o Kafka en la orilla.

After Dark sucede en una sola madrugada. ¿Hay algo del alma humana que no pueda verse a la luz del sol?
Esta historia empieza a medianoche y acaba al amanecer. Lo decidí antes de ponerme a escribir: “Haruki –me dije–, vas a narrar una historia que suceda en una noche”. Antes nunca había escrito nada así, de manera que quería probar qué tipo de historia podía surgir a esas horas. Lo explico como si tuviera una cámara de vídeo doméstico y empezase a rodar lo que ocurre en la ciudad. Es extraño, porque yo personalmente me voy a dormir muy temprano. De modo que no tengo la más remota idea de lo que ocurre durante la noche. Simplemente, me lo he imaginado. Sin embargo, después de haber acabado de escribir, fui al centro de Tokio para asegurarme de no haber escrito nada erróneo y pude ver que lo escrito era cierto. Para mí fue demasiado: salí hasta medianoche e incluso me metí en una de esas habitaciones de hotel para amantes, que se pagan por horas.

Pero usted regentó un club de jazz, algo debe de saber de la noche.
Cuando tenía veintipico años…

… era un pájaro nocturno.
Efectivamente. Y en los 70 y 80, cuando era estudiante universitario, trabajaba de camarero en un restaurante italiano que cerraba de madrugada. Así pues, yo sabía lo que ocurría en la ciudad durante la noche…, pero, claro, hace cuarenta años.

En sus libros, aparecen bastantes personajes con problemas mentales. ¿Siente algún tipo de afinidad con la gente que sufre estas enfermedades?
Todo el mundo, más o menos, tiene algún tipo de problema mental. Usted y yo, por ejemplo. Todos tenemos nuestro propio tipo de problemas mentales, que a veces podemos mantener en un plano inconsciente, sin que aparezcan en la superficie. Pero todos somos extraños, todos estamos un poco locos. Esa es mi convicción profunda. Cuando hago aparecer a alguien con una enfermedad mental, no lo hago como algo insólito, un freaky, sino como algo genérico, muy extendido, propio de la naturaleza humana.

Algunos de sus personajes duermen profundamente, otros no muy bien…
Yo, sí. Me duermo en cinco minutos. Dormir como un tronco tiene algo de belleza, ¿verdad? Es como entrar en mis dominios, me gusta mucho.

¿Cuándo decidió ser escritor?
Me acuerdo perfectamente: el 1 de abril de 1978, a las 13.30 horas. Dicho de esta manera, parece la cosa más estúpida que existe, pero es que fue así. Una epifanía. Estaba mirando un partido de béisbol en el estadio Jingu de Tokio, con una cerveza en la mano y un sol abrasador. En el instante en que Dave Hilton hizo una jugada perfecta, supe, de repente, que iba a escribir una novela. Fue una sensación muy cálida, que todavía puedo sentir si la rememoro. Cuando volví a casa me puse a escribir.

En Tokio, parece a veces que todos los hombres lleven el mismo traje. ¿Usted nunca lo lleva?
No, jamás. En mi país es difícil ser un individuo. La gente te juzga según el grupo, la oficina o la empresa a la que perteneces. Si trabajas en Sony, Mitsubishi o en la banca y has estudiado en la Universidad de Tokio, te miran con admiración y dicen: “Es un gran hombre”, “una persona de prestigio”. Puedes ser una persona de talento, muy inteligente, pero si no perteneces a ninguno de esos grupos, si no trabajas en un despacho u oficina, eres un don nadie, un cero a la izquierda. Eso es lo que me sucedió a mí después de graduarme en la universidad. No quería trabajar en una gran corporación o en un despacho. Así que monté mi propio club de jazz y lo gestioné durante siete años. Y luego me convertí en novelista. Pero seguía siendo un perfecto don nadie, no pertenecía a ningún grupo reconocido, me sentía muy inseguro. Quería ser yo mismo, pero eso, en Japón, no es fácil, de manera que abandoné mi país, en el que me sentía extranjero. Sencillamente me fui. Pero ahora las cosas están cambiando.

¿Qué recuerdos tiene de esos siete años en el club de jazz?
Yo era muy feliz. Se llamaba Peter Cat. Escuchaba música desde la mañana a la noche y era totalmente libre. La libertad es algo muy importante para mí. No lo es tanto para muchos japoneses, sin embargo. Otras personas prefieren la armonía, el trabajar muy duramente… La armonía es lo más importante en Japón. Pero, para mí, lo es la libertad.

¿Adónde huyó?
Viví en una pequeña isla griega, donde escribí Tokio Blues.

Le gustan las islas, porque usted ha tenido casa también en la misma donde se rodó la serie Perdidos.
Sí. Me gusta mucho esa serie, no me sentí influido por ella, como algunos dicen, pero sí hay similitudes con mis historias: esas personas que se van al otro lado y buscan un camino de vuelta.

En After Dark, el chico músico es hijo único, como usted; tiene una especial relación con los gatos, como usted... ¿Qué otras características comparten?
¿Es hijo único? Ya no me acordaba… No leo mis propios libros y olvido muchos detalles. Algunos hechos reflejan mi propia personalidad, mi mentalidad, pero es un personaje de ficción, tiene 20 años. Es posible que sea idéntico a mí en el fondo, quién sabe.

Tenemos dos historias, una realista y otra onírica. ¿Qué pretendía expresar con este contraste?
La realidad y el sueño están siempre juntos.

¿Qué quiere decir?
Para mí son lo mismo, no se puede distinguir lo uno de lo otro, suceden a la vez. Cuando escribo, visito el aspecto oscuro de las cosas. Aquí la noche es como una metáfora, escribo sobre la noche urbana porque estoy escribiendo sobre la oscuridad que encuentro en mi mente. En este proceso, realidad y sueño van de la mano, no se contradicen. No puede uno saber qué es correcto y qué no, qué es real y qué onírico, no se puede distinguir nada. No sé si me creerá, pero no podría asegurar que esta conversación que mantenemos sea real.

Pero aquí hay dos historias, una real y otra no, que se unen al final, cuando las dos hermanas se abrazan.
Son hermanas, pero a la vez son una única personalidad, dividida en dos. Piénselo de esta otra manera: son la misma persona, dividida en dos, y ambas personalidades experimentan su propia vida. Cuando llega la mañana, se unen de nuevo.

Cada una de las dos hermanas siente nostalgia de la otra. ¿Tiene que ver con alguna frustración suya por no tener una relación fraternal?
Una de las razones por las que escribo novelas es porque busco en ellas mi álter ego. Busco a la persona que habría podido ser. Esta historia es mi propio viaje en busca de mi álter ego. Es una novela corta, de apariencia sencilla, pero en realidad es una historia muy compleja. Esas hermanas del libro vuelven a unirse, pero dentro de mí las dos personalidades que tengo nunca se unen, mantienen vidas paralelas. Los novelistas somos esquizofrénicos de algún modo. Esto es peligroso, profundizar en tu mente es bueno, pero al topar con su aspecto oscuro hay que tener cuidado. Pero si quiero una buena historia, tengo que zambullirme en la oscuridad de mi mente, agarrar mi propia historia y regresar, volver. Los que tienen trastornos mentales de gravedad no pueden volver, pero yo sí que puedo. Por eso soy optimista, porque siempre vuelvo a ver la claridad. Y en cada libro consigo adentrarme un poco más en el fondo del pozo.

Pero entra tanto en ese pozo que a veces hace daño...
El viaje del alma humana es un proceso en el que el ser humano experimenta cosas extrañas, un viaje donde la sensación de irrealidad se va acrecentando. Para mí, el realismo es describir minuciosamente las irreales y alejadas de la cotidianidad que son las cosas de la mente.

Pero a veces al lector, como en Kafka en la orilla, le cuesta leerle, por las escenas de gran violencia que incluye, que casi salpican. ¿Qué importancia tiene la violencia en su obra?
Todas las culturas son violentas. Todas las naciones, todos los pueblos deben superar su propia historia de crueldad, sus hitos de salvajismo. Existen distintos tipos de prohibiciones a la hora de expresar esta violencia inherente al ser humano. En la cultura japonesa contemporánea, sin embargo, la expresión de la violencia no está prohibida, ni mental ni legal ni socialmente. Personalmente, a mí no me gusta describir hechos violentos, es algo que odio...

Pues la escena de los gatos de Kafka en la orilla…
… ah, sí, y aquella otra en que se desuella a un hombre vivo, sí. Odio escribir ese tipo de cosas. Pero sentí que en ese libro tenía que hacerlo, porque la historia precisaba violencia, esas escenas sangrientas. Simplemente es una puerta de entrada al otro lado, al lado oscuro. Tiene uno que abandonar su yo normal para poder pasar al otro lado. La violencia, el sexo, los trastornos mentales, son eso, una especie de llave para cruzar la puerta. Usted vive una vida normal en este mundo, pero hay que abandonarlo para ir al otro lado, y se necesitan llaves.

Los personajes se refieren, en un momento, a esos filmes de Godard en que los protagonistas se pasan la película hablando. A veces sucede en sus libros, repletos de diálogos.
Nunca he tenido ninguna dificultad para escribir un diálogo, es algo facilísimo para mí. Por eso, en esta novela, primero escribí los diálogos y luego las otras partes, de modo que todo tiene la textura de un rodaje de cine. Disfruto mucho escribiéndolos, me imagino a dos o tres personas y lo que dicen, es algo natural.

¿Le tienta escribir para el cine?
No. Yo quiero escribir solo, no colaborar con otras personas, no sirvo para eso, para trabajar con los demás.

Sobre la película Norwegian Wood, la adaptación de Tokio Blues, ¿no controla nada?
No, nada. Me pagaron y pueden hacer la película que les dé la gana.

¿Por qué conecta tanto con los jóvenes?
No tengo ni la más remota idea. Yo soy un hombre que escribe solo y que habla de gente que está sola, igual que yo, gente que es libre, pero que no pertenece a ningún grupo. Y muchos jóvenes japoneses anhelan esa libertad, pero no saben cómo conseguirla.

¿Puede ser también porque las relaciones sentimentales en sus novelas tienen mucho que ver con lo que se encuentran los jóvenes en su mundo?
Hace treinta años, cuando empecé a escribir, la manera de relacionarse era casi igual. Entonces, mis lectores ya eran gente joven. Ahora, tres décadas después, siguen siendo de la misma franja de edad, de los 20 a los 30 y pocos años, ese es el segmento generacional principal de mis lectores. ¡Igual que antes! En otras palabras, mis lectores son siempre jóvenes, y no sé por qué. Yo tengo 60 años, ¡no sé nada sobre la juventud de hoy en día! No he hecho ninguna investigación de mercado, simplemente escribo la historia que me gustaría escribir. Pero tengo una teoría: mis libros son apreciados por las personas que viven en una situación de caos. Por ejemplo, se vendieron muy bien en Rusia después del colapso de la URSS y en Alemania justo tras la caída del muro de Berlín, en EE.UU. inmediatamente después del 11-S, y en Japón, tras el colapso económico de 1995 y también después del atentado con gas sarín en el metro de Tokio. Las personas, tras vivir una situación caótica, aprecian mis libros. Tal vez España esté pasando por una crisis. Cuando la sociedad vive una situación estable, parece que mis libros no son tan apreciados.

Entonces, estamos en un buen momento mundial para su obra...
Bueno y malo a la vez. Si mis libros encuentran lectores, eso implica que el mundo es caótico.

Corre cada día, participa en varios maratones al año, y ahora ha publicado en inglés un libro sobre correr.
Escribo sobre correr, porque es una actividad muy parecida a la de escribir una novela; ambas son de larga distancia. Para escribir hay que entrenarse, prepararse, no sirve cualquiera, eso del escritor borracho es un mito, hay que tener una fortaleza física y psicológica. Cuando corres, además, te suceden cosas curiosas.

¿Cómo qué?
Hace veinte años, corriendo en el Central Park de Nueva York, me encontré a John Irving –uno de los escritores que más admiro– en pantalón corto, corriendo también. Todos los escritores deberían hacerlo. Uno va perdiendo vitalidad a lo largo de la vida y su prosa se resiente. A los 33 años decidí ser fuerte y sano porque, ¿sabe?, si no tienes demasiado talento, como yo creía entonces de mí, sólo la fortaleza y la vida sana te permiten descollar en la creación. Si eres un genio, como Mozart, o Pushkin, puedes llevar cualquier tipo de vida y escri-bir, pero si no, hay que correr, amigo.

Pero hay muchos artistas malditos...
Estoy convencido de que los artistas que llevan una vida malsana se queman mucho más rápidamente. Los héroes de mi juventud eran Jimi Hendrix, Jim Morrison, Janis Joplin… todos murieron jóvenes. Jimi Hendrix era bueno, pero no lo suficiente, por culpa de las drogas. Trabajar en algo artístico es una actividad insana que el creador debe compensar con una vida equilibrada y deportiva. Buscar historias en el interior de uno y contarlas es muy peligroso, y correr cada día me advierte de ese peligro.

Pero ¿por qué es tan peligroso?
Cuando desarrollas una historia, te enfrentas a un veneno que anida en tu interior. Sin ese veneno, tu historia será aburrida, insípida como un pescado hervido. Es como el fugu, ese pez globo cuyo veneno resulta letal, pero que, si se ha limpiado bien, es un plato sabrosísimo. Mis historias están localizadas en la parte más peligrosa de la conciencia, siento el veneno en mi mente y ofrezco de él una buena dosis al lector, porque tanto él como yo tenemos unos organismos fuertes.

¿Qué más le aporta correr?
Optimismo. Seguridad. Cuando uno acaba un maratón, tiene la certeza de que, al ponerse a escribir, va a llegar al final de la línea y, después, de la página. Palabra a palabra, metro a metro. Corriendo, he aprendido cuánto puedo exigirme a mí mismo, mucho más de lo que pensaba al principio. He aprendido cuándo puedo permitirme una pausa y cuándo esa pausa está empezando a ser demasiado larga.

¿Su mayor proeza como atleta?
En 1995 corrí una carrera de 100 kilómetros. Tardé 11 horas y 42 minutos. Para mí, fue una experiencia religiosa.

¿En qué sentido?
A los 55 kilómetros, estaba destrozado, mis piernas no querían obedecerme, era como si dos caballos me arrastraran a otro lado. Pero, a los 75 kilómetros, empecé a correr de un modo fluido, desapareció el dolor. Había traspasado una barrera. Me sentí profundamente feliz. Crucé la línea de meta eufórico, podría haber seguido corriendo toda mi vida.

Ha acabado otra novela, ¿verdad?
Se titula 1Q84, es un guiño al 1984 de George Orwell, un libro que me fascinó en mi juventud. Siempre he estado contra el sistema, como Orwell. Pero él escribió 1984 en 1948, cuando 1984 era el futuro. Ahora, en el 2009, 1984 es el pasado, y yo he escrito 1Q84 como una novela que vuelve atrás, a un pasado de ficción. La Q es de question, pregunta.

¿Comparte la voluntad de crítica política de Orwell?
No, yo no soy un escritor político, solamente escribo de temas personales. Me interesan las posibilidades. Si uno no hizo algo a los 20 años porque decidió hacer otras cosas, ya es una persona distinta de lo que habría sido. Si hubiera hecho algo distinto, se encontraría en otro lugar. La novela se basa en esos presupuestos: ¿qué habría ocurrido en 1984 si…? Es un pasado muchísimo más oscuro que el verdadero. Es una historia de amor entre un chico y una chica a los que les han cambiado el pasado y ya no saben qué es real y qué no.

¿Se pierde mucho de usted en las traducciones que llegan del japonés?
Ustedes conocen a autores como Mishima o Kawabata, escritores que aprovechan toda la belleza del idioma japonés, que lo utilizan en todo su esplendor, de una manera maravillosamente ambigua. Ellos sí son dificilísimos de traducir. Pero, en cambio, yo utilizo el idioma como una mera herramienta, sólo quiero contar mis historias. En ese sentido, es menos difícil traducir mis obras. Mi lenguaje no es ambiguo. Mis historias sí lo son mucho, pero no mis palabras. Lo importante es el flujo de la historia, no es correcto adornar las frases
con elementos superfluos e impedir que fluya con naturalidad. Me gustan las descripciones simples, claras y precisas. Como la ropa que visto, sin adornos.

Pero sus personajes sí visten de marca.
Algunos. No puedes evitar, si describes la realidad, decir que comen Dunkin Donuts y que visten de Armani y de Comme des Garçons.

Usted traduce a autores ingleses. Tal vez por eso resulta más cercano…
No sé. Mis dos biblias, desde luego, son El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, y Un largo adiós, de Raymond Chandler.°

de: Julia Robles Trillo | 19/05/2009
Descubrí a Haruki Murakami, hace dos años. El primer libro suyo que leí fue "Kafka en la orilla". A partir de ahí, he leído toda su bibliografía. Espero con ansiedad cada libro nuevo. Me alegro de no parecerme al perfil general de sus lectores, tengo 56 años. Sin embargo sí que me encuentro muy reflejada en el perfil que da de sí mismo Haruki Murakami, y me alegro doblemente, porque soy mujer y europea. A pesar de que hable de soledad, encuentro sus libros optimistas, llenos de esperanza, y creo que su prosa es dinàmica y cercana. A mi que me gusta muchísimo el cine, a veces me imagino sus libros como películas.

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