Vicente Rojo
"Al igual que García Márquez, soy un comunista sin lugar donde sentarme”

El artista, con uno de los recortables que incluye en su obra pictórica
¿Siqueiros?
Un combatiente, un luchador.
¿Rivera?
Un hombre que entraba y salía con mucha facilidad del Partido Comunista.
¿Orozco?
El más aislado, el más huraño, el más difícil de los tres.
Y usted ¿hacia dónde fue con su pintura?
Expuse por primera vez a los veintitantos años. Ya le dije que mi formación no empezó hasta los 17. Lo que expuse tenía que ver con mis intereses en aquel momento: obras con cierto contenido si no político sí con referencias a la guerra civil española y a la paz. Era pintura figurativa, y al ver los cuadros ya colgados en la galería me di cuenta de que me interesaba no tanto la temática sino la parte más formal.
¿Dónde le llevó esa reflexión?
A profundizar en la geometrización de las figuras, en el color, en la textura. Me fui hacia lo abstracto.
¿Y sigue ahí?
Sí. Encontré una forma de trabajar a partir de series cerradas que me llevan mucho tiempo. Cinco años las primeras, diez las siguientes, veinte años la última. La primera se llamó Señales. La última, Volcanes Inventados. Entre las dos, hubo series que respondieron a títulos como Negaciones, Recuerdos...
La primera de esas series, ¿por qué la tituló Señales?
Porque era como un resumen, una síntesis de la reflexión que llevé a cabo tras mi primera exposición: mi interés por el color, la textura, la geometría. Tras Señales llegó Negaciones, porque me di cuenta de que no me convencía lo que había hecho. Traté de empezar una serie en la que cada cuadro negara al anterior. En aquel momento, editando un libro de Octavio Paz sobre Marcel Duchamp del que me fascinaron más las tesis de Paz que las de Duchamp, tenía una idea digamos que negativa sobre lo que era mi trabajo.
Ahora, Volcanes Inventados. ¿Qué le fascina de los volcanes?
Desde que empecé a trabajar con la geometría, su forma. Los volcanes no dejan de ser conos, y es evidente que tienen una representación muy poderosa. Por eso no traté de pintar volcanes sino de construirlos, y de ahí el título de la exposición.
Siempre se habla de la crisis de la pintura...
Afortunadamente, la pintura siempre ha estado en crisis. Es lo que le ha permitido evolucionar. La pintura, como cualquier género artístico, evoluciona a partir de crisis, de contradicciones. Son los enfrentamientos en los que estamos inmersos los seres humanos los que provocan el progreso cultural. Si tomamos como base la vida y la muerte, que es algo que nos acompaña a lo largo de nuestra existencia, a partir de ahí se crea la contradicción entre el bien y el mal, entre la luz y sombra... entre toda una serie de elementos que crean la obra, sea esta pictórica, literaria, musical...
¿A usted le angustia la muerte?
No.
¿No se refleja en su pintura pese a inventar volcanes, que en erupción sugieren muerte y destrucción?
Creo que no. La muerte me parece una cosa natural que tiene que llegar, pero en esa contradicción vida-muerte creo que radica la creación artística, sus crisis. Constantemente se dan por muertas la novela o la pintura, pero se siguen escribiendo novelas, se continúa pintando mientras se evoluciona y se abren nuevos caminos.
Usted fue el autor de la primera portada de Cien años de soledad.
Yo trabajaba por entonces en diseño gráfico y por encargo de García Márquez, del que era y soy amigo, hice esa portada para la primera edición. Pero fue portada no de la primera sino de la segunda edición.
¿Y eso por qué?
El caso es que la portada no llegó a tiempo. La remití por correo a la editorial Sudamericana, en Buenos Aires, pero ignoro por qué el correo la detuvo. Siempre digo que esa portada debió de parar un tiempo en Macondo tratando de saber si la aprobaban los macondeses. El caso es que la portada de la primera edición la tuvieron que improvisar. Creo recordar que se veía una especie de barco metido en una selva. Esa primera edición se vendió muy rápido, y cuando se preparó la segunda mi portada había llegado. Siempre que explico que soy autor de la portada de la primera edición de Cien años de soledad porque soy el primero que la hice, pero no fue la primera que apareció, la gente se queda algo confusa.
¿Cómo era su portada?
Al acabar de leer una copia de la novela que me pasó García Márquez percibí tanta riqueza en aquellas páginas que resultaba muy difícil sintetizarlas en una imagen. Resumí una serie de elementos a través de unas etiquetas azules con unas pequeñas viñetas que dieran visualmente a la portada un carácter un poco popular. Incluso las letras estaban hechas como las haría un pintor de rótulos para tiendas.
¿Cómo era el García Márquez de aquellos años?
Vivía haciendo trabajos dispares: periodismo, publicidad, cine... Era, como lo sigue siendo ahora, un hombre agradable de trato y diría que incluso divertido. A partir del momento en que decidió encerrarse para escribir Cien años de soledad pasó por momentos económicos difíciles. Luego le llegó el gran éxito, pero antes ya había publicado un par de novelas que le habían dado a conocer en México. Una de ellas, El coronel no tiene quien le escriba, siempre me ha parecido espléndida.
El boom latinoamericano centralizado en Barcelona ¿eclipsó a otros muchos buenos escritores?
El boom dejó media docena de nombres importantes, pero no permitió el desarrollo normal de los que les siguieron, que cuando menos en México son tan buenos como la gente del boom. Muchos de ellos han aflorado en los últimos años.
Octavio Paz, con el que usted también trabajó, ¿fue un cacique cultural?
La palabra cacique me asusta mucho. No sé si es la palabra exacta.
Ponga usted la palabra que defina a Paz.
Es difícil encontrarla, porque Octavio manejaba muy bien las palabras.
¿Prefiere mandarín?
Quizás sea más apropiada que cacique, porque lo cierto es que alrededor de Octavio Paz se movió mucha gente y salieron adelante muchos proyectos culturales e
ideas y un par de revistas muy importantes. Que hubiese desavenencias, rupturas, crisis, entra
dentro de la lógica de todo debate cultural.
¿Carlos Fuentes es otro mandarín?
A diferencia de Octavio Paz, que aglutinó a mucha gente en torno de sus proyectos culturales, de Carlos Fuentes diría que es un mandarín sin equipo. Fuentes es Fuentes.
¿Por qué los intelectuales mexicanos tienen un discurso de izquierdas pero han venido colaborando con el gobierno del PRI?
En México ese juego fue tradicional en una época. Fuentes ha sido embajador en Francia, Octavio Paz lo fue en India, y Alfonso Reyes, una de las grandes figuras de la cultura mexicana, también estuvo relacionado con la diplomacia, como también lo han estado otros muchos intelectuales. De la época más dura, más oscura, del PRI, su parte positiva fue su apoyo a la cultura.
¿Cómo recuerda la Ciudad de México a la que usted llegó?
Era una ciudad pequeña, muy luminosa. A mucha gente la Ciudad de México de hoy, una ciudad enorme, les resulta aterradora, angustiosa. Yo la sigo encontrando muy atractiva.
¿Qué le encuentra de atractiva?
Su dinamismo. Como el que creo se da en el resto del país. Pervive la vieja imagen del mexicano tumbado en una hamaca, la del indio dormido en un rincón, pero mi visión de México es la de un país poblado por gentes dinámicas, capaces, imaginativas.
Está enamorado a tope de México...
¿Se nota?
¿También se enamoró del México de las películas del Indio Fernández?
Para mí fueron muy importantes porque las vi en Barcelona antes de ir a vivir a México. Las veía siempre con gran ilusión y, a pesar de mi escasa preparación, me daba cuenta de que algo de falso había en aquellas películas. Percibía de forma instintiva que lo que me mostraba la pantalla no era el México real. Pese a ello, eran películas atractivas porque se apoyaban en la gran fotografía de Gabriel Figueroa.
Su padre ¿cómo vivió el exilio?
Fue hasta el final de sus días un comunista ortodoxo, dogmático, alineado con los prosoviéticos. Murió convencido de que la Unión Soviética era el país que iba a renovar la sociedad humana.
¿Y usted?
Recuerdo que un día, sería allá por los años sesenta, Gabriel García Márquez dijo de sí mismo que era un comunista que no tenía donde sentarse. Esa definición me gustó, y diría que quizás yo, al igual que él, me sienta igual. Veo la tremenda injusticia que hay en el mundo; los millones de niños que mueren al año víctimas de enfermedades que podrían tratarse; el mundo de las mafias del armamento, el narcotráfico y la prostitución; veo la barbarie de Iraq, lo poco que sirve la ONU, los muros que se levantan cuando soñamos que el de Berlín sería el último... Veo que lo que se llamó nuevo orden ha devenido en un gran desorden, y toda esa realidad me descompone. Quisiera tener una profesión que me permitiera poder paliar tanta injusticia, pero no lo he logrado. Siempre pienso que para enderezar una situación que va mal, un tiempo en el que es un error usar la palabra civilización porque en verdad no estamos civilizados, se necesita imaginación, y por eso confío en que la gente que la tiene pueda combatir a esos seres horripilantes que dirigen el mundo.







