Roberto Álamo
"En el boxeo he visto poesía"

José Manuel Ibar, Urtain, en su época de triunfos sobre el ring. A la derecha, Roberto Álamo, caracterizado como el boxeador en un momento de la obra
Llanto por un boxeador. Londres, 1970
Texto de Joaquín Luna
Martes, 10 de noviembre de 1970. Vestuarios del Empire Pool de Londres. Un boxeador recio, muy recio, llora en un rincón. “No hubo modo de que dijera nada”, reseñó La Vanguardia. Tiene el ojo derecho cerrado, es millonario porque acaba de cobrar tres millones de pesetas y viene de disputar el mejor combate de su carrera. Al fin, “supo estar en el ring”. Sin embargo, ha recibido un palizón a lo largo de ocho asaltos. Se llamaba José Manuel Ibar y era de un caserío de Cestona, Guipúzcoa, del que le sacaron para ser boxeador cuando ya tenía 25 años.
¿Quién era en realidad ese hombre conocido por el apodo familiar de Urtain? Era, señoras y señores, ni más ni menos que España 1970: tópicos, regiones entrañables, sangre –de otros– y una fijación totémica por los atributos genitales.
Urtain se redimió aquella noche en Londres después de una sucesión de peleas frente a púgiles muy inteligentes porque sin que nadie se lo dijera sabían que cobraban por besar la lona más pronto que tarde. No, Jack Old Cooper podía tener 36 años, pero era, es y será el primer boxeador que derribó a Mohamed Ali, de modo que, pese a la edad y a sus afamadas “cejas de cristal”, utilizó su izquierda para dar a Urtain todas las lecciones técnicas que nadie se molestó en enseñarle para el día de mañana, cuando el destino –o la codicia– le condujese a una carnicería con él de víctima. Porque lo de Londres fue eso. Y aún gracias que el médico examinó el rostro tumefacto de Urtain y aconsejó el final del combate. Inferioridad o KO técnico en el noveno asalto, consta en acta. Pero Urtain, el buen vasco, no cayó, perdió de pie y, qué cojones, aguantó el calvario con aquella dignidad española, acaso perdida, que siendo hermosa terminaba manipulada por el régimen. Y no como sus primeros rivales, cuya cobardía hizo que la carrera de Urtain (53 victorias –41 por KO–, 11 derrotas y cuatro nulos) fuese asociada a la palabra tongo.
Urtain perdió en Londres el título de campeón de Europa de los pesos pesados, pero se ganó, para siempre, el afecto y la solidaridad de clase entre perdedores. No le hacía falta, por tanto, tomar carrerilla y arrojarse al vacío en vísperas de los Juegos Olímpicos de Barcelona’92. Se suicidó con dos cojones que para entonces habían dejado de llevarse en España.







