Las dos mitades de Lars Kepler

Cada mañana, los Kepler abrigan a sus tres niños y los llevan en coche al colegio. Enseguida vuelven a casa y, en la mesa de la cocina, tienen una reunión de trabajo.
–Cariño, creo que un psicópata no actuaría jamás de esa manera.
–Pero, cielo, has de tener en cuenta que lo que más deseaba del mundo era hacer el amor con su hermana y que, para ello, debía amenazarla con eso.
–Mmm… tal vez tengas razón, ¿me acercas un bizcochito de jengibre, por favor?
Así, con el plácido telón de fondo de los inviernos blancos de Estocolmo, mientras va descendiendo el nivel de la tetera humeante, los Kepler tienen sus tormentas de ideas matinales. Este matrimonio sueco –sospechosamente feliz– hace varias coladas al día, como toda familia numerosa que se precie, pero, sobre todo, escribe novelas a cuatro manos. Son el nuevo fenómeno de la narrativa policiaca escandinava.
En realidad, no son tampoco los Kepler, pues se llaman Alexander Ahndoril (él) y Alexandra Coelho (ella, de origen portugués). Lars Kepler es el seudónimo que los agrupa y que ha dado ya a la luz su primera novela, El hipnotista, que Planeta ha puesto a la venta esta semana. Se ha traducido en 30 países y ha hecho que alguien les haya bautizado –prematuramente, claro– como “el nuevo Stieg Larsson”.
Lo curioso del caso es que los Kepler tenían una vida previa como escritores separados, y su obra individual no tiene absolutamente nada que ver con este escalofriante thriller moderno. Alexander es autor de varias obras de teatro y nueve novelas, entre ellas El director, cuyo protagonista construyó a partir de datos reales de la biografía de Ingmar Bergman. Alexandra escribió una novela “con ambición literaria” sobre un astrónomo danés.
“Por eso necesitábamos a Lars Kepler –sonríe ella–, porque es otro escritor, una nueva persona, con su voz propia.” Alexander va más allá: “Habíamos intentado antes trabajar juntos y no lo conseguimos hasta que apareció Lars”. “Antes –reconoce Alexandra–, las voces de cada uno de nosotros entraban en colisión, era una lucha a ver cuál de las dos se imponía. Ahora las dos han desaparecido. Kepler no es ni Alexander ni Alexandra, y sabe exactamente adónde va, solamente debemos seguirle.” De hecho, cuando eran dos, desayunaban café, y ahora, que son Kepler, se han pasado al té.
Este matrimonio –casado, por cierto, en Fuengirola– quería profundizar en el tema de la hipnosis. “Nos fascinaba –explica ella– la imagen de un hipnotizado, alguien que parece exteriormente dormido, pero en cuyo interior el cerebro permanece despierto.” “Lo más interesante –continúa él– es que una persona sometida a hipnosis puede hurgar en su memoria, en su subconsciente, y revelar cosas que, despierto, jamás contaría a nadie, ni siquiera a sí mismo.
Queríamos usar eso en una trama policial.” Para investigar no tuvieron demasiados problemas, pues el hermano de Alexander es hipnotizador profesional, “aunque de la rama del espectáculo: hace que la gente sienta asco de arañas imaginarias que les suben por el cuerpo, esas cosas…
También ayuda a dejar de fumar”. La idea les vino, de hecho, presenciando un espectáculo suyo, con voluntarios que, tras someterse a las artes del hipnotizador, creían haber estado pescando en una barca y ser sorprendidos por una tormenta. Tras aquella sesión, cuenta ella, “nuestra imaginación empezó a funcionar”. Poco a poco, fue surgiendo la historia de El hipnotista, una familia salvajemente asesinada, en la que el único testigo de los hechos –el hijo milagrosamente salvado de la muerte– debe ser sometido a hipnosis para esclarecer los hechos.
Alexander ha sido hipnotizado (aclara que no por su hermano) y explica que, en tal estado, “uno se siente como si pudiera decidir las cosas por sí mismo, pero, en realidad, acabas haciendo las cosas que el hipnotizador te dice, porque él tiene una serie de mandos ocultos, hasta que te dice ‘abre los ojos’ tú crees que eres autónomo, pero no haces otra cosa que obedecer órdenes”.
Ella observa a su marido con una mueca de recelo y admite: “Jamás seré hipnotizada, no quiero experimentar eso, tampoco creo que puedas hipnotizar a alguien si él no quiere. Me sorprende ver, en los espectáculos de mi cuñado, cómo la gente corre al escenario para que la hipnoticen, ¡ignoro qué placer encuentran! Es algo muy peligroso…”. “Es fácil hipnotizar –replica
él–, incluso se consigue en platós de televisión, con el estrés que dan las cámaras y el público”, aunque advierte que “hay muchos farsantes en este gremio”.







