Graciano García
"Admiro la fortaleza y la inteligencia de la princesa"

Graciano García inventó los premios Príncipe de Asturias. Ahora, a sus 70 años, treinta después de ponerlos en marcha, es director emérito vitalicio de la fundación Príncipe de Asturias que los concede. Ha pasado mucho tiempo, muy intenso y entre personalidades que son mitos de los siglos XX y XXI este asturiano de Moreda, villa en una de las cuencas mineras que se ve como un cruce de varias culturas que se dan allí: rural, industrial, minera y migratoria.
Él procede de familia minera por ambas ramas, llegados de Langreo y que pasaron, en parte, de trabajadores a propietarios. Su padre fue administrativo en la Hullera Española, que fundó el segundo marqués de Comillas, después de haber emigrado, muy joven, a Cuba y a México con una buena formación y algún dinero. Regresó con una pluma de pavo real y una moneda de 50 pesos. La pluma paginó la Biblia de casa que los curas no le dejaban leer.
Graciano asegura que lo que más le marcó de su infancia fue el mundo minero, de riesgo y de terrible represión. “Vi cadáveres de maquis en 1949 y desde esa fecha hasta 1952 hubo una compañía de moros que estaban viviendo en las antiguas escuelas, una ocupación contraria a la Reconquista, para atemorizar a los mineros y hacer guardia en los compresores y en los depósitos de dinamita.” Se trata de la cuenca católica y paternalista. También le dejó su huella una idea que luego reconoció en el Quijote: “Sábete Sancho que un hombre no es más que otro si no hace más que otro”.
Imágenes de los premios: Liz Taylor entra del brazo de Nelson Mandela en el Teatro Campoamor de Oviedo en 1992.
Era el glamour de la gran actriz con su vida en Hollywood pero dedicada a la solidaridad con los enfermos de sida, una enfermedad que no se sabía si sería una pandemia que acabaría con la humanidad.
¿Y Mandela?
Un faro de la humanidad que se manifestaba con una enorme humildad. Madrugaba y salía a pasear por el Campo San Francisco (un parque en el centro de Oviedo, muy próximo al hotel Reconquista, donde se alojan los premiados) y regresaba hora y media después. Se paraba con los niños. Es una de las personalidades que más me impresionó. En su discurso, con voz convencida y firme, hizo un canto a España y a los graves problemas de desigualdad económica, sobre todo en África, con gran sensibilidad.
Cite dos personalidades más que le hayan impresionado.
Isaac Rabin y Lula da Silva.
Rabin, dos veces primer ministro de Israel hasta su asesinato en 1995.
Ha habido encuentros históricos, momentos inolvidables, como el saludo de Yaser Arafat e Isaac Rabin sobre el escenario del Teatro Campoamor y su discreto encuentro en el hotel Reconquista, donde mantuvieron una conversación cuyas consecuencias, obviamente, desconozco. Me conmovió mucho ver llegar juntos a Arafat y Rabin cuando acudieron a recoger el premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional en 1994 y cómo Rabin, tras llegar a pie al Teatro Campoamor para asistir a la ceremonia de entrega y saludar a los centenares de personas que se agolpaban en las calles, afirmó que un pueblo con esa sensibilidad no puede temer al futuro. Claudio Magris, premio Príncipe de Asturias de las Letras en el 2004, cuando vio cómo se iba formando
la misma multitud preguntó: “¿Contra quién es la manifestación?”
El premio de Cooperación Internacional a Lula en el 2003 fue casi una bienvenida al poder.
Fue una apuesta por una figura de gran esperanza, pero era una incógnita la deriva política que tomaría. Llegó muy cansado, en un vuelo directo a las nueve de la mañana del día de los premios. Los diputados del Parlamento asturiano querían recibirlo y pedían que visitase la Junta General del Principado a las 11. El príncipe fue a la habitación a trasladarle esa petición y él se duchó y fue a la cita. Por la tarde, su discurso fue inolvidable por la convicción desde la que habló. Y desde entonces se han intensificado y mejorado las relaciones con Brasil, sobre todo en cuestiones culturales, como la potenciación del estudio del español.
En sentido contrario, hubo premio para Adolfo Suárez después de que dejara la política.
Ahora todo el mundo habla maravillas de Suárez, pero con el premio de la Concordia fuimos la primera institución que le reconoció lo que había hecho con valentía y compromiso.
Era 1996. Estaba sano.
Sí… Fumaba mucho, comía tortillas francesas y café y sólo hablaba de política. Era su vocación… Disfruté mucho como periodista. Me contó cosas clave sobre su amistad con Santiago Carrillo y creo que era porque admiraba mucho el valor, jugársela por defender una idea. Él mismo era valiente. Después del premio vino dos años como jurado. Hablaba del Rey…
¿Bien o mal?
Bien, contaba hitos de la transición como si los dos hubieran sido cómplices de travesuras. También alababa el coraje y la inteligencia de Sabino Fernández Campo, que fue secretario de la Casa del Rey.
¿Ha guisado usted los premios?
El Príncipe me contó que se me atribuía que yo daba los premios y le respondí: “Señor, más que eso creo que he procurado defender su independencia”. Si no me planto, le hubiésemos dado el de las Artes al Palau de la Música de Barcelona en plena época de corrupción.
Usted no podía saber que había corrupción.
Soy intuitivo. Había más de 600 firmas y fue una campaña de mucha presión durante tres años seguidos por conseguir el premio. El propio Millet me vino a ver dos veces… era simpático, pero no me parecía una candidatura que cumpliera el reglamento como debía, que fuera tan universalmente conocida como la Scala de Milán o el Bolshoi o la Filarmónica de Viena.
¿Es verdad que Antonio Gades no tuvo el premio por rojísimo?
No, hay unos cuantos personajes muy de izquierda premiados. Había candidaturas mejores porque fue cuando los premios saltaron del ámbito hispano al universal.
¿Broncas en los premios?
Camilo José Cela se enfrentó al lingüista y también académico Emilio Alarcos dando unas voces y unos puñetazos en la mesa que se oyeron desde la calle. Cela quería darle el premio a García Nieto y Alarcos, no.
Cela fue premio Príncipe de Asturias antes que Nobel.
Y me turbó –y se lo dije– que no lo mencionara en el discurso.







