15/07/2007

Baltasar Porcel

"He descubierto la angustia de la muerte y por eso quiero eternizarme escribiendo"

Texto de José Martí Gómez
Fotos de Carlos González Armesto
Baltasar Porcel ha pasado una etapa difícil por culpa de un cáncer y ha reaccionado con la energía que caracteriza a este prolífico y apasionado escritor. Superado el trance, ahora disfruta de múltiples homenajes de quienes le quieren hacer llegar su reconocimiento.
El escritor mallorquín Baltasar Porcel, fotografiado en su piso de Barcelona.
Es entrevistador de alto calado, columnista polémico y sobre todo, novelista. Quizás, en opinión personal del entrevistador, el novelista con un mundo más personal, más rico, más potente de la narrativa catalana. Vive el señor Baltasar Porcel en la proximidad de Barcelona, pero tiene también, desde hace unos años, un piso en la ciudad. Un piso con ventanas al mar y muchos cuadros en las paredes. En la mañana soleada, el señor Porcel viste de forma informal. Es hombre de hablar torrencial. Él mismo musita a trechos que habla mucho. Tiene al alcance de la mano una gorra, que va y viene de la mesa a la cabeza y de la cabeza a la mesa. Cree tener, con la gorra puesta, aspecto de ferroviario. También puede ser la imagen de un viejo contrabandista o de un maduro revolucionario del XIX. Parafraseando al señor Porcel en una de sus viejas y magistrales entrevistas, se ven desde la ventana bandadas de palomas volando sobre árboles y mástiles de embarcaciones deportivas. Palomos blancos, más oscuros que el cielo azul contra el que dibujan la curvilí- nea línea de sus evoluciones. Pero al señor Porcel este paisaje no le atrae en demasía quizá porque lo ha visto ya muchas veces o porque le parece como una pintura naíf y a él le gusta más detener su mirada en el misterio que encierra el blanco de un cuadro de Lucio que cuelga en la sala, o en los tonos minerales de una pintura de Ortega o la pulsión de muerte que hay en toda pintura de Tàpies. O quizás el paisaje que se ve desde la ventana al señor Porcel le aburra porque es hombre que, en su fuero interno, tiende a lo tremendo, lo descomunal.

Niebla en el paisaje que rodea su casa en Valldoreix y el mar desde las ventanas de su casa de Barcelona. Niebla y mar son dos constantes en su vida y en su narrativa.
Barcelona es una ciudad en la que no se puede hablar de mar.

Mar domesticado: restaurantes, amarres para embarcaciones deportivas, cines…
Hace años desde estas ventanas aún era posible ver barcas de pesca. Han desaparecido. Pero sí, lo cierto es que me mantengo entre la niebla de Valldoreix y el remedo de mar que se ve desde estas ventanas.

Las ciudades continúan sin gustarle.
Bien... A mí me gustan las ciudades porque hay librerías, tiendas de ropa, restaurantes... La ciudad me gusta funcionalmente, no como hábitat. Me dirá: "Tú, te pasas el día mirando los árboles o el mar". No, pero si los tengo cerca me van bien y, en cambio, los coches me molestan. Me gusta el campo, el mundo de los árboles, de los animales, de los pájaros. Me siento vinculado, integrado en ese mundo.

Usted es un hombre que, cuando no ha viajado, ha pasado gran parte de su vida en Barcelona pero que también se ha sentido muy cómodo en Madrid.
Sí. Barcelona es una ciudad para trabajar, de superestructura. Si yo tengo que ir a ciudades en las que me sienta a gusto voy a Roma, Venecia o París, pero es cierto que en Madrid siempre me he sentido muy bien. Ahora voy poco porque no tengo trabajos que hacer allí y llega un momento en la vida que casi sólo te mueves por trabajos y vocación, que muchas veces van juntos. De Madrid siempre me ha gustado el ambiente, la gente, la ciudad. Incluso le diré que desde un punto de vista de ambiente Madrid gana a Barcelona, ciudad en la que siempre sobrevive agazapado un animal superestructural, ideológico, sociológico, que cuando te descuidas te da un zarpazo.
"Descubrí un día que lo que escribían Faulkner, Pavese, Baroja... eran cosas como las que yo vivía y ellos convertían en literatura"
¿Y cree que eso en Madrid no pasa?
En este sentido Madrid es más como una plaza de toros: zarpazos los hay pero todo está más claro.

A usted lo que no le gusta son los ambientes provincianos.
Absolutamente de acuerdo.

Pero su narrativa es una constante recreación de su pueblo.
Todo escritor, todo creador, nace de un código lingüístico a través del cual se interpreta el mundo. A eso se suman la experiencia personal de los años y una serie de factores como el color o la noción de la muerte, nociones primarias de tu cuerpo, de tu mente, de tus sensaciones o lenguaje. Yo descubrí un día que lo que escribían Faulkner, Pavese, Baroja... eran cosas como las que yo vivía y ellos convertían en elemento literario. Yo escribo sobre mi pueblo, que es como un pueblo cualquiera, no como el pueblo en el que nací sino como el escenario en el que sitúo las pasiones humanas. No he hecho nunca una literatura localista. En absoluto. He recreado un paisaje para hacerlo universal.

Lo que los británicos, refiriéndose a Graham Greene, defi nen como “Greeneland”, pero que puede aplicarse a otros escritores.
Exacto. Es una tierra, un territorio mental en la que desarrollas una experiencia vital. Pla explica el Empordà. Yo no explico el mundo de Mallorca. Yo lo que hago es servirme de ese mundo como conducto para crear un escenario.

Hace años me dijo que sus demonios literarios eran la soledad, el amor, los paisajes desolados, el deseo de aventura, la quimera… ¿Sigue fi el a todo eso?
Sí. Yo no me encuentro bien en el mundo cotidiano y organizado. Necesito algo más. Para mí lo importante es qué pasará mañana. El pasado es un poso del que me nutro, transformo y proyecto. Lenin dijo una cosa importante: "Ya está bien de teorizar sobre el mundo; hemos de transformarlo". Quizá Lenin fue el primero en dejar de ser comunista al sugerir que ya estaba bien de tanta mandanga. No he sido nunca comunista, pero esta frase de Lenin no está mal. Ya dijo Popper que Lenin tenía un sentido moral a favor de los obreros y los pobres. Déjeme explicarle otra frase que me impresion ó: cuando Francisco de Borja llega a Granada con el cuerpo de la esposa de Carlos V para darle allí sepultura hace que abran el féretro para una postrera despedida y cuando ve el cadáver putrefacto exclama: "No quiero servir más a señor que se me pueda morir". Entre las frases de Lenin y de Francisco de Borja hay un programa. El mío. Si no eres lo que puedes hacer ¿qué eres? Mire los árboles, los animales. Están abocados al crecimiento, al futuro. Es el ser humano el que se cierra, y más en las ciudades, donde se respira una atmósfera cerrada, todo muy ordenado, muy hecho.

¿Seguro que con esas dos frases puede forjarse un programa?
Bueno... Seguro que me equivoco, pero a mí me ha funcionado.

Usted comunista no lo ha sido nunca, pero anarquista sí. ¿Es por ese pasado que siempre se despide con un “salud” que haría llorar a los viejos militantes?
La salud es muy importante. También podría despedirme diciendo "salud e inteligencia", pero me tomarían por loco. Sí. He sido más o menos anarquista y diría que, más o menos, lo continúo siendo. Para mí, el anarquismo es una fe, la mejor del mundo porque siempre he estado convencido de que nunca ganará. Con "La revuelta permanente" gané el premio Espejo de España, y Fraga, que formaba parte del jurado, dijo que "el señor Porcel cree que el libro prueba la eficacia de las teorías anarquistas, cuando en realidad lo que el libro prueba es todo lo contrario". Mientras iba escribiendo el libro ya tomé conciencia de eso. Fraga tenía razón, aunque yo respondiese a sus palabras llamándole reaccionario por lo que decía. Los pulsos que a lo largo de la historia de España ha mantenido el anarquismo con el sistema siempre han acabado en derrota, pero el anarquismo sobrevive como forma de vida, como aliento de libertad. Es en este sentido que sigo considerándome anarquista, aunque he pactado siempre que he creído que deb ía hacerlo por considerarlo conveniente para mí, mi vida y mis intereses.

¿Incluso en el momento más intenso de su fe anarquista?
Incluso en ese momento publiqué artículos a favor de la burguesía y de la democracia parlamentaria. Nunca he sido antidem ócrata ni antiburgués. Siempre he sido un hombre que ha creído que la organizaci ón de la vida es diversa. En años del llamado realismo se dijo de mí que no tenía conciencia revolucionaria, que la mía era conciencia de indignado. Estaba bien visto. Tengo amigos que ahora son liberales que se enfadan conmigo cada dos por tres porque me encuentran excesivamente de izquierdas.

Y desde la izquierda se enfadan porque le ven excesivamente de derechas.
Sí, sí. Pero eso a mí me importa un pito.

Me da la sensación de que siempre le ha importado un pito lo que han dicho sobre usted.
Tampoco es eso. Cabrean según qué cosas. En Mallorca decimos que muchas moscas matan un asno. Ocurre que es evidente que yo tengo más razón que los demás.

"Si Cataluña y España se entienden empresarialmente, ¿por qué no pueden entenderse culturalmente?"

Vaya.
He viajado mucho, tengo amigos en casi todas las partes del mundo. Soy todo lo contrario de un nacionalista en Cataluña y en España, donde ser nacionalista quiere decir ser antinacionalista español o catal án. Yo, pacto. De España me interesan su historia cultural y sus, aunque parezca raro, tres periodos fundamentales, con Fernando el Católico, Carlos V y Felipe II. Del resto, paso.

¿Será posible algún día un entendimiento entre Cataluña y el resto de España?
No creo. Antes haría falta un acuerdo entre las elites y una gran acción escolar. Si empresarialmente Cataluña y España se entienden, ¿por qué no pueden entenderse culturalmente? ¿Por qué a un escritor que escribe en castellano y en catalán ya no se le considera miembro de la cultura castellana? En España hay gente muy rara. El que diga que, como escritor, las ideas que tengo son producto de la tradición española o de la tradición catalana está completamente equivocado. Yo soy un producto de la tradición europea. Sin Europa yo sería otro. Los padres de lo que escribo como columnista se apellidan Mauriac o Deniel, se nutren de lo que leí en la prensa francesa. En los años sesenta, con España convertida por Franco en un erial cultural, la influencia de la lengua francesa fue tremenda para mí. Desde los años sesenta he viajado mucho. He escrito un libro sobre el Mediterráneo, me ha obsesionado el África negra, he viajado por China y Extremo Oriente. Pero yo entré en el siglo XX a trav és de la lengua y la prensa francesa, y de la lectura de la narrativa rusa del XIX y de la novela norteamericana de la primera mitad del siglo XX. Dos literaturas básicas, tremendas.

Volvamos a los pactos.
No veo por qué no debo hacerlos. "Tú eres contradictorio", me dicen. Evidentemente. ¿Cómo quieres que sea? "Tú has cambiado", dicen otros. Claro. ¿Por qué no voy a cambiar? En los años setenta fui a China y defendí su revolución, que me pareció más anarquista que comunista. Diez años despu és me echaban en cara que criticase a China después de elogiarla. Les respondía que el hecho de que yo hubiese cambiado de opinión no tenía importancia. Lo importante era que habían cambiado de opini ón mil cien millones de chinos. En este país, créame, hay gente muy rara. Cuando encuentro un tío que me dice: "Pienso lo mismo desde que tenía veinte años", yo me digo que a ese tío le pasa algo.

A usted siempre le he visto como hombre con aliento romántico y sobrado de soberbia.
Seguramente confluyan en mi las dos cosas. La soberbia es una necesidad.

No me diga.
Es que si no eres soberbio te pisotean, te pasan por encima.

Basta apartarse.
¡Apartarse, apartarse...! A veces no te dejan apartarte. Si te presentan batalla ¿qué hacer? En cuanto a lo de romántico... Sí. Creer en tus ensueños como otra necesidad. Podría añadir que también soy vanidoso.

Era la siguiente pregunta.
Pues sí, soy vanidoso, aunque tampoco es exactamente eso: mi vanidad, que la tengo, es mucho más compleja. Mi vanidad es mi trabajo, es el libro que estoy escribiendo. Mi vanidad fuerte es solitaria. La que tienes con el mundo es también una necesidad. Has de flotar.

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