22/07/2007
Entrevista a Luc Ferry
"Ninguno de mis estudiantes moriría por Dios, por la patria o por la revolución"
Texto de Núria Escur
Fotos de Txema Salvans
Luc Ferry fue ministro de Educación en Francia con Jacques Chirac y confiesa que no le han quedado ganas de repetir la experiencia de la vida política en primer plano. Ha optado, como Þ lósofo y profesor, por desgranar las claves de la sociedad europea de hoy y convertir sus conclusiones en un libro de título bien significativo: "Aprender a vivir".

Es filósofo pero podr ía ser hipnotizador. Una suerte de Al Pacino, pero en alto. Su aspecto no puede ser más francés, camisa almidonada, flequillo obediente, gemelos de plata y unas cejas pobladas que intimidan. Bebe cerveza y fuma en cadena. Observa al interlocutor por encima de los cristales de sus gafas; te habla sin respiro de san Agustín, de Séneca, de Nietzsche, a tal velocidad y con tanta vehemencia, que parece que todos ellos estén vivos, ahí, en la mesa de al lado, a punto de amenazarnos con sus sentencias mientras nosotros vamos a rodar mareados de tanto axioma y borrachos de duda existencial.
En mayo del 2002 Jacques Chirac, de quien fue fiel consejero, le nombró ministro de Juventud, Educación e Investigaci ón. Era ya confidente de tres ministros más, "el centrista Bayrou, el jospiano Allègre y el incombustible Jack Lang" rezaban las reseñas. Parecía la persona adecuada para el cargo, al menos desde una óptica conservadora, ya que Ferry había teorizado sobre los errores del Mayo del 68. Tras aquella época de desgaste no le han quedado ganas de repetir en la política. Juega con un libro diminuto. Pero no es el suyo, el que viene a presentar, "Aprender a vivir" (Taurus), cuya búsqueda principal es la superaci ón del miedo desde la filosofía, cualquier miedo que nos atenace.
¿Siempre coloca los libros boca abajo para que nadie vea qué lee?
Lo que lees forma parte de tu privacidad. Éste es un libro genial, el libro más bello del mundo, la "Teogonía" de Hesíodo. Y ya ve, siempre los subrayo para sentirlos míos.
¿Tengo que felicitarle por la victoria de Sarkozy o darle el pésame?
Yo estoy contento con su elección como lo está la mayor parte de mis amigos, también de izquierdas, que votaron por él. Gentes que creían que finalmente había que volver a poner a Francia en marcha y no dejarla como un pueblo de campesinos en medio de una Europa en pleno siglo XXI. El partido socialista, en Francia, no está preparado para gobernar porque está demasiado desestructurado; es el único de Europa que no se ha convertido en socialdemócrata. Ya no tenemos socialdemócratas inteligentes en Francia, ¡eso ya no existe!
Su libro es una historia de la fi losofía para jóvenes. ¿Cómo era el joven Luc Ferry?
Extraño. Yo tengo un recorrido muy atípico que parte de unos padres que nunca estudiaron. Prácticamente no fui a la escuela. Ni al instituto. Mi padre era piloto de carreras. ¿Ve la imagen que llevo en el móvil" Es él en el circuito de Le Mans, un hombre genial que sólo se dedicaba a sus coches. Yo hice mis estudios por correspondencia y luego me fui a Alemania.
Pero en el año mágico, en el 68, entra usted en la universidad de París.
Era un jovencito que vivía en el campo. Fuera del mundo. Mi padre, que era gaullista, pasó tiempo en un campo nazi, en situaciones terribles, e intentó evadirse más de ocho veces. Me explicaba que, cada mañana, los nazis colocaban una olla de sopa a cincuenta metros y el último prisionero en llegar a la meta era comido vivo por los perros ante todo el mundo.
Eso es horrible.
Tanto que yo, cuando escuchaba a Daniel Cohn Bendit "ahora un amigo cercano" decir aquello de que los gaullistas eran como los nazis me removía: "¡No, no puedo entenderlo, mi padre es gaullista y no es nazi!". ¡De Gaulle no era nazi! ¡Malraux no era nazi! Yo sabía que yo no podía ser del 68, no hubiera sido posible.
¿Por qué entre todas las disciplinas posibles escogió la filosofía?
Porque a los quince años me puse a leer "La crítica de la razón pura", de Kant, y no entendí nada. Muy pronto supe que la filosof ía no era lo que decían en las aulas, la filosofía solamente tiene que ver con la cuestión de los miedos.
En mayo del 2002 Jacques Chirac, de quien fue fiel consejero, le nombró ministro de Juventud, Educación e Investigaci ón. Era ya confidente de tres ministros más, "el centrista Bayrou, el jospiano Allègre y el incombustible Jack Lang" rezaban las reseñas. Parecía la persona adecuada para el cargo, al menos desde una óptica conservadora, ya que Ferry había teorizado sobre los errores del Mayo del 68. Tras aquella época de desgaste no le han quedado ganas de repetir en la política. Juega con un libro diminuto. Pero no es el suyo, el que viene a presentar, "Aprender a vivir" (Taurus), cuya búsqueda principal es la superaci ón del miedo desde la filosofía, cualquier miedo que nos atenace.
¿Siempre coloca los libros boca abajo para que nadie vea qué lee?
Lo que lees forma parte de tu privacidad. Éste es un libro genial, el libro más bello del mundo, la "Teogonía" de Hesíodo. Y ya ve, siempre los subrayo para sentirlos míos.
¿Tengo que felicitarle por la victoria de Sarkozy o darle el pésame?
Yo estoy contento con su elección como lo está la mayor parte de mis amigos, también de izquierdas, que votaron por él. Gentes que creían que finalmente había que volver a poner a Francia en marcha y no dejarla como un pueblo de campesinos en medio de una Europa en pleno siglo XXI. El partido socialista, en Francia, no está preparado para gobernar porque está demasiado desestructurado; es el único de Europa que no se ha convertido en socialdemócrata. Ya no tenemos socialdemócratas inteligentes en Francia, ¡eso ya no existe!
Su libro es una historia de la fi losofía para jóvenes. ¿Cómo era el joven Luc Ferry?
Extraño. Yo tengo un recorrido muy atípico que parte de unos padres que nunca estudiaron. Prácticamente no fui a la escuela. Ni al instituto. Mi padre era piloto de carreras. ¿Ve la imagen que llevo en el móvil" Es él en el circuito de Le Mans, un hombre genial que sólo se dedicaba a sus coches. Yo hice mis estudios por correspondencia y luego me fui a Alemania.
Pero en el año mágico, en el 68, entra usted en la universidad de París.
Era un jovencito que vivía en el campo. Fuera del mundo. Mi padre, que era gaullista, pasó tiempo en un campo nazi, en situaciones terribles, e intentó evadirse más de ocho veces. Me explicaba que, cada mañana, los nazis colocaban una olla de sopa a cincuenta metros y el último prisionero en llegar a la meta era comido vivo por los perros ante todo el mundo.
Eso es horrible.
Tanto que yo, cuando escuchaba a Daniel Cohn Bendit "ahora un amigo cercano" decir aquello de que los gaullistas eran como los nazis me removía: "¡No, no puedo entenderlo, mi padre es gaullista y no es nazi!". ¡De Gaulle no era nazi! ¡Malraux no era nazi! Yo sabía que yo no podía ser del 68, no hubiera sido posible.
¿Por qué entre todas las disciplinas posibles escogió la filosofía?
Porque a los quince años me puse a leer "La crítica de la razón pura", de Kant, y no entendí nada. Muy pronto supe que la filosof ía no era lo que decían en las aulas, la filosofía solamente tiene que ver con la cuestión de los miedos.
"Me molesta que se hable de los jóvenes como si fueran una tribu homogénea. Son como los adultos: hay de derechas, de izquierdas, algunos son imbéciles y otros, inteligentes"
¿Qué miedos?
El miedo a lo que no volverá, el miedo a la muerte, eso. Mientras no logremos superarlos estamos arrinconados como un esquimal en su iglú.
¿No hay filosofía sin religión?
La diferencia es que la religión te permite salvarte gracias a Dios mientras que la filosofía -más arrogante y pretenciosa- propone salvarte gracias a ti mismo.
¿Se siente cómodo con la máxima de Montaigne, fi losofar es aprender a morir?
Sí. Si usted tiene hijos sabrá que la angustia de pensar que este niño pueda morirse es lo peor que le puede pasar por la cabeza. La cuestión de la moral ya no me interesa, se limita al respeto del otro. Pero la del duelo, eso sí... Del mismo modo estoy convencido de que uno debe hacer las paces con sus padres antes de que desaparezcan. Creo mucho en la sabiduría del amor: hay que vivir con quienes amas sabiendo que todos moriremos. Epícteto le dice a su alumno: "Cuando abraces a tu hijo, piensa que puede morir en ese mismo instante, exactamente igual que ayer cuando resbaló el vaso de tu mano y se rompió".
Fue ministro de Educación, Investigación y Juventud entre el 2002 y el 2004. ¿Repetiría?
No. Hoy en día, en Europa, todos nuestros políticos de primera línea, ya sea Zapatero, Blaire, Merkel o Sarkozy tienen el mismo problema: el de la adaptación de nuestros viejos países europeos a la globalización capitalista. Todos son pragmáticos. Necesitamos políticos que piensen en el sentido de la vida, no en su precio.
¿El empresario no tiene nada que proponer?
El empresario arquetípico está roto en dos. Acostumbra a ser un hombre de derechas que deplora el declive de la cultura y la moral, es pesimista y piensa que todo se va a la mierda. Que los niños no están bien educados ni dicen buenos días, que visten fatal y no conocen la historia. Pero no se da cuenta de que él es el responsable de instalar un sistema de zapping en el cerebro infantil y transformarlos en consumidores adictos.
Cuenta usted que los jóvenes del Mayo del 68 encarnaban la utopía y la esperanza mientras que los de hoy encarnan la vanguardia del miedo y angustia ante el futuro.
Yo tengo tres hijas, de 16, 7 y 3 años. Las quiero más que nada en el mundo. Cuando yo era ministro, siempre pensaba que la política que estábamos construyendo se aplicaría a mis hijas, esa era mi referencia. Pero ¿sabe qué me molesta? Que se hable de los jóvenes como si fueran una tribu homog énea. Los jóvenes son como los adultos: hay de derechas, de izquierdas, algunos son imbéciles y otros inteligentes.
Usted empezó a escribir un libro con el pensador André Comte-Sponville. Le cito: “No estábamos de acuerdo en nada pero en lugar de odiarnos empezamos a darnos crédito”.
Cuando yo era joven siempre pensaba que el objetivo principal de cualquier conversaci ón era tener razón. Cuando había demostrado que el tipo que estaba enfrente era un imbécil ya había ganado. Hasta que en un momento dado de mi vida entendí que nunca haces amigos por tener la razón.
De André le separaba todo.
Todo. Él venía del comunismo y yo era más bien un republicano gaullista; tenemos la misma edad, pero él es más bien guapo; tenemos el mismo público y, por lo tanto, competimos. Teníamos todas las razones para detestarnos y sentir envidia el uno del otro y, sin embargo, surgió amistad. Entonces me dije: "Quisiera entender por qué este hombre que es amable, es inteligente, tanto o más que yo, que posee un talento increíble, se reconoce en lugares que yo detesto. Prefiere a Spinoza y yo a Kant, él los estoicos y yo Platón, es comunista y 'yo tampoco' -como decía Dalí-, ahora es budista y yo vengo de lo cristiano".
El miedo a lo que no volverá, el miedo a la muerte, eso. Mientras no logremos superarlos estamos arrinconados como un esquimal en su iglú.
¿No hay filosofía sin religión?
La diferencia es que la religión te permite salvarte gracias a Dios mientras que la filosofía -más arrogante y pretenciosa- propone salvarte gracias a ti mismo.
¿Se siente cómodo con la máxima de Montaigne, fi losofar es aprender a morir?
Sí. Si usted tiene hijos sabrá que la angustia de pensar que este niño pueda morirse es lo peor que le puede pasar por la cabeza. La cuestión de la moral ya no me interesa, se limita al respeto del otro. Pero la del duelo, eso sí... Del mismo modo estoy convencido de que uno debe hacer las paces con sus padres antes de que desaparezcan. Creo mucho en la sabiduría del amor: hay que vivir con quienes amas sabiendo que todos moriremos. Epícteto le dice a su alumno: "Cuando abraces a tu hijo, piensa que puede morir en ese mismo instante, exactamente igual que ayer cuando resbaló el vaso de tu mano y se rompió".
Fue ministro de Educación, Investigación y Juventud entre el 2002 y el 2004. ¿Repetiría?
No. Hoy en día, en Europa, todos nuestros políticos de primera línea, ya sea Zapatero, Blaire, Merkel o Sarkozy tienen el mismo problema: el de la adaptación de nuestros viejos países europeos a la globalización capitalista. Todos son pragmáticos. Necesitamos políticos que piensen en el sentido de la vida, no en su precio.
¿El empresario no tiene nada que proponer?
El empresario arquetípico está roto en dos. Acostumbra a ser un hombre de derechas que deplora el declive de la cultura y la moral, es pesimista y piensa que todo se va a la mierda. Que los niños no están bien educados ni dicen buenos días, que visten fatal y no conocen la historia. Pero no se da cuenta de que él es el responsable de instalar un sistema de zapping en el cerebro infantil y transformarlos en consumidores adictos.
Cuenta usted que los jóvenes del Mayo del 68 encarnaban la utopía y la esperanza mientras que los de hoy encarnan la vanguardia del miedo y angustia ante el futuro.
Yo tengo tres hijas, de 16, 7 y 3 años. Las quiero más que nada en el mundo. Cuando yo era ministro, siempre pensaba que la política que estábamos construyendo se aplicaría a mis hijas, esa era mi referencia. Pero ¿sabe qué me molesta? Que se hable de los jóvenes como si fueran una tribu homog énea. Los jóvenes son como los adultos: hay de derechas, de izquierdas, algunos son imbéciles y otros inteligentes.
Usted empezó a escribir un libro con el pensador André Comte-Sponville. Le cito: “No estábamos de acuerdo en nada pero en lugar de odiarnos empezamos a darnos crédito”.
Cuando yo era joven siempre pensaba que el objetivo principal de cualquier conversaci ón era tener razón. Cuando había demostrado que el tipo que estaba enfrente era un imbécil ya había ganado. Hasta que en un momento dado de mi vida entendí que nunca haces amigos por tener la razón.
De André le separaba todo.
Todo. Él venía del comunismo y yo era más bien un republicano gaullista; tenemos la misma edad, pero él es más bien guapo; tenemos el mismo público y, por lo tanto, competimos. Teníamos todas las razones para detestarnos y sentir envidia el uno del otro y, sin embargo, surgió amistad. Entonces me dije: "Quisiera entender por qué este hombre que es amable, es inteligente, tanto o más que yo, que posee un talento increíble, se reconoce en lugares que yo detesto. Prefiere a Spinoza y yo a Kant, él los estoicos y yo Platón, es comunista y 'yo tampoco' -como decía Dalí-, ahora es budista y yo vengo de lo cristiano".
"La enfermedad de nuestro tiempo es el miedo. Los humanos siempre hemos tenido miedo. Pero hoy es presentado como el primer paso hacia la sabiduría"
¿Instalarse en “futuro anterior”, como propone su amigo, es una buena fórmula para no sufrir?
Consiste en pensar "cuando la catástrofe se produzca yo ya me habré preparado". Todas las filosofías que gustaban a Comte-Sponville se relacionaban con eso porque él había sufrido auténticas desgracias, su madre se suicidó, perdió un hijo de un año, y esa era su estrategia de defensa. Y yo me dije que ninguno de los dos tenía más razón que el otro, simplemente no vivíamos en el mismo mundo. Eran opciones posibles.
Si aquí a su lado estuviera Epicuro y le dijera aquello tan suyo de que la filosofía es “la medicina del alma”, ¿para qué enfermedad de nuestro tiempo le pediría curación?
El miedo. Tenemos miedo de todo. Del sexo, de la velocidad, del tabaco, el alcohol, el efecto invernadero, la globalización, el terrorismo, la fiebre del pollo, la vaca loca... cada año vamos sumando miedos. Nosotros, pequeños seres humanos, siempre hemos tenido miedo. Pero lo nuevo, lo realmente nuevo es la desculpabilización de los miedos en la sociedad moderna. Cuando yo era pequeño, nos decían "un chico mayor no tiene miedo. No temas la oscuridad". Y creo que eso era bastante justo.
¿Hoy no?
Hoy el miedo es presentado como el primer paso hacia la sabiduría, lo que se llama el principio de precaución hacia la prudencia.
Ilústreme.
Cuando yo era ministro recibía a los sindicatos cada semana. No es un chiste, ¿eh? Pues no recibí ni una sola delegación sindical en el despacho de ministros cuya primera frase no fuera "señor ministro, estamos muy inquietos". Eso es lo que me molesta. El miedo ya no es algo vergonzoso, es algo positivo, que va por delante.
Usted hizo eliminar los símbolos religiosos de las escuelas.
Lo que yo suprimí fueron los ostentosos, pero no me metí con que alguien llevara una cadenita con una crucecita o una estrella de David. Suprimimos los velos. En el 2002 hubo un aumento de antisemitismo del doscientos por ciento, y eso a mí no me gustaba; y no era el antisemitismo de extrema derecha, ése ya había desaparecido. Los jóvenes árabes asumían el papel de palestinos y agredían a los pequeños judíos que se tomaban por israelíes. Yo no quise prohibir la religión, pero tampoco que las escuelas se transformaran en campos de batalla.
“Se puede ser agnóstico sin rechazar la idea de lo sagrado”, dice usted, y añade que lo divino es indispensable.
Yo creo que, contrariamente a lo que se dice, lo sagrado no ha desaparecido de nuestras sociedades laicas. ¿Qué es lo sagrado? Etimológicamente es aquello por lo que uno es capaz de sacrificar su propia vida. Existe una bella imagen de Max Weber para quien lo sagrado es "el capitán de barco que sigue a bordo incluso cuando la tripulación ya está a salvo".
¿Y por qué razones se sacrifica el hombre actual?
En la historia de la humanidad se han repetido tres razones, que son las razones de tantas guerras y muertos: Dios, la patria y la revolución. Constato que en la Europa occidental estos tres motivos para sacrificarse han desaparecido. Ninguno de mis estudiantes estaría dispuesto a morir ni por Dios ni por la patria ni por la revolución.
¿Entonces por qué no ha desaparecido lo sagrado?
Porque lo sagrado se ha encarnado en lo humano. Fíjese en el efecto de una historia apasionante: la historia del matrimonio. Desde el momento en que la sociedad aprende a pasar del matrimonio concertado al matrimonio por amor -o el vivir en pareja-, nos ponemos a amar a los humanos que nos rodean, especialmente niños, como nunca antes en la historia. Desde entonces, lo único por lo que somos capaces de morir es por los seres que amamos. Por fin lo sagrado tiene rostro humano. Hay algo divino en nosotros que merece tanto respeto como una religión.
Consiste en pensar "cuando la catástrofe se produzca yo ya me habré preparado". Todas las filosofías que gustaban a Comte-Sponville se relacionaban con eso porque él había sufrido auténticas desgracias, su madre se suicidó, perdió un hijo de un año, y esa era su estrategia de defensa. Y yo me dije que ninguno de los dos tenía más razón que el otro, simplemente no vivíamos en el mismo mundo. Eran opciones posibles.
Si aquí a su lado estuviera Epicuro y le dijera aquello tan suyo de que la filosofía es “la medicina del alma”, ¿para qué enfermedad de nuestro tiempo le pediría curación?
El miedo. Tenemos miedo de todo. Del sexo, de la velocidad, del tabaco, el alcohol, el efecto invernadero, la globalización, el terrorismo, la fiebre del pollo, la vaca loca... cada año vamos sumando miedos. Nosotros, pequeños seres humanos, siempre hemos tenido miedo. Pero lo nuevo, lo realmente nuevo es la desculpabilización de los miedos en la sociedad moderna. Cuando yo era pequeño, nos decían "un chico mayor no tiene miedo. No temas la oscuridad". Y creo que eso era bastante justo.
¿Hoy no?
Hoy el miedo es presentado como el primer paso hacia la sabiduría, lo que se llama el principio de precaución hacia la prudencia.
Ilústreme.
Cuando yo era ministro recibía a los sindicatos cada semana. No es un chiste, ¿eh? Pues no recibí ni una sola delegación sindical en el despacho de ministros cuya primera frase no fuera "señor ministro, estamos muy inquietos". Eso es lo que me molesta. El miedo ya no es algo vergonzoso, es algo positivo, que va por delante.
Usted hizo eliminar los símbolos religiosos de las escuelas.
Lo que yo suprimí fueron los ostentosos, pero no me metí con que alguien llevara una cadenita con una crucecita o una estrella de David. Suprimimos los velos. En el 2002 hubo un aumento de antisemitismo del doscientos por ciento, y eso a mí no me gustaba; y no era el antisemitismo de extrema derecha, ése ya había desaparecido. Los jóvenes árabes asumían el papel de palestinos y agredían a los pequeños judíos que se tomaban por israelíes. Yo no quise prohibir la religión, pero tampoco que las escuelas se transformaran en campos de batalla.
“Se puede ser agnóstico sin rechazar la idea de lo sagrado”, dice usted, y añade que lo divino es indispensable.
Yo creo que, contrariamente a lo que se dice, lo sagrado no ha desaparecido de nuestras sociedades laicas. ¿Qué es lo sagrado? Etimológicamente es aquello por lo que uno es capaz de sacrificar su propia vida. Existe una bella imagen de Max Weber para quien lo sagrado es "el capitán de barco que sigue a bordo incluso cuando la tripulación ya está a salvo".
¿Y por qué razones se sacrifica el hombre actual?
En la historia de la humanidad se han repetido tres razones, que son las razones de tantas guerras y muertos: Dios, la patria y la revolución. Constato que en la Europa occidental estos tres motivos para sacrificarse han desaparecido. Ninguno de mis estudiantes estaría dispuesto a morir ni por Dios ni por la patria ni por la revolución.
¿Entonces por qué no ha desaparecido lo sagrado?
Porque lo sagrado se ha encarnado en lo humano. Fíjese en el efecto de una historia apasionante: la historia del matrimonio. Desde el momento en que la sociedad aprende a pasar del matrimonio concertado al matrimonio por amor -o el vivir en pareja-, nos ponemos a amar a los humanos que nos rodean, especialmente niños, como nunca antes en la historia. Desde entonces, lo único por lo que somos capaces de morir es por los seres que amamos. Por fin lo sagrado tiene rostro humano. Hay algo divino en nosotros que merece tanto respeto como una religión.
de: YEZID CARRILLO | 22/08/2007
Hola, Yezo: una aporte dentro de tu mundo. Al leerlo, de alguna manera, me acordé de ti. Un abrazo,
Toño







