29/07/2007

Julia Navarro

"Una sociedad que desprecia el conocimiento y la experiencia no tiene futuro"

Texto de Núria Escur
Fotos de Carlos González Arnesto
Julia Navarro se hizo escritora casi sin querer y ha triunfado plenamente con sus novelas de trama histórica. La última, "La sangre de los inocentes", trata del fanatismo, un tema de máxima actualidad que le preocupa también como periodista. La autora conjuga así las dos facetas de su vida: la profesional, con la que se ha labrado un prestigio en los medios de comunicación, y la de novelista que vende millones de libros en todo el mundo.
Lo que ella quiso ser, en realidad, pocos lo aciertan. Bailarina de ballet clásico. Para eso se preparó hasta los dieciséis años. Hasta que se cruzó el periodismo. "Me apasioné, ahora estoy encantada de no hab érmelo perdido." A la novela, dice, ha llegado por casualidad. "Verano, playa, nada que hacer, con mi hijo, aburrimiento en una de esas mañanas interminables en las que ya te has leído los periódicos del derecho y del revés. De repente encuentras una noticia: el fallecimiento de un científico, el hombre que había puesto bajo su microscopio la sábana de Turín y había concluido que era falsa. Aquello encendió mi imaginaci ón. Yo no tenía ninguna cuenta pendiente con la literatura, todos saben que primero hice libros políticos." Las suyas son novelas que, cuando nacen en letra impresa ya llevan en conserva un montón de trabajo previo. Datos, investigaciones, viajes. La última le ha costado un año y siete meses a esta mujer nacida en Madrid en 1953, tan frágil por fuera como tozuda por dentro. Escrita en tres tiempos, "La sangre de los inocentes" (Plaza & Janés), es una reflexión sobre el fanatismo desde la época de los cátaros, los peligros doctrinales y el inevitable lastre de la política. Ha seguido el mismo camino que las anteriores: récord absoluto de ventas.

Su último libro también surgió de una noticia en el periódico.
Ser periodista condiciona mi manera de escribir y los temas que elijo "La sangre de los inocentes" es un libro que nace del impacto que me produce la voladura de las Torres Gemelas, el atentado del 11-M, el del metro de Londres... una reflexión sobre el fanatismo religioso.

¿Con qué pregunta arrancó su curiosidad?
¿Qué puede llevar a un hombre a sembrar de muerte su paisaje simplemente porque tiene una idea distinta de Dios? El fanatismo es tan viejo como el mundo, inherente a la condición humana.

Dicen que todos esos sentimientos comunes a los hombres ya los explicó Shakespeare. ¿Por qué empezar en el siglo XIII?
Los eternos, sí. Pero en el siglo XIII, con la cruzada contra los cátaros, además de la lucha contra una herejía lo que está en juego es la configuración de Francia. El rey de Francia no puede seguir tolerando que los nobles occitanos vayan por donde les dé la gana y tengan autonomía.

¿Los seres humanos estamos condenados al enfrentamiento?
La historia así nos lo dice. Pero también nos cuenta que hay sociedades que se levantan contra ese enfrentamiento. En la nuestra, la sociedad de la información, no tenemos perdón: deberíamos hacer el esfuerzo de evitar la confrontación porque sabemos muy bien a lo que conduce.

¿Quiénes son “los inocentes” de hoy?
Siempre son los mismos.

¿Tan meridianamente lo ve?
Inocentes son esa gran masa de personas agitadas por el viento como si fueran un campo de trigo, conducidos siempre por intereses políticos o económicos de los poderosos. ¿Por qué se hace una guerra? Por el control. ¿Quiénes mueren? Los de siempre. Mueren los pobres iraquíes que, además de soportar durante décadas la dictadura feroz de Husein, tienen que ver cómo, encima, los achicharramos para controlar el petróleo.

En la novela usted disecciona tres modelos de fanatismo: la intolerancia de la Inquisición, la sinrazón del nazismo y el integrismo islámico. ¿Cuál le inquieta más?
A mí un fanático me produce auténticos escalofríos. Me da lo mismo en nombre de lo que mate, bajo qué bandera, por qué creencia, pero siempre con el mismo fin. Pero seguramente la página más negra que ha escrito la humanidad sea la de la Segunda Guerra Mundial, el nazismo... la locura organizada. Meter en campos de exterminio, en cámaras de gas, a millones de personas, por pertenecer a otra raza, eso estremece. Seis millones de judíos, miles y miles de gitanos, homosexuales, republicanos, todo aquel que no fuera como ellos querían que fuera...

Pues la Inquisición no se quedó corta
.
Enviar a la hoguera a gente porque defiende una religión distinta a la tuya horroriza. Pero es que ahora, cuando oyes las amenazas de Al Qaeda diciendo que quieren "liberar" desde Al Andalus hasta no se dónde... te das cuenta de que volvemos a las andadas ¿Y qué van a hacer con los que no queremos ser liberados?

¿Qué propone?
Salir a la calle. La realidad siempre hubiera sido peor si no nos hubiéramos manifestado en cientos de ciudades por todo lo largo y ancho del mundo para ponérselo más difícil a la Administración Bush. Iban a hacer lo que les diera la gana, pero sabían que lo harían de espaldas a la opinión pública mundial.

¿Augura próximas cruzadas?
Existe ahora un empeño feroz en que haya un enfrentamiento entre Oriente y Occidente porque se han juntado el hambre con las ganas de comer: un grupo minoritario, mortífero, como Al Qaeda, con los intereses de grandes corporaciones obsesionadas por el control de grandes energías. Ellos son los enemigos ideales, se retroalimentan, y en medio estamos todos nosotros, los ciudadanos tranquilos y anónimos que van en el metro de Londres, en el de Madrid, los que están de vacaciones en Bali o trabajando en las Torres Gemelas.

¿Por qué se resiste usted a definirse religiosamente?
Vamos a ver, yo creo que la religión pertenece al ámbito más privado de los seres. De modo que no me voy a deÞ nir. Pero le diré que tengo un sentido trascendente de la vida. No creo que sólo seamos un conjunto de celulitas organizadas para pagar la hipoteca de la casa. Si hay algo grande que haya conseguido Occidente es la separaci ón de Iglesia y Estado. La cuestión no es en lo que uno crea, sino que eso debe mantenerlo de puertas para adentro.
"¿Qué puede llevar a un hombre a sembrar de muerte su paisaje simplemente porque tiene una idea distinta de Dios? El fanatismo es inherente a la condición humana"
Con la política no es usted tan celosa. Ha escrito libros como “Entre Felipe y Aznar” “La izquierda que viene”, “Nosotros, la transición” o “Señora presidenta”.
En la novela soy libre. Los libros políticos son una consecuencia de la profesión. Novelar es abrir la puerta de la imaginación y dejar pasar a todo personaje que se acerca por allí. Pero ¡la imaginación! es algo que los periodistas no debemos o no nos podemos permitir.

¿Uno sueña después con los personajes?
Para mí son absolutamente reales, termino pensando que me los voy a encontrar por la calle. Y eso que cuando escribo soy muy germánica. Pero cuando ya tengo muy clara la trama de la novela hay lugares a los que necesito volver. Entonces viajas con otra mirada. No son los mismos los ojos del turista o el periodista que los ojos que miran una ciudad donde transcurre tu novela.

Con sus tres novelas ha vendido usted más de dos millones de ejemplares en todo el mundo.
¿Por qué cree que interesa tanto la novela histórica?
La vendí en veintisiete países y contando todas las ediciones. Ahora mismo me acaban de decir que tenemos una oferta de Indonesia. He pensado: ¿les interesará a los indonesios la Sábana Santa? Pues parece que hoy ocurren estas cosas. La verdad es que ¿sabe?, escribo con responsabilidad pero también con mucha tranquilidad. Yo he tenido éxito con los libros cuando ya pasaba de los cincuenta, cuando ya tenía una carrera y una vida hecha y asentada. No tengo la sensación de estar jugándome nada porque "mi vida", la verdadera, ya está en otra parte. Así que no me preocupaba nada la cifra de ventas.

¿Alguna lección aprendida respecto a su oficio?
He tenido claro una sola cosa: yo no quiero hacer viajes de ida y vuelta. Yo seguiré haciendo periodismo. Quizá porque como periodista tengo muy claro que todo cambia, que gente importantísima que ayer nos podía resultar inaccesible hoy, si nos la encontráramos por la calle, ni siquiera la saludaríamos. ¿Qué me va mal un día con los libros? Yo voy a seguir levantándome, como siempre, a la misma hora, para ir a trabajar a Europa Press, acudir a una tertulia o a televisión. Yo no he roto con mi vida.

Después de tantos años, ¿qué hemos perdido en el ejercicio del periodismo?

Independencia. Creo que se está polarizando el periodismo de un modo insoportable. Mantener ese punto de objetividad y equilibrio que nos pedían antaño cada vez resulta más difícil. Creo que las empresas, a través de los contratos basura, están aprovechándose de que la gente joven tiene necesidad de un trabajo y se convierte en una mano de obra, además de barata, obediente. Cada vez vemos en las redacciones gente más joven... pero no porque los empresarios apuesten por ellos sino porque son más dúctiles.

¿Se prescinde de la gente con experiencia?

Cada vez más. Por el precio de un redactor de antes ahora puedes tener a tres chicos que, además, no te llevan la contraria. En las redacciones debería haber gente joven y gente mayor, cada uno en su lugar, con sus valores, como ha pasado siempre. Antes, cuando tú empezabas en una redacción, y yo lo hice a los 18 años, empezabas poco a poco.

¿Llevando cafés?
No le digo tanto. Pero sí cortando teletipos. Ahora ves un chaval de veinte años que entra una mañana y lo envían directamente a cubrir la rueda de prensa del Consejo de Ministros o un viaje del presidente. Como no tiene la formación ni la experiencia ni la consistencia necesarias? Y mucho menos para, en un momento determinado, cuestionar al político que tiene delante, fracasa. No les dejan aprender.

¿Están pervirtiendo los políticos el periodismo?
Lo están convirtiendo, con consentimiento de las empresas, en simples tormentas de declaraciones. Uno declara una cosa y nadie le reprende. Periodismo declarativo, diría. Una cosa que cada vez me irrita más es el modelo "declaración sin posibilidad de pregunta posterior", ya sea del presidente del gobierno o del líder de la oposici ón, me da igual. Pero... oiga, ¿cómo que no le puedo preguntar? ¡Usted está aquí para explicarse! Si no hay preguntas no convoque a nadie. Mande la nota y se la publicamos tal cual.

Intuyo que le pone de muy mal humor el periodismo de hoy.
Me hace mucha gracia la manipulación que hacen todos de los jóvenes. Yo no conozco ningún consejo de administración formado por veinteañeros. Todos han cumplido los sesenta. Y sin embargo, se llenan la boca, políticos y empresarios, diciendo que hay que rejuvenecer el organigrama. ¡Eso es de un cinismo enorme! Usted no quiere rejuvenecer nada, usted lo que quiere es usar a los jóvenes por baratos y dúctiles. Instrumentalizarlos. Pero luego no los tiene en cuenta. Estamos perpetuando una sociedad de lo más hipócrita. Una sociedad absolutamente ridícula. Donde la quintaesencia de lo estupendo es ser joven. Yo creo que una sociedad que está despreciando el conocimiento y la experiencia es una sociedad que no tiene futuro. Como no la tendría una sociedad que despreciara a los jóvenes.

¿Realmente el periodismo en Madrid es distinto del resto de España? ¿Es tan duro como dicen?
Es más agresivo. Sí. En Madrid el periodismo es un poco menos conformista. A mí me llamó mucho la atención el tratamiento informativo del hundimiento del barrio del Carmel que se dio en la prensa catalana. Me pareció muy "light". Tal vez en Madrid el periodismo es más agresivo porque está más cerca del poder, pero es que... aquí tenemos muy desmitificados a los pol íticos. La relación de la prensa con el polí- tico es más directa, menos contemplativa. Se les exige más.

Si los valores de la vieja Europa están agonizando, ¿qué papel nos queda?
Europa, o empieza a creer en sí misma y de dónde viene, o pierde el tren. Creo que Europa es el espacio propio del respeto al otro. Esos son los valores a los que no podemos renunciar.

¿Eso no genera una sociedad egocéntrica?

La llegada de inmigrantes es algo absolutamente enriquecedor, y sin embargo hay cosas en las que no podemos retroceder ni un milímetro. Estoy pensando en la situación de las mujeres. Basta con echar la vista atrás y recordar cómo era la España de nuestras abuelas. No, por aquí ya no vamos a pasar. Yo no quiero que en nuestra sociedad se instale la poligamia porque es una característica cultural, no quiero que haya ablación de clítoris porque es una característica cultural, no quiero que a una niña se la obligue a casarse con alguien a quien no ha visto en su vida porque es una costumbre de otra sociedad... Pero… "yo no quiero que una mujer vaya tres pasos por detrás de un hombre porque es una característica, no quiero que una niña no pueda hacer gimnasia en el colegio con el resto de sus compañeros, no quiero que una mujer vaya tapada con un manto que la cubre de los pies a la cabeza y vea por una rejilla que le cubre los ojos" ¡y que no me digan que es voluntario!

Diga, diga, si no hay quien la pare.
El otro día escuchaba a un profesor de la universidad de Granada por el que tengo un respeto enorme, Agustín Ruiz Robledo. Les decía a sus alumnos: "Aunque alguien quisiera ser esclavo de alguien, voluntariamente, no se lo podemos permitir". A mí me preocupa que las mujeres sin darnos cuenta vayamos a retroceder. La gente que viene tiene muchas cosas que enseñarnos pero nosotros, en temas de democracia, libertad y dignidad no debemos transigir.

¿Cree que los nacionalismos pueden ser una forma de fanatismo?
Yo es que soy muy poco nacionalista. A mí lo que me preocupa es la división, todo aquello que sea causa de separación entre seres humanos. Y creo que el nacionalismo siempre se construye en contra de alguien.

¿Siempre? ¿Necesariamente?
Ha habido momentos en los que un nacionalismo exacerbado ha provocado grandes desgracias. La historia de Europa está llena de ejemplos tremendos. Además, a mí me parece terrible sentirse diferente a otro ser humano porque ha nacido unos kiló metros más arriba o más abajo. Diferente ¿por qué? Si al final es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.

Y usted, ¿con qué se siente comprometida?
Primero con las personas que me quieren, que es el primer compromiso que uno debe tener. Pero también con la idea de la justicia y los derechos de las mujeres. No basta con que tengamos unas leyes estupendas. Pienso que las mujeres de mi generación, y anteriores, luchamos por salir a la calle a trabajar. La disyuntiva donde te meten ahora son tremendas: si pides reducción de jornada tu empresa igual ya no cuenta contigo. Las empresas tienen que cambiar el concepto de trabajo.

¿Confía en verlo?
No puede ser que vivamos tan absolutamente enloquecidos, hombres y mujeres, las 24 horas del día, y con renuncias tan importantes. Y que cuando te sientes a leer un periódico para desconectar te encuentres con un lugar del mundo donde una mujer va a ser lapidada, acusada de adulterio. Si a la miseria se le une el hecho de ser mujer, entonces ya es una condena.

La política, ¿siempre una ciénaga?
Yo maduré con la democracia. Ahora todo el mundo tiene anticonceptivos pero es que, en este país, el debate para su aprobaci ón fue como alcanzar la Luna. Estamos hablando de finales de los años 70. Tú le explicas esto a una chica de veinte años y te contesta: "¿Qué me dice? ¿Que han librado una batalla para conseguir entrar tranquilamente en una farmacia y comprar una pildorita?" ¡Pues, mira, sí! Vamos a cuidar de eso. No se pueden tirar por la borda todas esas cosas.
El best seller de pura cepa no engaña. Su pretensión es sintonizar con el máximo denominador del gusto para arrastrar al mayor número de lectores posible. Sus bazas: la agilidad y el entretenimiento. Su misión: que uno abandone el mundo de vista a cada página que pase. El terror, el melodrama, el misterio y el suspense se confabulan en estas cinco propuestas para que el verano vuele todavía más.
Antonio Lozano

EL TRAJE DEL MUERTO.
Aunque lo oculte para evitar comparaciones con su progenitor, el apellido King (“Rey”) signifi ca lo que signifi ca porque todo lo que escribe lo convierte en oro. El hijo de Stephen sigue la senda familiar del terror superventas con un vuelapáginas de tintes sobrenaturales donde la truculencia y el morbo campan a sus anchas. Un coleccionista de objetos macabros suma a su gabinete de excentricidades un traje que devendrá pesadilla. La Warner ya se ha adueñado de los derechos cinematográficos.
Autor: Joe Hill
Editorial: Suma
406 páginas. 19 euros

HIJA DE LA MEMORIA.
¿Qué sabrá el folletín para poseer el secreto de la eterna juventud? Este rocambolesco melodarama familiar para leer con un kleenex en la mano ha vendido tres millones de ejemplares en Estados Unidos, y en España agotó una primera tirada de 15.000 en un santiamén. El arranque dickensiano marca el tono del conjunto: una mujer embarazada de gemelos es informada tras el parto de que la niña no ha sobrevivido. Lo cierto es que el marido la ha dado en adopción al padecer síndrome de Down.
Autores: Kim Edwards
Editorial: RBA
384 páginas. 18,5 euros

MEDUSA.
En los años 70, la amenaza acuática tenía la forma de un sangriento escualo, por cortesía de la novela de Peter Benchley y la posterior película de Spielberg, “Tiburón”. Hoy, el miedo al echarnos un chapuzón tiene dimensiones reducidas, aspecto transparente y enorme capacidad de multiplicación. Las crecientes plagas de medusas en nuestras playas adquieren en este ecothriller categoría de catástrofe medioambiental al mutar en una variante que arrasa con la fauna marina. La humanidad está en peligro por culpa de los de siempre: las codiciosas multinacionales.
Autores: Toni Polo y Sergio Rossi
Editorial: Plaza & Janés
336 páginas. 17,5 euros

LA BESTIA.
Los autores de esta angustiosa intriga, que ha barrido en Alemania y Suecia y se dispone a hacerlo en otros trece países, son un ex convicto y un periodista de investigación suecos que nos llevan al turbulento centro psicoemocional de un monstruo. Un asesino de niñas escapa de prisión y retoma sus crímenes. Su busca y captura desencadena un circo mediático y unas ansias de ejecutar la ley del talión que alimentan una ola de violencia. La situación difumina las fronteras morales y plantea desgarradores interrogantes sociológicos.
Autores: Andres Roslund y Borge Hellström
Editorial: Planeta
288 páginas. 23 euros
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12 de octubre
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