J.M. Espinàs
“Viajar a pie es el arte de aceptar lo que pasa y la síntesis de muchas historias"
J.M. Espinàs
ha cumplido ochenta años, y para celebrarlo ha recorrido una zona del interior de Murcia. Es su vigésimo viaje a pie desde que en agosto de 1956 hizo el primero por los Pirineos. España ha cambiado mucho desde entonces, pero Espinàs sigue siendo el joven octogenario de siempre: vital, abierto a toda aventura cultural, fiel al chocolate y a sus pipas.
En sus viajes por paisajes a los que sólo exige que no sean zonas industrializadas ni invadidas por el turismo, Espinàs se ha encontrado con pocos fumadores de pipa, un objeto que va pareciendo extraño. Tan raro empieza a ser el objeto que en la entrada de un pueblo se le quedó mirando un niño que jugaba con dos amigos más y, tras observar cómo de la cazoleta salía humo, le preguntó, admirado, si lo que llevaba en la boca era eso que se llama una pipa. Cuando Espinàs le respondió que sí, el niño añadió que creía que la pipa era cosa de piratas. "Me falta el parche tapándome un ojo", respondió.
Para los viajes, una mochila con la menor cantidad posible de ropa, zapatos cómodos, algunos papeles que hacen referencia al territorio por el que va a caminar, una libreta minúscula en la que anotar impresiones y diálogos y también una pequeña máquina fotográfica que le sirve para hacer fotos simplemente como recuerdo. Nunca para publicar. No quiere que el hacer fotos le distraiga de su viaje. Alguna vez incluso le han sugerido hacer el itinerario acompañado por un cámara de televisión, pero siempre ha rechazado la idea por estar convencido de que el cámara le sugeriría: "Pare en ese campo en el que podremos filmar unas imágenes bellísimas" o "paremos en ese puente para captar la puesta de sol". No, no y no. Solo o, como máximo en un tramo del viaje con un par de amigos, entre ellos su editora, que le ayuda a entrar con más facilidad en el mundo de las mujeres que encuentra en los pueblos o en los caminos a partir de un dicho tan simple, hecho de mujer a mujer, como: "Lleva usted unos pendientes muy bonitos".
Espinàs asegura que deja de ser Espinàs en el momento de iniciar el viaje. Ya no es nadie. Es sólo un hombre en el camino, a la búsqueda de historias que pergeñar como género narrativo insólito, en cuanto a continuidad, en el panorama literario europeo. Hay que remontarse a los viajeros ingleses de los siglos XVIII y XIX para encontrar una pasión similar por este tipo de literatura, aunque Espinàs traza una frontera entre él y los ingleses románticos: viajaban, pero sin mezclarse con la gente, y a su mirada le faltaba la voz de los protagonistas anónimos a los que Espinàs se aproxima como quien avanza por un territorio misterioso, gente a la que trata con respeto, e incluso a los que pueden resultar patéticos los refleja con un deje de piedad en el sentido más profundo del término.
Ver llegar a un hombre a pie con una pequeña mochila cargada a la espalda llama la atención a la gente de pueblos en los que, al dejar de ser transitados a pie desde que llegaron los automóviles, han desaparecido muchos de los viejos caminos. La rareza que provoca la llegada del caminante la sintetiza el saludo de un hombre cuando Espinàs llegó a un pueblo:
–¿Es usted alemán? –preguntó el hombre.
–No. ¿Por qué me lo pregunta? –respondió Espinàs.
–Porque hace dos años pasó caminando por aquí un alemán.
Es a esa gente de zonas de Cataluña, de la Comunitat Valenciana, Castilla, País Vasco, Extremadura, Galicia, Andalucía, Mallorca, Aragón y, ahora, Murcia a la que Espinàs trata de conocer y comprender.
A mí no me ha costado y, por la reacción de la gente a la que me he acercado, a ellos tampoco. Todo es cuestión de hacer un esfuerzo. Por ejemplo, cenando en una casa, al acabar su ensalada el hombre cogió el plato y se lo llevó a los labios para beber el aceite y vinagre que había sobrado. Yo en mi casa nunca lo he hecho pero aquella noche hice lo mismo. Aprender a comer en las mesas de los demás es una forma de aproximarse al otro.
En el prólogo de su libro sobre Extremadura, escribe que en otros tiempos no era propio de un noble viajar a pie. Eso lo hacían los pobres. Andando a pie, usted se siente un pobre que se va enriqueciendo a cada paso.
Sí, porque caminando te quitas la coraza. Si vas en coche o en tren, estás dentro de un caparazón, y el contacto con otras personas es difícil. Si vas a pie, quieras o no, sólo con estar un poco despierto te enriqueces a cada paso porque te llegan cosas que no has ido a buscar y quizá eso sea la cultura: lo que te llega sin que te lo propongas.
¿Cómo definiría la España que ha recorrido?
¿Qué paisaje humano ha encontrado en sus viajes?
A mí siempre me sorprenden más las personas que los territorios. Yo no voy a hacer de periodista. No pregunto nunca nada. ¿Qué quiero decir con esto? Josep Pla decía que los gallegos no hablaban. Me imagino a Pla en Galicia, preguntándole a un pescador cómo le va la pesca y si le da dinero o no le da, ante lo cual el pescador gallego podía mirarle en silencio mientras pensaba: "¿Y qué le importa a este forastero lo que gano yo con la pesca?". Y a partir de ahí Pla escribiría un magnífico reportaje sobre Galicia y los gallegos sin hablar con ninguno ni haber visto prácticamente nada…
¿Y usted qué técnica utiliza?
Me acerco a la gente como debe aproximarse un desconocido en un territorio que no es el suyo: con discreción. Si llego a la plaza de un pueblo y veo a un hombre sentado en un banco, doy una vuelta, miro unas ventanas, doy tiempo para que me acepte. Soy un forastero que no quiere ser un intruso. Me siento cerca del hombre. Miro el cielo. Comento: "Estas nubes parece que…". Ni una afirmación ni una pregunta. Como si la reflexión en voz alta me la hiciese a mí mismo. El hombre quizá dirá: "No será nada". Los dos desconocidos nos aproximaremos.
Se percibe en sus libros la fascinación que siente por el lenguaje. El hombre que le explica: "Este camino que usted dice está desconocido total" o "sólo huele a calor".
O lo que me dijo el pastor que se me acercó en Castilla y para explicarme que en el pueblo sólo vivía él dijo: "Soy el único que aquí vive de quieto". En Galicia traté de hablar en un mal gallego, y en el País Vasco me ha interesado entrar en contacto con la gente hablándoles las cuatro frases que sé en euskera. Viajar a pie por España es una experiencia enriquecedora por lo que tiene de exploración de lenguas, de acentos, de maneras de decir y de formas de
reaccionar de la gente.
¿Ha visto diferencias entre gallegos, andaluces, catalanes, castellanos, vascos...?
Las hay. Seguramente los tópicos son en parte verdad. Los andaluces son muy abiertos, y los castellanos lo son menos pero creo que esa diferencia de carácter puede estar influida, cuando menos en los pueblos castellanos que yo recorrí, por su disposición urbanística: pueblos sin una calle central, sin plaza, lo que dificulta la comunicación con el forastero. En la Comunitat Valenciana, las mujeres se sientan al atardecer en las puertas de las casas y eso permite al recién llegado una aproximación. Mis viajes a pie tienen una estructura teatral: personajes que entran y salen de escena, diálogos cruzados y también algo de montaje cinematográfico con primeros planos y travelling de la gente que se acerca o se aleja. Pero no hay doctrina sobre cómo es la gente.
En la pequeña libreta, ¿hace las anotaciones delante de la gente con la que habla?
"Lo que importa es ser feliz y para ser feliz hay que tener calma", le dijo una mujer vasca. ¿También el viajero ha de tener calma?
Es una definición que explica los viajes a pie. La paciencia. Si el hombre o la mujer con la que trato de establecer una conversación no me responde, no me pondré nervioso ni la forzaré a que me explique cosas. Ya encontraré otra persona que me dará materia para una pequeña historia. Viajar a pie es el arte de la aceptación de lo que pasa, el arte de la paciencia, la negación de la programación, y es también la síntesis de muchas historias. Recuerdo que mi viaje por el País Vasco lo hice bajo un sol impresionante. En la casa rural en la que pasé una noche me dijeron: "Mañana hará un trayecto muy bonito que le permitirá ver la ría de Guernika hasta el mar". Llovió todo el día. Un ciudadano normal se hubiese enfadado mucho. Yo me dije: "Fantástico. Mira qué nubes bajas cubren las montañas, cómo la niebla va ocultando el paisaje verde". Al llover, vi otro País Vasco distinto al que había recorrido con sol. Al iniciar un viaje a pie, debes partir de la aceptación previa de que todo lo que te pase estará bien que pase.
"Aquí nací y aquí estoy", le dijo un aragonés. Sorprende la rotunda simplicidad con la que expresan ideas personas humildes.
La frase "hay dos cosas difíciles en Albánchez: orientarse por Sierra Mágina cuando hay niebla y orientarse por el mundo que hay más allá de Sierra Mágina", recogida en la Andalucía de la frontera cristiano-musulmana, es una lección de vida.
Sí, porque orientarse en la vida o a través de un paisaje siempre es difícil. Lo más interesante de mis viajes es la posibilidad de descubrir cosas que ignoro. Es dar una oportunidad a la libertad, a la variedad de la vida que aparece ante ti.
¿La España rural se pierde?
En general, sí. Diría que es una consecuencia del progreso. Hay campesinos que han hecho algo de dinero y han podido dar estudios a sus hijos. Los pueblos van quedando desérticos no porque el campo no dé para vivir sino porque ha dado lo suficiente para que los hijos puedan seguir otros caminos. En un pueblo de Castilla en el que sólo vivía una pareja el hombre me dijo: "He pasado del arado romano a las calculadoras de Olivetti". Lo fantástico de estos viajes y estos encuentros es que te regalan frases que no te puedes inventar.
Cela se las inventaba. Usted hizo con él un viaje por los Pirineos y, según explica en su retrato del escritor gallego recogido en su último libro, "Relaciones particulares", quedó sorprendido al leer lo que Cela puso en boca de uno de los campesinos: "Todo lo que me dieron, mi amo, y aún un cuartillo más que me hicieron tragar con embudo y maniatándome las voluntades, puede creerme". No hay payés que hable así, apostilla usted al transcribir la frase .
Como rememoro en mi libro, Cela hizo un viaje muy particular. Creo que se enteró de pocas cosas, como demuestra que un día, al final de la jornada, mientras fumábamos después de cenar, me preguntase: "Bueno, Josep Maria: ¿qué hemos visto hoy?". Cela hace hablar a los personajes como Cela, no como hablan ellos. Cela era un escritor que no escuchaba. En realidad, la gente no le interesaba.
La falsificaba para someterla a su estilo.
Por eso he escrito que Cela manipulaba la realidad –manipular también es una actividad creativa– para construir su literatura, que se puede calificar de muchas maneras, menos de realista. Yo descubrí hace años que la realidad me apasionaba más que el mundo de la ficción. Soy incapaz de inventarme personajes tan interesantes, apasionantes, como los que he conocido en mis viajes a pie.
En su libro hay también un perfil de Miguel Delibes. Intuyo que lo respeta más.
Yo respeto a la gente conforme es. Querer es otra cosa. Como lo es admirar. Nadie puede hacer de Delibes, para mí el mejor novelista en castellano del pasado siglo, ni tampoco puede hacer nadie de Cela, que vivió con la fatalidad de cargar con su propio personaje. En cuestión literaria soy fatalista: sólo se puede escribir de una determinada manera, que es la de cada cual. Luego está la honestidad, y a mí Delibes siempre me ha parecido más honesto que Cela.







